ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS
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domingo, 7 de enero de 2018

EL TESORO PERDIDO DE LA ISLA DEL COCO


Desde hace muchos años se ha considerado a la isla del Coco como un lugar en donde los más temidos y sanguinarios piratas pudieron esconder unos tesoros que en la actualidad siguen desaparecidos. Entre todas estas riquezas destaca el famoso Tesoro de Lima, en torno al cual se generaron unos acontecimientos que han cautivado a muchos aventureros que protagonizaron auténticas aventuras para tratar de resolver el misterio de la Isla del Coco.

por Javier Martínez-Pinna, artículo publicado en el número 340 de la revista Más Allá de la Ciencia.

La Isla del Coco es una de las pocas bases que pudieron utilizar los piratas que operaban en aguas del Pacífico para abastecerse de provisiones. La isla disponía de excelentes recursos hídricos y una nada desdeñable cantidad de alimentos gracias, en parte, a la introducción de animales europeos como el cerdo, que proliferaron en estas latitudes. Estas son algunas de las razones, por las que estos piratas eligieron aquel sitio como lugar de reunión, más aun teniendo en cuenta que entre la costa del Panamá y las islas Galápagos no había ningún otro sitio en donde hacer escala. 

Siendo así, no nos debe de extrañar la aparición de leyendas que narran las aventuras de distintos piratas, entre ellos el sádico Henry Morgan, que llegaron a estas tierras cargados de oro y joyas. Como era costumbre, el botín se repartía entre todos los miembros de la tripulación, pero el temor a que sus codiciosos compañeros les quitasen su parte hizo que algunos de ellos enterrasen su oro en algún lugar secreto de la isla. Según se dice, estos codiciosos piratas escalaron por los acantilados que bordeaban la costa y posteriormente se adentraron en la espesura de la selva, con la intención de ocultar unas riquezas que esperaban poder disfrutar en el futuro. Muchos confiaron en su memoria, pero otros decidieron elaborar extraños mapas que sólo ellos podían interpretar. Como se imaginará el lector, no todos tuvieron la posibilidad de recuperar lo que en su día fue suyo. Algunos terminaron colgados de la horca, otros abatidos por el fuego artillero de un navío español, mientras que sus botines quedaban ocultos y olvidados alimentado la ambición de muchos aventureros, que no tardarían en dirigirse a la isla y empezar una búsqueda que aún no ha terminado.


De los tres grandes tesoros que se supone hay en la isla, dos de ellos tuvieron que pertenecer a prestigiosos piratas. Uno de ellos fue Edward Davis, que formaba parte de un célebre grupo de bucaneros entre los que también estaban John Coxon, Bartholomew Sharp y William Dampier. Según cuentan las tradiciones, la base de operaciones de Davis estaba en esta isla del Coco, y desde allí dirigió sus ataques contra los barcos y ciudades españolas, haciendo que su fortuna creciese más y más hasta convertirse en legendaria. En 1684 decidió volver al Coco, y una vez allí enterró su tesoro en algún lugar desconocido. Mucho más tarde, la isla se convirtió en escondrijo de otro famoso pirata: el portugués Benito Bonito. En 1819, el pirata luso se hizo con un importante cargamento de oro procedente del puerto de Acapulco, y para evitar que cayese en manos de cualquier desconocido lo ocultó en la bahía de Wafer, en la isla del Coco, con la esperanza de poder disfrutarlo durante su placentera “jubilación”. Dos años más tarde, Benito Bonito murió luchando contra un militar británico de las Indias Occidentales, por lo que su tesoro quedó oculto en la isla hasta que unos investigadores lograron identificarlo utilizando un moderno detector de metales. 

Por fin se descubrió uno de los tres tesoros que según todos se encontraban en la isla, pero faltaban dos, y el último de ellos, el de Lima, fue siempre considerado como uno de los más espectaculares de la historia. Todo comenzó muchos años atrás, cuando las tropas realistas que defendían una de las pocas posiciones que los españoles conservaban en la América continental, lo vieron todo perdido y decidieron evacuar sus riquezas. En octubre de1820, ante el temor de que el tesoro del Perú cayese en manos de los independentistas hispanoamericanos, el virrey Joaquín de la Pezuela contrató un barco inglés que estaba atracado en el puerto del Callao, el Mary Dear, capitaneado por William Thompson, con la intención de evacuar el tesoro y salvarlo del expolio que le esperaba si continuaba en la capital del virreinato. Con todas las esperanzas puestas en el joven navegante británico, los españoles empezaron a subir a bordo 24 cajas gigantescas cargadas de oro y joyas preciosas, entre las que destacaban unas estatuas de oro macizo procedentes de la catedral de Lima. 

El día 22 de octubre el Mary Dear abandonó definitivamente el puerto del Callao, pero cuando apenas habían navegado unas pocas horas, el capitán Thompson le comunicó a su reducida tripulación qué era lo que verdaderamente llevaban en las bodegas del barco. Cegados por la codicia, los marineros no dudaron en acatar la propuesta de Thompson, que decidió poner rumbo hacia un antiguo refugio de piratas, la Isla del Coco, y una vez allí, en la bahía de Wafer ocultaron su cargamento en una cueva con 25 metros de profundidad. Como no podía faltar en una buena historia sobre piratas, los hombres del Mary Dear elaboraron un mapa, para no perder la pista del lugar en donde habían escondido su fortuna, y cuando lo tuvieron todo preparado levaron anclas y pusieron rumbo a la ciudad de Panamá, con tan mala suerte que a mitad de camino fueron interceptados por un corsario español, el Peruvian, que había salido de puerto tan pronto como se creyó que el capitán británico no iba a cumplir la parte de su trato. 

Ansiosos por conocer el destino del tesoro de Lima, los españoles no dudaron en interrogar de la forma más persuasiva que pudieron a los once tripulantes que encontraron embarcados en el Mary Dear. Al negarse a delatar donde habían escondido su enorme fortuna, ocho de ellos fueron fusilados inmediatamente, echando sus cuerpos al mar. Ante esta demostración de fuerza, los tres supervivientes decidieron confesar e indicaron a sus captores que el tesoro había sido escondido en la isla del Coco. No es difícil imaginar la emoción que sintieron los navegantes del Peruvian cuando descubrieron, por fin, qué era lo que había sido de la enorme fortuna que el virrey Pezuela había sacado del Perú. Pero para una empresa como ésta, necesitaban pertrecharse, y por eso se dirigieron hacia el puerto de Panamá, en donde no tardó en desencadenarse la desgracia. Una repentina epidemia de gripe diezmó a los tripulantes del barco español, y uno de los tres prisioneros que habían capturado en el Mary Dear, y que pensaban utilizar para encontrar el tesoro de Lima, murió víctima de la enfermedad, dejando a sus dos compañeros como los únicos testigos de su paradero. 



Los días fueron pasando, y la fiebre no parecía querer abandonar a unos hombres, que empezaron a relajar la vigilancia sobre los dos presos que, después de dos semanas atracados en el puerto, lograron al fin recuperar la libertad. Una noche en la que todo parecía estar en calma, vieron la oportunidad de lanzarse al mar por una escotilla que encontraron abierta. Luchando por su propia supervivencia, empezaron a nadar hasta llegar a un ballenero que permanecía anclado cerca del barco español. Cada vez más débiles, hicieron verdaderos esfuerzos por mantenerse a flote mientras que, en su desesperación, gritaban con todas sus fuerzas para que alguien acudiese a su encuentro. Tras varios minutos de agonía, fueron rescatados por el capitán James Morris, un ballenero norteamericano de New Bedford, que para alivio de los cautivos decidió partir el día siguiente con destino a Kona, en el Islas Sandwich. Allí, uno de los dos jóvenes decidió desembarcar, pero el otro, un tal Thompson, prefirió seguir con Morris hasta su base en Massachussets, iniciando una vida dedicada al mar en barcos que transitaban las rutas entre los EEUU y las islas del Caribe. 

Cada uno tomó un camino distinto y no volvieron a encontrarse en el resto de sus vidas. El rastro del famoso tesoro de Lima se había perdido para siempre. A partir de ese momento se inició una búsqueda no exenta de sobresaltos. 

Un lejano día de agosto de 1844, estando Thompson en el puerto de la Habana,, se encontró con John Keating, Primer Oficial de un barco canadiense, que tras invitarle a una cerveza le ofreció un puesto como marinero en su navío. El tiempo parecía haber hecho mella en el ánimo de Thompson, ya no se sentía con fuerzas para recuperar el grandioso tesoro de Lima, por lo que de camino a la Península del Labrador, le contó a su nuevo valedor la gran aventura que vivió a bordo del Mary Dear. Cuando por fin lograron atracar en el pequeño y tranquilo puerto de Saint John’s Newfoundland, Keating intentó organizar una expedición hacia la isla del Coco, pero sus habitantes no pudieron ni siquiera imaginar como el Primer Oficial había logrado creer los delirios de un marinero consumido por la edad y el alcohol, que por aquel entonces decidió renunciar a todos sus sueños y volver a su Inglaterra natal. 

Dos años después encontramos a Keating con su su barco fondeado en el puerto de Colón, en Panamá. Una vez allí, atravesó el istmo para llegar a la costa pacífica, en donde alquiló un pequeño barco con el que dirigirse a la Isla del Coco, con el pretexto de que iba a visitar la tumba de un antiguo pariente enterrado en este lugar. Keating logró llegar tras unos días de complicada navegación, con su pequeño barco sufriendo las inclemencias de un océano que se interponía entre el hombre y su destino. Al llegar a la bahía de Chatham desembarcó él sólo para dirigirse con un pequeño bote hasta la otra bahía de la isla, la de Wafer, en donde sabía que existía un enorme tesoro enterrado. El intrépido marinero empezó a andar siguiendo la ruta que años atrás le había indicado Thompson. Una hora más tarde logró alcanzar la cueva del tesoro, eso es al menos lo que él pensó, y con mucho esfuerzo logró apartar la enorme piedra que cubría su entrada. Una vez dentro encontró un puñado de monedas de oro, una pequeña muestra de lo que allí debía encontrarse. No hubo tiempo para más. Sin decir nada a nadie volvió a su embarcación y más tarde a su pueblo natal en Canadá, en donde cambió sus monedas por la nada desdeñable cantidad de 1.300 libras esterlinas, con las que compró dos barcos de pesca y amasó una importante fortuna. 

La tentación de una vida acomodada hizo mella en este hombre de mar, que a partir de ese momento se dio a la buena vida.. Pasaron los años y la salud de Keating se fue deteriorando, tanto que a partir del año 1870 vio cómo su cuerpo quedaba parcialmente paralizado, lo que le impidió cumplir su sueño de volver a la Isla del Coco. Tuvo que ser su viuda, la que decidió recuperar el proyecto de su difunto marido. En el 1897 partió de la Columbia Británica a bordo del Aurora con dirección al Coco. Lo más curioso de todo es que llevaba consigo un extraño mapa del tesoro, en donde se dibujaba la isla y un punto de tinta roja que señalaba el lugar exacto en donde se debería excavar. Pero los problemas empezaron pronto, porque nada más llegar a su destino el Gobernador Gissler se negó rotundamente a dejarles desembarcar en la isla; aunque poco después cambió de opinión cuando se le prometió una parte del botín y después de observar maravillado el magnífico mapa que mostraba, sin ningún género de dudas, el lugar exacto en donde se encontraba el ya legendario tesoro de Lima. 

A pesar de todo, nada fue lo que lograron encontrar, por lo que la expedición llegó a su fin, cerrando un capítulo más de esta larga historia que había empezado casi cien años atrás. Desde entonces, el hallazgo de este enigmático mapa del tesoro se convirtió en una de las principales obsesiones de todos aquellos que trataron de resolver el misterio; lo que provocó, como el lector podrá imaginar, la aparición de incontables mapas falsos que complicaron aún más la búsqueda. 

Algunos años atrás, un inglés llamado William Tucker había tratado de encontrar lo que Keating no pudo, mientras que en 1888 se produce otro hecho importante en la búsqueda de este espectacular tesoro. Por aquel entonces, un joven marinero alemán llamado August Gissler conoció en Kona, Hawai, a un viejo y alcohólico escoces llamado Mackcomber, al que todos conocían como “Old Mack”, y que era célebre por las increíbles historias que contaba sobre tesoros y piratas, algo que muchos consideraban fruto de su desmesurado afán por el ron. Eso no te tuvo que importar mucho al muchacho, porque pronto cayó enamorado de su joven hija, una bella muchacha nativa que cautivó al alemán. Antes de morir “Old Mack” le confesó a Gissler que él era, ni más ni menos, que uno de los dos cautivos que en su día sobrevivieron al famoso robo del Tesoro de Lima. Sin pensarlo, una vez fallecido su suegro, decidió viajar a la Isla del Coco, lugar en donde consumió parte de su juventud persiguiendo un sueño que nunca se hizo realidad. 

Más tarde, en 1931, un naufragio llevó a tres jóvenes californianos a habitar la isla durante seis meses. No les hizo falta más tiempo para descubrir una cueva del tesoro, tal y como insinuaron en un artículo publicado en la revista americana Magazine en 1932, cuyo título era “Seis meses en una isla desierta”. Nadie pareció hacerles mucho caso, pero esta historia volvió a resurgir a finales del 1949, cuando uno de los náufragos, un tal Paul Stachwick, propuso al gobierno costarricense participar en el rescate del Tesoro de Lima con la única condición de que las pertenencias que había pertenecido a la Iglesia, le fueran devueltas a su dueño. Para asombro de todos, aseguró que el acceso a la cueva era relativamente sencillo.

Gran interés tuvo la publicación de una tesis por parte de un historiador graduado en la Universidad de Costa Rica, llamado Raúl Arias Sánchez, en la que demostraba que el tesoro de Lima no era un simple mito, sino un hecho histórico claramente constatado gracias a las referencias que nos llegaron de Thompson y Mackcomber, de la fortuna de Keating y, por qué no, de las excavaciones de Gissler. Desde ese momento, el investigador costarricense trató de convencer a su gobierno para que efectuasen un rastreo de la isla utilizando tecnología de última generación, procedentes de Air Images System, que no es sino una especie de filial de la NASA, y que emplearía una especie de sensores para generar mapas tridimensionales desde un avión que haría vuelos rasantes sobre la bahía de Wafer. Posiblemente éste sería el medio más adecuado para desentrañar, de una vez por todos, el misterio de esta lejana y enigmática isla.




viernes, 22 de diciembre de 2017

LOS EXPLORADORES DE HITLER. RESEÑA DE HISTORIA CON MINÚSCULAS


Ayer nuestras secciones europeas interceptaron un comunicado alemán enviado de El Cairo a Berlín. Los nazis organizaron equipos de arqueólogos en todo el mundo en busca de objetos religiosos. Es una manía de Hitler. Está obsesionado con el ocultismo”.
(Indiana Jones en busca del Arca Perdida, 1981)

Dentro de la locura que sufrió Alemania entre 1933 y 1939, uno de sus más grandes desvaríos fue crear una sociedad llamada Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte‚ Deutsches Ahnenerbe , (o lo que es lo mismo “Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana”. Más conocido por su última palabra (Ahnenerbe)), que buscaba por un lado el estudio y difusión de la ideología nazi, y por otro hallar las raíces arias del pueblo alemán tanto en las tierras europeas como en los lugares más lejanos del mundo. La Ahnenerbe era esencialmente una sociedad pseudocientífica en la que se amalgamaba desde las teorías nazis raciales, hasta los más absurdos mágicos con los que crear el famoso Reich de los Mil Años. Fue una sección monopolizada por las SS y que estuvo muy influenciada por las doctrinas ocultistas de la llamada Sociedad Thule. Para conocer este mundo tan oscuro el historiador e investigador Javier Martinez-Pinna, se adentra en sus mismas raíces y nos lleva a uno de sus aspectos más curiosos de esta sociedad: la búsqueda arqueológica y mística que hicieron distintos grupos de exploración en busca de las raíces arias y de las llamadas armas de poder las cuales llevarían al Tercer Reich a la victoria final. Con todos ustedes el libro, Los exploradores de Hitler: SS-Ahnennerbe (Nowtilus, 2017).

¿Se acuerdan ustedes de aquella película de Jean-Jacques Annaud titulada Siete años en el Tíbet? Para quien no la haya visto, se trata, sobre todo en su principio, del viaje de exploración que hicieron unos alemanes al mismo Himalaya con la intención de buscar allí los orígenes raciales arios con los que demostrar al mundo que eran descendientes de una raza superior. Luego dos de ellos se escapan de la expedición y acaban viviendo durante algunos años en el mismo corazón de Potala hasta la invasión China del Tíbet. Pero quedemos con la primera parte, y tomémosla como ejemplo de la locura arqueológica nazi que no dudaba en enviar a sus pseudocientíficos a cualquier parte del mundo, ya fuera Centroeuropa, el Este de Europa, o lugares tan distantes como América del Sur o el mismo Himalaya para buscar sus orígenes. Muchos dejaron sus vidas en aquellos viajes, pero para el gerifalte Himmler nada importaba más que dar lustre a las teorías nazis. Estos viajes pueden parecer inocentes e infantilmente desatinados, pero con ello se quería justificar que los alemanes eran superiores a cualquier raza del mundo y que por eso no importaba aniquilar a medio planeta con el fin de alcanzar una raza pura de hombres y mujeres perfectos. Como se puede ver un fin de lo más siniestro.

A través de estas expediciones arqueológicas que nos describe Javier Martínez-Pinna, se observa cómo sus encargados tenían además la misión de hallar objetos de poder de distintas religiones (incluso judía, les daba igual saltarse sus retorcidos dogmas) para que Alemania además, de rebote, ganara la guerra. Se buscaron objetos como el martillo de Thor, la piedra del destino, la lanza del destino, el Santo Grial (destaca el viaje que hicieron a Montserrat), el Arca de la Alianza, la calavera del destino, la Mesa de Salomón en Toledo… cualquier arma u objeto con patina de mágico le valía al Führer para creerse el paladín de su propia cruzada. E incluso hasta se buscaron lugares míticos como la Atlántida. Y es a través de todos estos viajes como la Ahnenerbe se convirtió también en una sociedad caza tesoros que no dudaban en rapiñar cualquier cosa que se encontraran, al igual que hacían los que robaban tesoros artísticos.
Así pues Javier Martínez-Pinna nos sirve un menú de lo más variado: historia, aventuras, tesoros imposibles, ocultismo, esoterismo, cábala, magia en el Tercer Reich… Una variedad de ingredientes que no han de perderse y que les llevara por todo el orbe. Los exploradores de Hitler: SS-Ahnenerbe es uno de esos ensayos sobre la Segunda Guerra Mundial que hará las delicias de aquellos expertos en este campo, y que disfrutarán aquellos que deseen conocer una parte curiosa de la historia. ¡Que lo disfruten!

lunes, 18 de diciembre de 2017

EL GLORIOSO. LA GESTA DE DON PEDRO MESÍA.



Artículo publicado en la revista Clío Historia. Diciembre de 2017. 

por Javier Martínez-Pinna 

Y de nuevo comenzó la persecución y la conquista del audaz y escurridizo enemigo, porque nunca los españoles, y nadie en realidad, han luchado mejor con un barco que lo hicieron ellos. 

Con esta frase, el oficial británico George Walker resumía uno de los momentos más célebres de entre todos los que sucedieron durante la Guerra del Asiento, que enfrentó a España contra Inglaterra durante nueve largos años, entre 1739 y 1748. Nos referimos a la Carrera del Glorioso, una sucesión de enfrentamientos entre un navío de línea de la Armada Española de 70 cañones contra doce navíos y fragatas inglesas que trataron de capturarlo. 

La travesía del San Ignacio de Loyola (Glorioso) se inicia en julio de 1747 en el puerto mexicano de Veracruz. En su interior, el navío de línea español transportaba una valiosa carga compuesta, entre otras cosas, por más de cuatro millones de pesos en monedas de plata, cuya llegada a España se consideraba fundamental para poder sufragar el terrible coste de la guerra contra el gigante inglés. Por este motivo, y más aún teniendo en cuenta la dificultad de atravesar un océano totalmente plagado de buques enemigos, el mando de la misión fue encomendado al prestigioso capitán don Pedro Mesía de la Cerda. 

Tras varias jornadas de navegación, el 25 de julio tenemos al Glorioso cerca de las costas de la isla de Flores, en el archipiélago de las Azores. La tranquilidad que hasta ese momento había tenido la tripulación se desvanece, cuando uno de los vigías da el grito de alerta anunciado que entre la niebla ha podido divisar un convoy británico formado por diez buques, tres de ellos de guerra: el navío de línea Warwick (60 cañones), la fragata Lark (40 cañones) y el paquebote Montagu (16 cañones), además de un buque de transporte armado con otros veinte cañones. La gesta del Glorioso está a punto de iniciarse. 


Siendo consciente de su inferioridad, el capitán español decidió rehusar el combate. Tras ordenar zafarrancho de combate, don Pedro Mesía aprovechó el barlovento y continuó navegando en dirección al Ferrol, a lo que John Crookshanks, jefe del convoy inglés, respondió ordenando la persecución de un barco español que poco a poco logró dejar atrás a todos sus perseguidores. La presa era lo suficientemente jugosa como para dejarla escapar sin más, por lo que el británico mandó al Beaufort proteger al convoy, mientras él se lanzó en solitario, a bordo del Montagu, a la caza del Glorioso, alcanzándole a las 21 horas, e iniciando un intercambio de fuego artillero nocturno con la intención de retrasar la marcha de su enemigo y dar tiempo al resto de la escuadra inglesa para que se acercasen al solitario navío español. 

A las 11 horas del día 26, los barcos de guerra ingleses ya se encontraban cerca del San Ignacio de Loyola, y para colmo de males pocas horas más tarde se produjo un chubasco que dejó sin viento al buque español, situación que fue aprovechada para la escuadra británica para ponerse en orden de combate e iniciar una desigual lucha contra su enemigo. La lógica invitaba a pensar que don Pedro Mesía terminaría rindiendo su barco, pero contra todo pronóstico hizo girar al Glorioso y cargó contra el Montagu al que dejó pegado a su aleta de estribor y por lo tanto en una excelente posición de tiro para ordenar abrir fuego sobre este bergantín que ante la ágil maniobra de su oponente y el daño sufrido en su casco, no tuvo más remedio que huir para no regresar al combate. El movimiento del español fue magistral porque al mismo tiempo había situado su barco al costado de babor de la fragata Lark, por lo que ordenó una descarga cerrada de todos sus cañones que provocó la destrucción de su mastelero de sobremesa. Totalmente sorprendidos por la audacia de los españoles, la tripulación de la fragata se dispuso a enfrentarse con el Glorioso, pero después de un intenso cañoneo que no duró más de cinco minutos, el oficial inglés, Crookshanks, decidió escapar y alejarse lo más posible de la línea de fuego española. 

Tras varias horas de lucha la niebla cayó sobre el Glorioso circunstancia que bien pudo ser aprovechada por Pedro Mesía para dejar atrás a sus perseguidores, pero crecido por su victoria sobre los dos barcos ingleses, volvió a girar en redondo y se dirigió hacia el Warwick, mientras incansablemente animaba a todos sus hombres para armar de nuevo sus cañones y prepararse para la batalla. Cuando pasó por el costado de un navío inglés, cuya tripulación no pudo comprender la rapidez con la que el barco español había caído sobre ellos, toda la línea de cañones de la banda de babor estalló en un rugido ensordecedor que hizo estremecer al Warwick, mientras que la tripulación española disparaba una carga cerrada con la fusilería embarcada causando estragos entre los marineros británicos. A partir de ese momento, los dos barcos inician un intercambio de andanadas hasta las 3 de la madrugada de la jornada siguiente, en la que el capitán inglés Erskine no tuvo más remedio que emprender la huida. 

Tras este primer combate, el San Ignacio de Loyola pudo seguir navegando en dirección a España, pero pronto tuvo una nueva ocasión para engrandecer su prestigio. El 14 de agosto tenemos a nuestro hombre en las proximidades del Cabo de Finisterre, cuando un grito de alerta anuncia la presencia de tres nuevos barcos ingleses que ya se divisan en el horizonte. En esta ocasión son tres de los buques de la escuadra del almirante Byng, el navío de línea Oxford (50 cañones), la fragata Shoreman (24 cañones) y la balandra Falcon (14 cañones), los cuales navegan con todas sus velas desplegadas para dar caza al solitario barco español. A las 4 de la tarde, las embarcaciones inglesas ya están a la altura del Glorioso, el Oxford por sotavento y las más pequeñas por barlovento, mostrando su intención de rodear a los españoles para obligarles a luchar entre dos fuegos, pero nuevamente fue el capitán español el que no tardó en demostrar su audacia, cuando tomó la iniciativa e hizo girar el barco para dirigirlo hacia el Oxford, al que le ganó el barlovento, y dejaba a la Shoreman y la Falcon en su otro costado, lo que le permitió al Glorioso disparar todos los cañones de sus dos bandas sobre los tres barcos ingleses que apenas habían tenido tiempo de ocupar sus posiciones para entablar combate. Con una velocidad endiablada, don Pedro Mesía volvió a maniobrar virando en redondo y dejando a los barcos enemigos a su costado de babor, por lo que evitó el peligro de verse rodeado por los ingleses, al tiempo que hacía rugir a sus cañones y disparaba sus dos baterías sobre el Oxford, cuyo capitán Smith Callis salió huyendo con el rabo entre las piernas, seguido bien de cerca por el resto de barcos ingleses. 

Pocos días después, el Glorioso llegaba al puerto de Corcubión, en donde pudo desembarcar todo su cargamento y las enormes riquezas transportadas, imprescindibles para sufragar una guerra en la que el Reino de España logró derrotar al floreciente Imperio Británico. La misión había sido cumplida. Desde ese momento, la épica del Glorioso y de su aguerrida tripulación comandada por don Pedro Mesía, ocupó un puesto de honor en la historia de la Armada Española, pero los acontecimientos posteriores no hicieron más que incrementar su leyenda. 

Tras descargar el valioso cargamento, el barco permaneció cerca de dos meses en la ría de Corcubión, lamiéndose sus heridas mientras esperaba el momento oportuno de hacerse a la mar. Reparados los principales daños, el Glorioso pudo por fin zarpar el 5 de octubre pero con tan mala suerte que a la mañana siguiente se topó con 15 buques ingleses, motivo por el cual se vio obligado a retroceder y buscar cobijo en la costa hasta que el día 11 pudo partir definitivamente en dirección al Ferrol, con tan mala suerte que tres días más tarde un fuerte viento arrastró al barco, obligando al capitán a poner rumbo al sur, hacia la ciudad de Cádiz, atravesando unos mares plagados de navíos ingleses. 




El 17 de octubre, los vigías del Glorioso divisaron a la altura del cabo San Vicente una escuadra corsaria inglesa formada por diez navíos comandada por el comodoro George Wlaker. Inmediatamente cuatro fragatas de guerra: King George, Prince Frederick, Princess Amelia y Duke, que sumaban 120 cañones y cerca de 1000 hombres, iniciaron la caza del Glorioso dejándose llevar por su convencimiento de que en esta ocasión los españoles no tendrían otra solución más que la rendición; una creencia absurda porque ante ellos tenían un barco de la Armada Española que nunca entregaría su bandera sin luchar. Cuando la King George se aproximó al Glorioso, Pedro Mesía de la Cerda le lanzó una andanada lo suficientemente contundente como para desmontarle el palo mayor y varios de sus cañones, iniciándose un feroz enfrentamiento en el que el inglés recibió un duro correctivo. La lucha continuó durante toda la noche, pero a la mañana siguiente se unieron a la fiesta el resto de las fragatas y dos navíos de línea, el Darmouth y el Russell: seis barcos con 250 cañones se iban a enfrentar contra el solitario y maltrecho buque español, aunque al capitán del Glorioso y a su tripulación les dio igual: la lucha iba a ser hasta el final.

Inesperadamente, el San Ignacio de Loyola se puso en posición de combate, lanzándose hacia una batalla que nunca podría haber ganado. En primer lugar se abalanzó contra el Darmouth para iniciar un duelo artillero que hizo palidecer a su capitán, Hamilton, el cual se vio obligado a maniobrar con la intención de no exponer todo su costado a los cañones del Glorioso, una decisión inteligente pero insuficiente para evitar la desgracia, porque en una de las andanadas procedentes de un barco español que a esas alturas de la batalla se defendía como gato panza arriba mientras era rodeado por unas fuerzas infinitamente superiores a las suyas, acertó a impactar en la santabárbara del navío inglés, provocando una tremenda explosión que finalmente desintegró el Darmouth. Nada les duró la alegría a los marineros españoles, porque poco después se les vino encima un enorme barco de 80 cañones, el Russell, dirigido por el intrépido capitán Mathew Buckle, mientras que otras dos fragatas enemigas se situaron cerca de su popa. 

Durante la noche del 18 al 19 de octubre de 1747 los tripulantes del Glorioso siguieron defendiéndose y disparando con cualquier tipo de arma que tuviesen a bordo, hasta que a las seis de la mañana sus cañones dejaron de disparar. La munición se había agotado. La imagen del barco era desoladora, totalmente desarbolado, plano como un pontón y con la cubierta repleta de sangre. Con gran solemnidad, el capitán español convocó a los pocos oficiales que seguían vivos y les anunció su decisión de arriar la bandera y rendir el navío. 

Cuando don Pedro Mesía de la Cerda subió a bordo del Russell quedó totalmente atónito. El barco inglés estaba prácticamente destrozado. En ese momento comprendió lo cerca que había estado de hundir al buque insignia de la escuadra enemiga, algo que posiblemente habría conseguido si unos días antes se le hubiesen suministrado las municiones que había solicitado mientras se encontraba fondeado en la ría de Concurbión. 

Un año después terminaba la guerra del Asiento con la victoria de España sobre el reino de Inglaterra gracias, entre otras cosas, a la valentía y a la destreza de personajes como Blas de Lezo, Andrés Reggio o nuestro Pedro Mesía de la Cerda, cuya gesta a bordo del Glorioso sigue siendo recordada en nuestros días.


domingo, 3 de diciembre de 2017

TESTIMONIO FLAVIANO. ¿LA PRUEBA DEFINITIVA SOBRE LA EXISTENCIA DEL JESÚS HISTÓRICO?


fragmento del artículo publicado en Revista Clío Historia, nº 194. Noviembre 2017.
por Javier Martínez-Pinna

... uno de estos autores clásicos, tal vez el más polémico, es el historiador judeo-romano del siglo I Flavio Josefo, nacido en el 37 después de Cristo en el seno de una familia acomodada. Sus referencias a Jesús en su libro Antigüedades judías fueron recogidas por historiadores como Eusebio de Cesarea, pero sus palabras no resultaron creíbles al no ser Josefo un autor cristiano. El fragmento en cuestión es el que sigue: 

Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio (si es correcto llamarlo hombre, ya que fue un hacedor de milagros impactantes, un maestro para los hombres que reciben la verdad con gozo) y atrajo hacia Él a muchos judíos (y a muchos gentiles además era el Cristo). Y cuando Pilato, frente a la denuncia de aquellos que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la cruz, aquellos que lo habían amado primero no lo abandonaron (ya que se le apareció vivo nuevamente al tercer día, habiendo predicho esto y otras tantas maravillas sobre Él los santos profetas). La tribu de los cristianos, llamados así por Él, no ha cesado de crecer hasta este día (Antigüedades 18, 63, 64) 

Los partidarios de negar la existencia del Jesús histórico se apresuraron a utilizar este texto para reforzar sus planteamientos. Efectivamente, las palabras de Flavio Josefo, cuando se refiere a la resurrección y la obra de Jesús, aunque también a la relación con los Santos Padres, resultaban poco convincentes, por lo que apresuradamente interpretaron todo el texto como una burda falsificación para realzar la figura del Mesías. La polémica no tardó en desatarse, enfrentando nuevamente a los dos grandes grupos de estudiosos de la biografía de Jesús. Por una parte, los historiadores más escépticos utilizaron las objeciones al texto de Josefo para reafirmarse en unas conclusiones que, como dijimos, más bien parecían tomadas de antemano, mientras que los eruditos marcadamente católicos se apoyaron en estas palabras para probar no sólo la existencia del Hijo de Dios, sino también su divinidad y su resurrección. La controversia se prolongó en el tiempo, generando acalorados debates, que ni siquiera quedaron zanjados cuando en 1971 salió a la luz una traducción al árabe de la obra original de Flavio Josefo, atribuida a Agapio de Hierápolis, realizada en el siglo X. Gracias a esta fuente, hoy podemos saber que las frases puestas entre paréntesis del texto que hemos mostrado anteriormente, son interpolaciones posteriores incluidas por autores cristianos, por lo que el texto original quedaría de esta forma:

En este tiempo existió un hombre de nombre Jesús. Su conducta era buena, y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en sus discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto, fue quizá el Mesías de quien los profetas habían contado cosas.

La referencia a la resurrección de Jesús, considerándola como un mero relato de la comunidad cristiana se amoldaba mucho mejor a la naturaleza y creencias del historiador judío. De igual forma, el texto de Josefo, considerado como un autor anticristiano por Orígenes (185-254 d.C.) echaba por tierra los planteamientos de los historiadores empeñados en negar la historicidad de Jesús. Además, la presencia de una nueva mención en el capítulo 20 de esta misma obra vendría a corroborar lo anteriormente expuesto.

Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, el hermano de Jesús, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados (Antigüedades, 20, 200). 

A pesar de la transcendencia del Testimoniun flavianum, las palabras de Josefo no fueron las únicas transmitidas por los autores romanos en referencia a Jesús...



miércoles, 22 de noviembre de 2017

LOS EXPLORADORES DE HITLER. PRÓLOGO DE ÓSCAR FÁBREGA.



El mundo está lleno de tesoros por descubrir. Bien lo sabe el autor de este libro que acaban de comenzar a leer, un digno sucesor de Robert Charroux, un escritor francés que escribió un libro maravilloso llamado Trésor du Monde (1962) y fundó el Club Internacional de Buscadores de Tesoros. Javier Martínez-Pinna es un experto en tesoros, y a ellos ha dedicado gran parte de su prolífica obra: su primer libro, El nombre de Dios, estuvo centrado en el misterio de la Mesa de Salomón; el tercero, Operación trompetas de Jericó, en el Arca de la Alianza; y entre uno y otro publicó una obra esencial sobre este tema: Grandes tesoros ocultos, una brutal y exhaustiva recopilación en la que recogía la historia de muchos de los grandes tesoros no encontrados de la historia. Sabe de lo que habla. Así pues, queridos lectores, han hecho bien en hacerse con este libro y en comenzar a leerlo. Les puedo garantizar que pocas personas como él podrían haberse enfrentado al reto de escribir sobre las extrañas búsquedas de los nazis y la obsesión que mostraron hacia algunos de estos tesoros perdidos. 

No es fácil hacer lo que ha hecho Javier. La vertiente arqueológica del nazismo, y el ahínco con el que buscaron determinados objetos, ha sido tratada en decenas de libros, pero casi siempre se ha hecho desde la mirada tendenciosa y sensacionalista de los que están más interesados en vender misterios que en aclararlos, lamentablemente. No es así en este caso. El autor de este libro es historiador, y como tal, sabe que la Historia, con mayúsculas, debe ser estudiada con respeto, rigor y minuciosidad. Solo así se puede llegar a conclusiones y opiniones válidas y razonadas. 

Repito, han hecho bien. 

No les quiero entretener demasiado, porque lo realmente importante es lo que Javier va narrar a continuación, pero, si me lo permiten, voy a lanzar una reflexión a bocajarro que creo que todos debemos hacernos sobre el curioso fenómeno del nazismo y la extraña apuesta por lo irracional de un régimen que, recordemos, triunfo no hace demasiado tiempo. Me explico: 

Pese a la revolución racional de la Ilustración, que tuvo como consecuencia directa el arrinconamiento cada vez más duro, despiadado y cruel de los dioses y sus mundos en la esquina de la imaginación y de la leyenda; pese al tremendo avance de las ciencias positivas durante los últimos tres o cuatro siglos, la épica batalla entre la fe y la razón no terminó, como muchos descreídos e ilusos pensaron. Es más, a principios del siglo xx parecía que los exponenciales avances de la ciencia iban, por fin, a arrinconar a las supersticiones, y que el Logos iba a vencer de una vez por todas al Mito. Pero algo pasó…

¿Cómo puede ser que en la Alemania de los años treinta y cuarenta del siglo xx, durante el infame Tercer Reich, Hitler y sus secuaces emprendiesen grandes esfuerzos por encontrar y rescatar del olvido algunos objetos míticos como el Arca de la Alianza, el Santo Grial o la Lanza de Longino? ¿Acaso no estamos hablando del mismo país en el que, sólo unos años antes, Albert Einstein había reformulado nuestros conceptos sobre lo que creíamos que era la realidad, el tiempo y la materia? ¿No fue en aquel mismo país donde otro científico, Max Planck, realizó una serie de descubrimientos alucinantes que darían lugar a la famosa, y tan de moda, física cuántica? Pues sí, señoras y señores, fue en aquel mismo país, en Alemania, en el mismo lugar donde varias décadas antes un filósofo bigotudo y algo locuelo había cuestionado a Dios y nos había dejado solos. Allí, en Alemania, no hace más de ochenta años, se invirtieron ingentes cantidades de dinero para buscar las citadas reliquias religiosas. ¿Qué había pasado?

De allí, de Alemania, era un señor llamado Otto Rahn que anduvo buscando el Santo Grial por las tierras del Languedoc, convencido como estaba que los buenos hombres cátaros lo habían escondido en alguna cueva perdida antes de que los bárbaros cruzados católicos acabasen con ellos. El propio Heinrich Himmler, cuentan, pregunto por el Grial en el Monasterio de Montserrat, ante la cara de asombro del padre Ripoll, que no le hizo demasiado caso. ¿Cómo explicar esto?

Ya lo dijo Goya un siglo antes. «El sueño de la razón produce monstruos». Quizás sea eso. Quizás lo que pasó durante la Alemania nazi tenga mucho que ver con una necesidad ancestral del ser humano que no tuvieron en cuenta los que pensaron que Dios, el Más Allá, los mitos y todo lo trascendente habían dejado de ser necesarios. Ese hueco emocional, ese déficit que dejó huérfanos a los que querían creer, se rellenó, en Alemania, con varias locuras irracionales protagonizadas por un terrible estado autoritario que, a la vez que perseguía a los judíos por considerarles una raza inferior, buscaba objetos de poder relacionados, precisamente, con los mitos de aquellas gentes. Visto así, resulta de lo más sorprendente que la propia Ahnenerbe buscase con ahínco, y por tierras españolas, el Arca de la Alianza, símbolo de la alianza entre Yahvé y el pueblo de Israel. 

Pero no queda aquí la cosa. El delirio irracional del Tercer Reich tuvo otro de sus máximos exponentes en las grotescas expediciones organizadas por la Ahnenerbe. ¿Saben ustedes que llegaron a enviar un equipo hasta el Tíbet, dirigido por el naturalista Ernst Schäfer, con el objetivo de encontrar los orígenes de la mítica raza aria? Los delirios raciales del régimen nazi se fraguaron en un extraño caldo de cultivo en el que se mezclaron las propuestas teosóficas de la señora Blavatsky con el neopaganismo germánico de Guido Von List y compañía. ¿Cómo es posible que en el mismo país, y en la misma época, en la que los físicos estaban descubriendo lo complicada que es la existencia y lo absurdo que es creer en eso de las razas, cuando no somos más que conjuntos organizados de átomos, se defendiese con tal pasión un concepto tan absurdo como la superioridad genética de unos humanos sobre otros? Si fuese nada más que esto. Si hasta estuvieron en Bolivia en busca de la evidencia de que unos antiguos colonos nórdicos habrían creado Tiahuanaco, la antigua capital andina, hace un millón de años…

Allí, en Alemania, unos años antes de la llegada al poder de Hitler, se desarrolló una sorprendente sociedad que, entre otras cosas, defendía que los arios procedían de un lugar llamado Thule, la mítica capital de la no menos mítica tierra Hiperbórea, una tierra que para esta gente se trataba de la auténtica Atlántida de la que había hablado Platón. Pero, en vez de situarse justo tras las Columnas de Hércules, donde comienza el Atlántico, la situaron al norte, entre Escandinavia e Islandia, regiones en las que, creían, se habían asentado los supervivientes de aquel mítico continente tras su colapso. Herman Wirth, uno de los fundadores de la Ahnenerbe, junto a Heinrich Himmler y Walter Darré, dirigió personalmente varias expediciones por las tierras del norte en busca de la evidencia aquel mítico pueblo del que, según afirmaban orgullosos, descendían. No les adelanto nada, pero fue muy poco lo que encontraron… Por cierto, de aquella Sociedad Thule surgió el NSDAP, el partido que unas décadas después llevó al poder a aquel mediocre pintor austriaco.

No les entretengo más. El amigo Javier les explicará mucho mejor que yo, y con más detalle, todo esto de lo que vengo hablando. Tengan cuidado, eso sí. Encontrarán hechos que les harán dudar de lo establecido e investigar por su cuenta. Y es que, si usted no está muy puesto en estos asuntos, y el amigo Javier Martínez-Pinna consigue, como creo que hará, que usted se enamore de estas historias, este será el comienzo de una aventura que superará a estas páginas. Habrá usted abierto una perturbadora caja de Pandora. 


lunes, 13 de noviembre de 2017

EL PALLETER. EL QUE TENGA HONOR QUE ME SIGA.


 Artículo publicado en la Revista Clío Historia, noviembre de 2017.




A principios del siglo XIX, la hegemonía y el papel protagonista que España había tenido en el mundo, no era más que un lejano recuerdo que evocaba la existencia de una nación poderosa, pero que se había dejado corromper por no saber luchar unida, y así superar los muchos peligros que amenazaban su supervivencia.

La sempiterna mediocridad de nuestra clase dirigente, empeñada en conservar sus prebendas, junto a la hasta ese momento indolente y ramplona actitud de la sociedad española, unido a los conflictos internos que fueron aprovechados por las minorías pudientes de algunas regiones para llevar a cabo un proceso de ruptura y así aumentar sus ya de por sí enormes privilegios, provocaron un estado de debilidad e inestabilidad, que fue aprovechado por Napoleón para caer sobre un país que parecía haberse acostumbrado a su propia apatía.

Mientras la mayor parte de nuestros dirigentes trataban de buscar responsabilidades para justificar su zafiedad y autocomplacencia, reclamando protección y seguridad en una Corte que se había puesto de rodillas ante el invasor, se escuchó un desgarrador grito de protesta que brotó del alma de miles de patriotas que decidieron, por última vez, luchar unidos para recuperar su honor y su libertad. Era el 2 de mayo de 1808, cuando una multitud de madrileños empezaron a concentrarse ante las puertas del Palacio Real de Madrid para evitar la más que previsible captura por parte de los soldados franceses, del muy querido infante Francisco de Paula.

Nadie de los allí presentes, pareció prestar la más mínima atención al primer carruaje que salió del palacio llevando en su interior a la antigua reina María Luisa, pero cuando el segundo se dispuso a acoger al infante, un simple zapatero llamado José Blas de Molina, seguido de tres mujeres que llevaban consigo sus cestos de la compra, se acercó al coche y al grito de ¡Que nos lo llevan!, provocó el inicio de la sublevación que fue contestada inmisericordemente por el general francés Murat, el cual ordenó abrir fuego sobre la multitud. Las calles de Madrid poco a poco empezaron a teñirse de sangre, pero eso no amilanó a los héroes anónimos que no tardaron en unirse a la lucha. Murat disponía por aquel entonces de 50000 hombres perfectamente adiestrados para la guerra. Contra ellos era poco lo que podían hacer los patriotas españoles, más aún por la infame y cobarde respuesta del ejército español, que salvo honrosas excepciones como las del Teniente Coronel Rodrigo López de Ayala, o los osados Daoiz y Velarde, decidió permanecer acuartelado, dándole la espalda a un pueblo que en esos momentos se disponía a morir para defender la integridad de la patria.

Apresuradamente, los madrileños formaron pequeñas partidas de barrio, comandadas por unos caudillos que intentaron armar a los hombres, mujeres e incluso niños que salieron a las calles con la intención de luchar por su libertad. Palos, piedras, navajas… fue lo único que pudieron poner frente al temido ejército napoleónico que en esta ocasión decidió utilizar la violencia más extrema para reprimir a cientos de patriotas que poco a poco fueron cercados y exterminados. La represión que continuó a esta sangrienta jornada fue brutal, porque el francés quiso castigar a los sublevados y utilizarlos como escarmiento para que el resto de españoles no se volviese a plantear la lucha contra un ejército que hasta ese momento se había demostrado invencible en los campos de batalla de todo el continente.

Contento por la demostración de fuerza y por su convencimiento de que el ímpetu de los patriotas españoles había quedado mermado, Murat se dispuso a celebrar su triunfo. Ahora ya nada podría impedir que el resto de España se pusiese a los pies del poderoso ejército francés, pero con lo que no pudo contar fue con el hecho de que la sangre derramada por los madrileños inflamase los ánimos de sus compatriotas, comenzando en ese mismo momento nuestra Guerra de Independencia, cuyas consecuencias fueron fundamentales para conocer la evolución política de la España Contemporánea.

El mismo día 2 de mayo, por la tarde, en la localidad de Móstoles un prestigioso político llamado Juan Pérez Villamil, fue consciente de las terribles noticias que llegaban procedentes de la capital. Venciendo sus temores por las posibles repercusiones de la decisión que estaba a punto de tomar, obligó a los alcaldes de Móstoles a firmar un bando por el que se llamaba a todos los españoles a empuñar las armas contra el temido invasor. Poco a poco, las grandes ciudades, e incluso las pequeñas localidades de España empezaron a alistar voluntarios y movilizar tropas, algunas incluso para marchar a toda prisa en auxilio de Madrid. La muy leal ciudad de Valencia, fue una de las primeras en dar un paso al frente, al levantarse contra los franceses y mostrar su inquebrantable patriotismo, uniéndose al levantamiento tras un curioso episodio protagonizado, según la tradición, por Vicente Doménech, más conocido por el sobrenombre de El Palleter.

Corría el año de 1783, cuando en la localidad de Paiporta, próxima a Valencia, nacía Vicente Doménech, en el seno de una familia campesina. Siendo todavía un niño se trasladó al municipio valenciano de Patraix (en la actualidad un barrio de la capital del Turia), en donde desde bien pronto se dedicó a vender pajuelas inflamables (una especie de cerillas) motivo por el cual recibió el apodo con el que se le conoce popularmente: el Palleter. Así pasó su infancia y gran parte de su juventud, ajeno a lo que ocurría en el resto de un mundo conmocionado, y ocupando su tiempo en deambular por las estrechas callejuelas de este humilde enclave, vestido con un traje de huertano, en el que destacaba una franja roja situada en la cintura.

En Valencia, cada vez eran más insistentes los rumores que hablaban sobre la ocupación francesa de España, pero estos no se vieron confirmados hasta el día 23 de mayo de 1808. Desde días atrás, la pequeña placeta de les Panses, se había convertido en lugar de reunión de unos vecinos que observaban con preocupación las noticias procedentes de Madrid. La situación ya era tensa días antes de que los valencianos decidiesen declarar la guerra a los franceses, porque no fueron pocos los que ya habían exorado al pueblo para que defendiesen sus tierras y se pusiesen en contra del francés, entre ellos el padre Rico de la pequeña pedanía de Beniferri. Por las calles de Valencia empezaron a circular unos pasquines en donde se podía leer: La valenciana arrogancia / Siempre ha tenido por punto / No olvidarse de Sagunto / Y acordarse de Numancia. / Franceses idos a Francia, / dexadnos en nuestra ley, / que en tocando a Dios y al Rey, / a nuestras casas y hogares, / todos somos militares, / y formamos una grey.

De esta forma llegamos al día 23, para encontrarnos en la plaza con una multitud que se congrega para ser consciente de una fatídica noticia. El rey de España ha abdicado en favor de Napoleón. De repente observamos como un sepulcral silencio se apodera de todos los presentes, pero esa quietud no tarda en quebrarse cuando un individuo anónimo levanta la voz y enciende los ánimos del pueblo de Valencia al grito de ¡Viva Fernando VII! Pocos minutos después las calles de la ciudad del Turia rugen por el sonido ensordecedor de miles de patriotas, que envalentonados se dirigen hasta la Casa de la Audiencia (hoy Palacio de la Generalitat) proclamando su lealtad a la monarquía española. Una vez allí, observan apesadumbrados el patético espectáculo protagonizado por unos políticos mediocres que no se deciden, por falta de valor, a declarar la guerra a aquel que ya ha sometido a toda Europa. Ante dicha situación, el pueblo de Valencia envió un representante, el franciscano Rico, con la intención de firmar un Acuerdo por el que la ciudad, después de hacer ondear la bandera como acto de declaración de guerra, se comprometía a reclutar a los hombres jóvenes, entre 16 y 40 años, para luchar por la causa de su rey legítimo, Fernando VII.

La indignación por la indecisión del los que estaban en el interior de la Casa de la Audiencia, hizo que un hombre cuya historia parece estar a mitad de camino entre la realidad y la leyenda, el Palleter, emergiese entre la multitud para convertirse, desde entonces, en un mito. Inmediatamente empieza a desenrollarse la faja que llevaba ceñida a su cintura y posteriormente la trocea para repartirla entre sus compañeros, guardándose para sí mismo el fragmento más grande que pone en la punta de una caña, quedando a ambos lados dos estampas, una que representa a la Mare de Déu dels Desamparats, y en la otra con la imagen de Fernando VII.

Esta fue la oportunidad que el pueblo de Valencia tanto había estado esperando desde que fueron conscientes de que la patria había sido invadida por los franceses. Un simple acto de un personaje humilde que no dudó en enarbolar su peculiar bandera e iniciar una marcha hacia la Plaza del Mercado, seguido por una comitiva que no dejaron de aclamarlo hasta que el Palleter llegó a su destino. Una vez allí, nuestro protagonista se subió a una silla para que la multitud que ya abarrotaba la plaza, fuese consciente de lo que el Palleter estaba a punto de hacer. En primer lugar cogió un pliego en el que se podía leer la orden del gobierno de Madrid de reconocer como rey a José Bonaparte y lo troceó ante el frenesí de todos los que le rodeaban, para después pronunciar la famosa frase: UN POBRE PALLETER LI DECLARA LA GUERRA Á NAPOLEÓN: VIVA FERNANDO VII, Y MUIGUEN ELS TRAÏDORS.

Forzado por la iniciativa de un pueblo que había decidido dar un paso adelante para defender la integridad del reino, la ciudad de Valencia aprobó el Acuerdo por el que se declaraba la guerra a Napoleón, proclamando como rey de España e Indias a Fernando VII. Desde ese momento, la ciudad del Turia supo estar a la altura y destacó por el ímpetu de sus vecinos por repeler a un agresor que llegó a sitiar la localidad en tres ocasiones, durante los años en los que el país tuvo que afrontar su prueba más difícil, saliendo victorioso gracias a la unión de todos en defensa de la causa común.

Antes de la victoria final española, un soldado francés escribió una carta a su hermano en la que se leía lo siguiente: Hemos atacado Valencia… y nos hemos encontrado una resistencia sin igual. No hay en el mundo villa fuerte, castillo sin fortaleza que haya defensa más activa ni más obstinada. Los valencianos se han defendido con honor y se han batido con una heroicidad sin par.

lunes, 7 de agosto de 2017

EL LABERINTO. UN SÍMBOLO ANCESTRAL DE CONOCIMIENTO INICIÁTICO.


Petroglifos de Mogor

El arte rupestre es, a pesar de las dificultades interpretativas, la mejor forma para tratar de adentrarnos en las estructuras mentales del hombre prehistórico. En términos generales, las expresiones artísticas de nuestros más lejanos ancestros, las podemos dividir en dos grandes grupos. Por un lado tenemos el conocido como arte mueble, una serie de representaciones llevadas a cabo sobre pequeños objetos, y por otro las pinturas y grabados rupestres, realizados sobre las paredes de las cuevas o en piedras talladas al aire libre.

En este artículo vamos a referirnos a estos últimos, y dentro de ellos a la importancia que ha tenido a lo largo de la historia la representación de petroglifos, por ser unas expresiones artísticas con una enorme carga simbólica, que en el caso europeo podemos datar en la Edad del Bronce, y que estarían presentes en una amplia zona comprendida en la fachada atlántica, desde Canarias hasta las costas de Noruega.

En términos generales, estos grabados en piedra están asociados con la existencia de monumentos megalíticos, aunque los problemas a la hora de interpretarlos ha llevado a plantear una serie de hipótesis que en la actualidad no parecen gozar de una relativa aceptación entre la comunidad científica, por haberse hecho de espaldas a los estudios antropológicos, lingüísticos e incluso astronómicos. Las explicaciones que interpretan los grabados como una mera representación artística sin función aparente, e incluso los que pretenden ver en las figuras algún tipo de cabañas o mapas esquemáticos de territorios de caza, no pueden considerarse más que como meras especulaciones que dejan sin respuesta la pregunta sobre cuáles fueron los motivos por los que un grupo de seres humanos y unos artistas de territorios tan alejados como los que estamos hablando, emprendieron un trabajo como éste para expresar las creencias más íntimas de su comunidad, sus sentimientos e incluso sus problemas cotidianos. 

Otro de los enigmas que envuelven a estas manifestaciones primigenias del hombre prehistórico, es la increíble expansión del fenómeno por una zona en donde en un principio no pudieron existir contactos entre comunidades alejadas miles de kilómetros entre sí. Por este motivo, la existencia de estructuras mentales similares y la aplicación de unas mismas técnicas artísticas para que éstas perdurasen en el tiempo, sólo pueden ser explicadas recurriendo a un improbable cúmulo de coincidencias, o bien “por la posibilidad de que haya existido ese nexo de unión que hasta ahora no hemos encontrado y que daría respuesta a muchas otras incógnitas que nos obligan a tratar el pasado más remoto como un conjunto de elucubraciones difícilmente comparables” (Civilizaciones perdidas. Tomé Martínez).

Según este mismo autor, los lugares en donde aparecen representados estos petroglifos podrían ser interpretados como lugares de transmisión de conocimientos, tal y como podemos observar en la Pedra das Ferraduras en la parroquia de San Xurxo de Sacos, en el que tenemos varios grabados con diferente cronología pero con un evidente sentido unitario que se prolonga en el tiempo. No en vano, los petroglifos expresan una extraña simbología cuya naturaleza aún no podemos comprender: círculos concéntricos, cruces, motivos serpentiformes, parecen tener un significado sagrado, e incluso un sentido cósmico, llevados a cabo por la necesidad de transmitir la esencia de la auténtica identidad de estos pueblos desde tiempos remotos. 

                                                                 Petroglifos de Mogor

Uno de los motivos que más se repiten en los petroglifos rupestres españoles y del resto de Europa, es el laberinto, el cual podemos considerar como uno de los grandes símbolos universales, cuya influencia se ha dejado sentir hasta tiempos relativamente cercanos a nosotros. Algunos de estos laberintos los podemos observar en las paredes y suelos de algunas catedrales europeas, e incluso decorando los jardines renacentistas, y siempre con el mismo significado, como un símbolo de la ancestral búsqueda del conocimiento hermético relacionado con el mundo de la magia, lo sagrado y el cosmos. 

Una de las representaciones más significativas de este antiguo símbolo lo encontramos en nuestro país en la parroquia de A Barriada, en Pontevedra. Nos referimos a los petroglifos de Mogor, formados por tres conjuntos de grabados rupestres que constituyen la muestra más importante del denominado arte rupestre galaico. La cronología del conjunto no es del todo segura, pero podemos situarlo entre el 3000 y el 2000 a.C. 

El primero de estos conjuntos es probablemente el más interesante para los estudiosos del arte primitivo y su significado simbólico. Es la Pedra do Laberinto, una roca de 5 x 1,5 metros, en el que destaca un laberinto formado por surcos anchos y profundos en torno a una cazoleta. A tan solo 10 metros de la anterior tenemos la Pedra dos Campiños, con nuevas formas laberínticas, pero más desgastadas y por lo tanto sólo visible bajo ciertas condiciones lumínicas concretas. La Laxe dos Mouros también cuenta con formas circulares y varios grupos de cazoletas, pero en esta ocasión observamos la introducción de figuras animales como un cérvido, complicando la interpretación simbólica del conjunto. 

Igualmente interesantes son los petroglifos encontrados en la Maragatería leonesa, al ser considerados los más antiguos del mundo. Recientes investigaciones le han otorgado una antigüedad mínima de 5000 años, pudiendo ser la prueba definitiva que echaría por tierra la creencia del origen oriental de este tipo de símbolos con un significado tan amplio y a la vez complejo. En términos generales el símbolo del laberinto se ha relacionado con lo espiritual, en este sentido se cree que muchos laberintos representados en el suelo podrían funcionar como una especie de trampa para atrapar a los malos espíritus antes de que entrasen en un lugar sagrado. Lo realmente interesante es que está función estaría documentada desde tiempos prehistóricos, pudiendo constatar la presencia de estos laberintos en el piso de algunas iglesias católicas, cerca del baptisterio, lugar en donde se bautiza a los nuevos fieles. Del mismo modo, la imagen del laberinto se puede trazar en las puertas de los edificios como sistema de protección contra los malos espíritus, aunque ésta no debe ser considerada como la única función de un símbolo ancestral.

                                               Moneda cretense con la representación del laberinto del Minotauro

El laberinto también está asociado a los rituales de iniciación, representando una búsqueda personal y de conocimiento hermético, a partir de un ritual iniciático y la superación de diversas pruebas hasta alcanzar un nivel de sabiduría de tipo trascendente. No en vano, durante la Edad Media esta misma idea se asocia a la superación de diversas pruebas para alcanzar la comunión con la divinidad. El laberinto de algunos templos cristianos representaría el camino llevado a cabo por los creyentes con la intención de llegar hasta Dios, unos caminos enredados y difíciles cuya meta no podría ser otra más que un centro que simboliza la idea del sufrimiento de Cristo en la Cruz. El recorrido del peregrino por este laberinto llevaría a la muerte simbólica del pecador para volver a nacer purificado cuando alcanzase su centro. De esta forma, desde nuestro punto de vista, cabría señalar el claro paralelismo entre el centro del laberinto y la simbología propia del Santo Grial, relacionado también con la búsqueda iniciática de tipo trascendental. 


                               Mapa de Jericó en el siglo XIV, en la Biblia Farhi de Elisha ben Avraham Crescas
   

La adopción de una filosofía antropocéntrica durante el Renacimiento, se refleja en la representación de nuevos laberintos, cuyo centro simboliza en esta ocasión la existencia de un ser humano plenamente desarrollado y asociado a los valores del perfecto caballero renacentista. 


                                                                        Laberinto de la Catedral de Chartres.