ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: noviembre 2016
English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

lunes, 28 de noviembre de 2016

TOLEDO OCULTO Y EL TESORO DE LOS VISIGODOS.


Recientemente tuve la ocasión de visitar, nuevamente, una de las ciudades más bellas y mágicas de este hermoso pero maltratado país llamado España. En mi mente seguía viva mi intención de profundizar en los secretos de la mesa del rey Salomón y su relación con el desaparecido tesoro de los visigodos. Fue en ese momento cuando entré en contacto con una nueva leyenda que, indirectamente, me proporcionó una nueva pista para tratar de seguir el escurridizo rastro de este misterio milenario.

Mientras recorría el interior de la cueva de San Miguel, acompañado por una guía que parecía saberlo todo sobre la ciudad, pude saber que esta inhóspita cavidad parecía estar relacionado con el mundo de lo sobrenatural. No eran pocos los que aseguraban que desde el interior de las tinajas que en la cueva se conservaban, se podían oír una serie de susurros, que a buen seguro pondrían los pelos de punta a aquellos que, desconfiados, tratasen de adentrarse en el conocimiento del Toledo oculto.



Pero lo que a mí más me sorprendió fue la existencia de una nueva y conmovedora leyenda, relacionada esta vez con la famosa cueva de Hércules, y al más puro estilo romántico, en la que se narraba la desesperación de un joven enamorado que, ardiendo en deseos por conseguir el amor de una bella toledana, se internó en los profundos pasadizos situados bajo la iglesia de San Ginés, en busca de su inigualable tesoro. Según esta tradición, Pablo y Magdalena eran una pareja que pasaban sus días pensando en permanecer juntos, casarse y formar una familia. Cuando Pablo fue a pedir la mano de su amada, el padre de Magdalena le contestó que ya tenía planeado el matrimonio de su primogénita con un rico comerciante de Toledo, ya entrado en años, y que había enviudado recientemente. Ante las súplicas de su desesperada hija, el padre decidió dar una última oportunidad al joven Pablo, prometiéndole que si en unos días lograba amasar una fortuna semejante a la del comerciante, la mano de Magdalena sería para él.

Pasaron dos jornadas, y los jóvenes enamorados no lograron encontrar una solución que les permitiese conservar su amor. Tras hablar un largo rato con la chica, Pablo abandonó su hogar y comenzó a deambular sin rumbo fijo por las calles de la ciudad cuando de repente, sin ni siquiera pretenderlo, se encontró frente a la iglesia de San Ginés. Un rayo de ilusión iluminó su desesperanza y sin pensarlo, corrió hasta la casa de Magdalena para decirle que existía una pequeña posibilidad para poder burlar a un destino que parecía haberse puesto en contra de los jóvenes. A pesar de todo, nada parecía indicar que este último intento fuese a resultar sencillo. Poco después el joven regresó corriendo hacia la iglesia, debajo de la cual se encontraba la cueva de Hércules, en la que, según las leyendas, se encontraban inmensas riquezas. Una vez allí forzó la puerta, y se introdujo en el templo, recorriendo sus oscuras naves iluminado por la tenue luz de una vela, hasta que llegó a una nueva puerta situada tras un antiguo pilar, que por su forma parecía haber pertenecido a una basílica romana. Tras forzar la entrada se introdujo por una cavidad y recorrió un largo trecho de escalones que le llevaron hasta la oscuridad más infinita, y tras sortear algunos derrumbes y pasar por arcos de medio punto graníticos, se internó por un largo pasadizo que parecía no tener fin.

Tras una dura caminata de varias horas, por un túnel en el que tenía que ir cada vez más encorvado, llegó a un lugar en donde el olor era nauseabundo. Poco después, debido a la falta de oxígeno, cayó al suelo sumiéndose en un profundo silencio que sólo se rompió por un desgarrador grito de agonía.



Unas horas más tarde, a las doce de la noche de ese mismo día, frente a la casa de Magdalena, se paró una espectral figura de un hombre que después de llamar intensamente a la puerta, le pidió al dueño que le acompañara urgentemente. Movido por una especie de resorte mágico, y sin fuerzas para oponerse a aquel extraño personaje, el hombre decidió seguirlo por los callejones de Toledo cuando, de pronto, se encontró cara a cara con la enigmática cueva de Hércules. Angustiado le preguntó a su acompañante quién era, y este respondió que era Pablo, aquel que por su intransigencia había encontrado la muerte, que buscando el tesoro que decían se encontraba escondido en la cueva no había dudado en internarse en lo desconocido por conseguir la mano de su hija. Ahora había venido a cobrarse su venganza, para encerrar en vida al avaro y codicioso padre de Magdalena que ya nunca más volvería a salir de la cueva.

Nadie en la ciudad logró explicar la desaparición de los dos hombres. Pero el tiempo pasó, y todo fue olvidado; hasta que un día, muchos años después, un chaval que huía de los azotes de su amo llegó hasta la iglesia de San Ginés, en donde se escondió para no caer en manos de su perseguidor. Temeroso de lo que le pudiese ocurrir si le daba alcance, decidió internarse por un interminable pasaje hasta que perdió su orientación. Sin saber qué hacer, decidió que lo más lógico era seguir por otra galería hasta que varias horas después logró encontrar una salida por lo que más tarde sería conocida como la finca de los Higares, en el término de Mocejón. Cuando volvió a la ciudad, contó lo sucedido a sus incrédulos vecinos, quienes apenas podían creer lo que el muchacho les narraba. Según él, en el interior de la cueva había encontrado un tesoro custodiado por un terrible y enigmático animal, y a su lado los huesos de unas personas que lo habían desafiado para encontrar el inmenso botín con el que se relacionaba el lugar. En otra sala vio una especie de estatua de bronce que propinaba unos ensordecedores golpes a un yunque con una barra de oro. Allí, a pesar de la escaza luz, pudo percatarse de que estaba en una sala abovedada cuyos pilares se perdían en lo alto. Y lo más extraño de todo, vio un par de hombres alrededor de la estatua de bronce que, ajenos a todo, daban vueltas sin parar y sin desviar la mirada del oro allí enterrado. Eran Pablo y el padre de Magdalena, que cumplían sin remedio la condena que les estaba reservada a los que en la cueva se internaban. Pero no todo terminó así; cuenta la leyenda que, tras contar su historia el chico se desplomó y murió al poco rato.

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL TESORO PERDIDO DEL CAPITÁN KIDD.


Artículo publicado en la revista Clío Historia, nº 178. Agosto de 2016.

Durante generaciones, siempre hemos soñado con la posibilidad de encontrar un tesoro oculto, especialmente durante la infancia, tal vez porque en este periodo de nuestras vidas es cuando más cerca nos encontramos de nuestra propia naturaleza, y cuando más interés tenemos en descubrir los secretos de un mundo desconocido para nosotros. Entre todos ellos, los relacionados con los piratas fueron, sin duda, los que más fascinación han despertado.

En este sentido, la auténtica leyenda sobre la existencia de un espectacular tesoro pirata, que más tarde inspiraría a Stevenson en su Isla del Tesoro o a Richard Donner al dirigir Los Goonies, película con la que muchos viajamos a un apasionante mundo de aventuras, se forjó durante la vida de un famoso corsario británico: el capitán Kidd.


De él es poco lo que sabemos, especialmente sobre su infancia. Al parecer nació en el año 1645 en Greenock, Escocia, y desde bien pronto orientó su vida hacia el mar, razón por la que tomó una decisión fundamental, la de ingresar en la Royal Navy, destacando por encime de todos hasta ser premiado con la responsabilidad de capitanear un pequeño bergantín de veinte cañones, con el que protagonizó una de las primeras acciones de las que tenemos noticias, al batirse valerosamente contra cinco barcos franceses. 

En 1691 llegó a Nueva York para sentar cabeza y en verdad lo hizo, porque allí se casó con una viuda rica y también cultivó la amistad de importantes políticos y grandes comerciantes de la ciudad; pero en 1695, hastiado de una vida que tuvo que considerar insulsa, marchó de nuevo hacia Inglaterra con la intención de buscar patrocinadores para una nueva aventura en el mar. No sin dificultades, Kidd logró formar una sociedad y adquirir un importante buque para trasladarlo al Índico, y así luchar contra los piratas que perjudicaban los intereses de los comerciantes neoyorquinos. Por otra parte, como Inglaterra y Francia se encontraban en guerra, no le fue difícil conseguir una patente de corso para apresar los navíos franceses que se cruzasen en su camino.


El prestigio de Kidd le precedía, y por eso el ánimo cundió entre los londinenses, que se abrazaron incondicionalmente al sueño del capitán mientras arengaba a todos los hombres de mar con su famoso grito pirata: No hay botín, no hay paga. El barco elegido fue el Adventure Galley, de treinta y cuatro cañones, con el partió en 1696 con destino a Madagascar, pero pronto las cosas empezaron a torcerse, porque el tan ansiado botín no parecía llegar nunca, encendiendo los ánimos de su tripulación que llegó a plantearse incluso la posibilidad del amotinamiento. Para atajar la situación Kidd decidió asaltar el primer barco que se puso a tiro, pero para su desgracia este resultó ser una pequeña nave que lucía una bandera británica, por lo que su acción le convirtió en pirata. Algo que le costaría muy caro.

Desde ese momento la suerte, que hasta ese momento había sido esquiva con el navegante escocés, volvió a ponerse de su parte, pero no por mucho tiempo porque poco después, especialmente a partir de 1698, las cosas empezaron a torcerse definitivamente al tener constancia de que el Gobierno británico le había declarado pirata, por lo que comprendió que era un hombre sentenciado y perseguido.


Ante lo delicado de su situación decidió abandonar el Índico, iniciando un épico viaje en el que se vio obligado a superar todo tipo de pruebas, mientras navegaba por medio mundo perseguido por los buques de la Royal Navy. Durante el trayecto, Kidd tomó una decisión fundamental para entender esta historia, porque en algún lugar desconocido de las colonias norteamericanas decidió enterrar su famoso tesoro. Las razones por las que lo hizo no las conocemos. Tal vez trató de guardarse una carta bajo su manga para poder negociar un posible rescate. Quizás lo único que pretendía era asegurarse una feliz jubilación una vez superase los trámites jurídicos que debía afrontar como consecuencia de los actos vandálicos que había protagonizado contra los barcos de Su Majestad.

No podía estar más equivocado porque en 1699, el corsario llegó a Boston para ser apresado y cargado de cadenas, como un vulgar criminal, con las que viajó detenido hacia Inglaterra, en donde le esperaba una pequeña e insalubre celda en la prisión de Newgate. Allí se vio forzado a compartir espacio con los más peligrosos delincuentes de los bajos fondos londinenses, esperando un juicio cuyo veredicto estaba escrito de antemano.

Finalmente en 1701 fue juzgado junto a nueve de sus hombres ante el Tribunal de lo Criminal, acusado de saqueo ilegal y homicidio. De nada le sirvieron sus intentos de probar su inocencia, ya que fue condenado a ser ahorcado por piratería. La pena se aplicó el día 23 de mayo de 1701 en el Execution Dock, a orillas del Támesis y su cuerpo, ya sin vida, encadenado de pies y cabeza, quedó durante dos días expuesto, balanceándose a merced del viento, para escarmiento y advertencia por haber atentado contra los intereses de la poderosa oligarquía británica.


El enigma del capitán Kidd no acabó con su vida. Los rumores se empezaron a propagarse por tabernas, puertos y villas marítimas de ambos hemisferios. Habladurías que hacían referencia a un tesoro oculto, valorado en más de un millón de libras esterlinas, y que empujaron a un variopinto grupo de aventureros, bohemios y cazatesoros a seguir los pasos que había recorrido el antiguo corsario, y así comprender el itinerario seguido para enterrar su tesoro. A pesar de que excavaron afanosamente en una y otra isla, nadie pudo encontrar ni una sola pista del misterioso botín, dando alas a la imaginación, en una sociedad ávida de riquezas y que comenzó a leer con fruición las nuevas novelas sobre piratas, entre las que destacó la famosa Isla del Tesoro, de Stevenson, que alimentó con esperanza tan vanas ilusiones.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

EL TESORO TARTÉSICO DE ALISEDA



El tesoro de Aliseda se descubrió un lejano 29 de febrero del año 1920, cuando de forma casual dos hermanos (Victoriano y Juan Rodríguez Santana) encontraron unos extraños objetos mientras trataban de extraer tierra de arcilla, para utilizarla en unos hornos de tejas y ladrillos, de los cuales eran propietarios. Como es normal, teniendo en cuenta su limitada educación e inexistente bagaje cultural, ninguno de ellos se percató de la importancia que tenían los objetos que en ese mismo momento tenían en sus manos. Afortunadamente, en esta ocasión, el Estado decidió actuar con premura y por eso, unos meses más tarde, en septiembre del mismo año, el tesoro ya ocupaba un lugar de privilegio en una de las vitrinas del Museo Arqueológico Nacional de España. 

Debido a su innegable valor histórico, lo encontrado en esta pequeña localidad cacereña se terminó convirtiendo en uno de los hallazgos arqueológicos más importantes en la historia de la Arqueología española. Aunque no lo podamos afirmar con rotundidad, el tesoro de Aliseda parece formar parte de un ajuar funerario, vinculado a un enterramiento de al menos un hombre y una mujer de la alta aristocracia tartésica, tal y como lo demuestra la presencia de un cinturón masculino y una diadema femenina. Para nuestra desgracia, las circunstancias en las que se produjo el hallazgo, nos impiden precisar si este conjunto se trata de un simple tesoro relacionado con un contexto habitacional o religioso, o si es, como hemos dicho, un auténtico ajuar, pero en cualquier caso datado en el siglo VII a.C. 




Aunque se llegó a plantear la posibilidad de que estas piezas hubiesen llegado directamente desde Oriente, en la actualidad los especialistas consideran que el tesoro fue elaborado, muy probablemente, en algún taller peninsular, pero a partir de la utilización de unas técnicas claramente fenicias. Como ya sabemos, el pueblo fenicio fue el primero en llegar a la Península Ibérica procedente de Oriente entre los siglos X y IX a.C. atraídos por la abundancia de metales preciosos de los que, sin duda, hablaban los arrojados comerciantes orientales. Aquí pudieron acceder, sin demasiados problemas, a todas estas riquezas, intercambiándolas por manufacturas de lujo y una gran variedad de productos exóticos, estableciendo un sistema de distribución poco equitativo y muy provechoso para los colonizadores. La presencia fenicia, no se tradujo únicamente en la imposición de este modelo comercial, porque su influencia fue también determinante a la hora de explicar el desarrollo del pueblo tartésico. Las creencias sobrenaturales, la escritura, arte y urbanismo, y especialmente sus adelantos técnicos fueron asumidos por las poblaciones autóctonas, estimulando su progreso y una mayor complejidad social, de la que es reflejo las tumbas principescas dotadas de un ostentoso ajuar, que empezamos a ver justamente, a partir de ahora. 




Es por este motivo por el que el tesoro de Aliseda es realmente importante al informarnos sobre la nueva configuración de la población tartésica en este periodo conocido como “orientalizante”. En su conjunto está formado por un piezas de extraordinario valor, como un brasero y un vaso de plata, una jarra de vidrio y espejos de bronce, pero lo que predomina es el oro, del que se conservan 285 objetos o fragmentos, muchos de ellos con piedras semipreciosas engastadas y para cuya realización se emplearon técnicas fenicias, como el granulado, filigrana y soldadura. 





martes, 15 de noviembre de 2016

EL DORADO. NUEVAS PISTAS.



Hablar de El Dorado es viajar hacia un mundo de leyenda, hacia una fantástica ciudad tan rica en oro que despertó la codicia de todos los europeos que empezaron a llegar a tierras americanas desde finales del siglo XV. A pesar de que muchos consideran El Dorado como un simple mito, no son pocos los que creen que detrás de esta historia podría esconderse un recuerdo que evocaría la existencia de una civilización real, enclavada en el continente americano, y cuya esencia se desdibujó con el paso del tiempo.

Para tratar de desentrañar la auténtica naturaleza de El Dorado, el investigador del pasado debe de tener en cuenta las circunstancias en las que se produjo el descubrimiento del continente americano. Recordemos que esta empresa fue obra de Cristóbal Colón, cuando en 1492 llegó a unas nuevas tierras acompañado por un pequeño grupo de marineros castellanos para toparse con un enorme espacio geográfico, cuya realidad no pudo ser comprendida hasta mucho tiempo más tarde. Este el motivo por el que la imagen de América estuvo desde el principio impregnada con un halo de misterio y con un componente mágico que en buena medida ha perdurado hasta nuestros días. Es por eso por lo que los españoles creyeron ver en estas tierras los recuerdos que traían consigo, sus más inherentes concepciones míticas del pasado: los restos del Paraíso Terrenal, las tribus perdidas de Israel o la Fuente de la Eterna Juventud.

Otro de los aspectos importantes que merece la pena destacar, es el afán de riquezas y el interés por hacerse con unas ingentes cantidades de oro y plata, en un mundo en el que los miembros de las clases menos favorecidas no tenían ninguna posibilidad de progresar debido a la injusta condición social que imponía el sistema económico imperante: el feudalismo. Esta obsesión por enriquecerse, unida a la naturaleza mágica y legendaria con la que se entendió al continente americano es lo que explicaría el nacimiento del mito del Dorado.

Asombrosamente, y en contra de lo que muchos puedan pensar, esta antigua tradición surge desde el mismo momento en el que los europeos llegan al Nuevo Mundo. Tanto es así que el mismo Colón o Núñez de Balboa llegaron a plantearse la posibilidad de encontrar un sitio con estas características, después de que unos indígenas les asegurasen que lejos, hacia el sur, podrían encontrar una fabulosa ciudad de oro para ser dueños de una fortuna inimaginable. Pero si tenemos que situar en un momento concreto el origen del mito de El Dorado, lo haríamos con el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando entra en contacto con un grupo de indígenas conocidos como los muiscas o los chibchas, que le relataron una extraña costumbre de tipo ritual que hizo despertar el ansia de riquezas de los europeos.



Según las fuentes, con la proclamación de cada nuevo cacique muisca que vivía en las cercanías de la laguna Guatavita, se procedía a cubrir con polvo de oro el cuerpo del nuevo soberano, y después era transportado en una balsa hasta el centro de la laguna. Una vez allí, y acompañado de numerosos sacerdotes empezaba a arrojar enormes cantidades de objetos de oro al fondo del lago a modo de ofrenda a sus dioses. Esto fue algo que repitieron una y otra vez a lo largo de su historia, lo que llevó a suponer la existencia lógica de un enorme tesoro en el fondo de una laguna que se empezó a relacionar con el Dorado. 



Aun así, no todos los que buscaron El Dorado fueron españoles, también participaron muchos hombres del Norte, como los Wesler, una familia alemana que creyó en esta leyenda más que nadie y que gastaron una auténtica fortuna en la organización de nuevas expediciones por toda Sudamérica. Uno de ellos fue Ambrosio Alfinger, que sobresalió por su extrema crueldad. En 1529 salió desde la ciudad de Coro, iniciando una larga marcha que le llevó a recorrer tierras inhóspitas por el interior de lo que hoy en día es Venezuela. Durante su trayecto, el aventurero alemán hizo frente a la propagación de enfermedades, al hambre, al rigor de un clima inclemente y sobre todo a los ataques de unas tribus que desde el primer momento se opusieron a la conquista europea. La empresa de Alfinger no terminó con los resultados esperados, especialmente para él porque murió después de que una flecha le atravesase el cuello, pero a pesar de eso, y esto se convertirá en una constante en futuras expediciones, los escasos supervivientes no se dieron por vencidos ya que en su mente se forjó la idea que habían estado a punto de conseguirlo, y que los caudalosos ríos y las impenetrables junglas a las que habían llegado no eran más que el límite detrás del cual estaría El Dorado. Y por eso otros muchos volvieron a intentarlo. 

Pero en la búsqueda de la ciudad de oro destaca, por encima de todos, el que nos atrevemos a definir como un personaje extraordinario: Francisco de Orellana, al que le debemos el descubrimiento de un enorme espacio geográfico que a día de hoy sigue teniendo una importancia capital para la humanidad: la cuenca del Amazonas. Su gesta se inició junto a Gonzalo Pizarro, que partió desde Quito con trescientos españoles y más de 4000 indios para buscar El Dorado y el País de la Canela. Como era normal en estos casos, los problemas no tardaron en aparecer. En primer lugar sufrieron las consecuencias de un potente terremoto que diezmó a sus hombres, para posteriormente enfrentarse a los inconvenientes que ya nos imaginamos: enfermedades, un paisaje inhóspito, la compañía molestos insectos, y el ataque de tribus hostiles, pero en este caso debemos de añadir el hambre que no hizo más que debilitar a unos españoles que decidieron dividirse en dos grupos. El de Pizarro terminó regresando al Perú, mientras que Orellana decidió construir una embarcación con los pocos recursos de los que disponía para remontar por primera vez en la historia el río Amazonas, descubriendo nuevos territorios y nuevas tribus indígenas, una de las cuales le recibió de forma violenta. Esta tribu estaba formada por un grupo de mujeres guerreras que los atacaron con una inusitada habilidad en la utilización del arco, por eso creyeron haberse topado con las míticas amazonas. 



En contra de lo que habitualmente se pueda pensar, la búsqueda de El Dorado, el Paititi o las Ciudades Perdidas de Cíbola, no es un episodio remoto perteneciente al pasado. En el siglo XX se produjeron nuevos intentos, como el protagonizado por Percy Fawcet. Este era un explorador británico empeñado en demostrar las conexiones entre el mito de El Dorado y la Atlántida, por eso organizó una expedición por el Mato Grosso en donde se le perdió la pista. Al parecer murió después de caer en manos de alguna de las feroces tribus que habitaban en la región, aunque hay quien piensa que realmente encontró El Dorado y se quedó a vivir en esta ciudad al caer rendido ante la belleza que le rodeaba. Algo más tarde, en los años 70, un nuevo investigador, un tal Roland Stevenson, creyó encontrar nuevas pistas mientras estudiaba los escritos de un famoso pirata que también estuvo detrás de El Dorado, sir Walter Raleigh, por lo que se adentró en la selva desde la ciudad de Manaus para descubrir unas importantes construcciones pétreas que el relacionó con Paititi. 


 
Lo más curioso es que incluso en el siglo XXI se han realizado nuevos intentos, como el de Jacek Palkiewicz que recorrió los departamentos peruanos de Cuzco y Madre de Dios, siguiendo las pistas dejadas por un religioso español del siglo XVI llamado Andrés López, o el intento de Thierry Jamin, un arqueólogo francés obsesionado con el estudio de El Dorado, que creyó descubrir en unos gigantescos petroglifos encontrados en la zona del Manu, una especie de mapa cuyo desciframiento podría darnos la clave para el hallazgo de El Dorado. 




sábado, 12 de noviembre de 2016

EL MONSACRO Y EL TESORO PERDIDO DE LOS VISIGODOS.



España es un lugar en donde, desde tiempos antiguos, ha venido a parar una gran parte de las reliquias y objetos de culto más importantes de la religión judeocristiana. Este es el motivo por el que una nueva generación de investigadores ha vuelto su mirada hacia el estudio de estos auténticos enigmas de nuestro pasado. Entre ellos, uno ha llamado la atención por encima de todos. Me refiero a la famosa Mesa de Salomón, que muchos han relacionado con la Mesa de los Panes de la Presencia, mandada construir por Moisés durante el Éxodo del pueblo israelita en el desierto, y que más tarde ocupó un lugar de privilegio en el interior del gran templo erigido en Jerusalén, durante el reinado del rey Salomón. Esto es al menos lo que nos cuenta la historia, porque este objeto de poder tiene asociada otra parte legendaria, aquella referida al Shem Shemaforash, un concepto que según una antigua tradición otorgaba un grado de sabiduría de origen divino a aquel que tuviese conocimiento de este nombre secreto de Dios.

Rey Salomón

           Según esta misma leyenda, el poderoso rey Salomón tuvo acceso a este secreto, y por tanto no nos debe extrañar que, antes de su muerte, decidiese perpetuar el Shem Shemaforash, a partir de una inscripción que mandó realizar sobre uno de los objetos de culto más importantes de la religión yahvista como era la Mesa de los Panes de la Presencia. Esta inscripción que realizó sobre una mesa que a partir de entonces se llamó de Salomón, constaba de una serie de signos geométricos que plasmaban nada menos que la fórmula de la creación. En mi libro, El nombre de Dios. El enigma de la mesa de Salomón, tuve la oportunidad de analizar con detenimiento las circunstancias en las que se produjo la posible llegada hasta nuestro país de la Mesa de Salomón, pero en esta ocasión asociada al famoso tesoro sagrado de los visigodos.
A diferencia de lo que ocurre con otros objetos de poder, de los que apenas tenemos referencias para tratar de adivinar cuál fue el recorrido histórico que protagonizaron antes de quedar depositados en algún lugar secreto y desconocido, en el caso de la Mesa de Salomón hay pruebas suficientes para suponer que esta poderosa reliquia habría sido capturada por las legiones de Tito en el año 70 de nuestra Era, tras conquistar y saquear el fastuoso Templo de Jerusalén. 
Arco de Tito.

Este fue uno de los momentos decisivos para averiguar el destino final de la reliquia, ya que tenemos la suerte de contar con los escritos de Flavio Josefo en su Guerra de los Judíos, en la que este historiador contemporáneo a los hechos asegura que: entre la gran cantidad de despojos, los más notables eran los que habían sido hallados en el Templo de Jerusalén, la mesa de oro que pesaba varios talentos y el candelabro de oro. Como el lector imaginará, este tesoro de los judíos fue llevado hasta Roma para permanecer en la capital del Imperio hasta muchos siglos más tarde, y más concretamente hasta el año 410, cuando el joven y vigoroso rey godo Alarico I conquistó y saqueó la ciudad consiguiendo un espectacular botín entre el que destacó el antiguo tesoro capturado en tierras de Palestina por los hombres de Tito.
Aunque pueda parecer increíble, en esta ocasión volvemos a tener referencias de otro historiador del siglo VI, Procopio de Cesarea, cuando en su Libro de las Guerras V afirma como habría llegado el botín hasta el sur de Francia de manos de los visigodos: Alarico en tiempos anteriores lo había tomado como botín cuando capturó Roma. Entre ellos estaban también los tesoros de Salomón, el rey de los hebreos, un espectáculo más digno de mención… la mayoría estaban adornados con esmeraldas, y lo habían llevado de Jerusalén los romanos en la antigüedad. La referencia de Procopio me volvía a poner sobre la pista. Todo parecía indicar, al menos así lo demuestran las fuentes, que el antiguo tesoro de los judíos estaba en el mediodía francés en el siglo V, pero no lo estuvo por mucho tiempo porque, como ya sabía, los francos de Clodoveo expulsaron a los godos en el 507 después de la batalla de Vouillé, por lo que estos no tuvieron más remedio que retirarse hacia unas posiciones más seguras al sur de los Pirineos, en donde finalmente lograron crear un nuevo reino con capital en Toledo. La información recogida en la obra de Procopio y las innumerables tradiciones que vinculan la llegada de la Mesa de Salomón hasta la ciudad del Tajo (en donde permaneció hasta la conquista musulmana del 711) me permitieron esbozar una especie de mapa del tesoro que, inevitablemente apuntaba hacia España.

Por si fuera poco, logré descubrir que a partir de esta fecha volvemos a tener nuevas referencias documentales, esta vez por parte de los cronistas musulmanes, los cuales aseguraron que los poderosos caudillos Tariq y Muza, protagonizaron una incansable búsqueda del tesoro y especialmente de la mesa de Salomón. Mucho se dijo sobre el lugar en donde finalmente quedó oculto este tesoro sagrado visigodo. Algunos opinaron que nunca salió de Toledo; otros prefirieron pensar que fue escondido en algún enclave cercano a la ciudad de Jaén. La respuesta a este enigma no tenía fácil solución, aunque desde mi punto de vista, el estudio del destino que tuvieron la práctica totalidad de las reliquias que en su momento estuvieron en manos de los visigodos, me llevó a la convicción de que estas habían sido trasladadas hacia el norte, para buscar cobijo en las montañas asturianas, tal vez hacia un lugar donde existió una enorme concentración de reliquias: el majestuoso Monsacro. Situado en las cercanías de la localidad asturiana de Morcín, este enclave mágico siempre ha estado relacionado con la presencia de lo divino. Allí se descubrieron túmulos funerarios y sepulturas de época megalítica.  
Monsacro

También sabemos que los antiguos astures rindieron culto a su dios Teleno, aunque si por algo fue conocida esta montaña fue por haberse convertido en el lugar donde en su día reposaron las reliquias del Arca Santa, las cuales permanecieron a salvo de los conquistadores musulmanes en la cueva de Santo Toribio, hasta que fueron trasladadas hasta la ciudad de Oviedo en el siglo IX. Es más, en una conversación que tuve con el periodista Manuel Cimadevilla, este me aseguró que la Montaña Sagrada estaba situada en una posición estratégica, al ser punto de encuentro de dos vías emblemáticas como la Ruta de la Plata y el Camino de Santiago. Sorprendentemente, en el Monsacro podemos encontrar dos pequeñas capillas que según el periodista asturiano fueron erigidas por los templarios, los cuales habrían llevado a cabo una serie de excavaciones en este mismo lugar con la finalidad de encontrar antiguos objetos sagrados, e incluso los legendarios manuscritos secretos de Salomón.
En mi investigación para tratar de descubrir un rastro que me llevase hasta el lugar de reposo del famoso tesoro sagrado de los visigodos, tuve la suerte de ponerme en contacto con el investigador Eladio de la Concha, cuyo trabajo abre un nuevo camino en esta larga y apasionante búsqueda de la mesa de Salomón. Según él, una buena parte de las reliquias cristianas habrían llegado durante el reinado de Alfonso II hasta la Montaña Sagrada asturiana, pero cabe la posibilidad que las de naturaleza veterotestamentaria, como la Mesa de Salomón o incluso el Arca de la Alianza, fuesen trasladadas hasta Santo Toribio de Liébana o a la iglesia de San Salvador de Valdediós, conocida popularmente como “el Conventín”, en el término municipal de Villaviciosa. Resulta curioso que muchos siglos más tarde, el rey Carlos V iniciase su primer viaje por España precisamente por estos mismos lugares, tal vez con el objetivo de reclamar un tesoro que le pertenecía, por considerarse descendiente de los reyes visigodos.
Valdediós


Con todos estos datos, dirigí de nuevo mi mirada hacia la ciudad de Toledo. En la bella y acogedora ciudad del Tajo pude recoger nuevas referencias documentales que parecían confirmar la evacuación del tesoro visigodo antes de la caída de Toledo en manos de los musulmanes. Sin salir de mi asombro pude comprobar cómo los cronistas musulmanes, entre ellos Al-Maqqari en su obra Naft al-Tib, recogían noticias sobre la búsqueda de una ‘mesa’ que indudablemente no pudieron encontrar: Tariq se dirigió a Toledo, capital de la monarquía goda, y la encontró vacía, pues sus habitantes habían huido y se habían refugiado en una ciudad que estaba al otro lado de las montañas. Reunió entonces a los judíos de Toledo, dejó en ella a algunos de sus compañeros y se marchó detrás de los que habían huido de Toledo. Se encaminó hacia Wadi al-Hiyara, luego se dirigió hacia el monte y lo cruzó por el fayy —desfiladero— que lleva ahora su nombre. Y llegó a la ciudad de Al-Ma’ida, tras el monte, referido a la mesa de Salomón, hijo de David, mesa que era de esmeralda, tanto sus bordes como sus pies, que son trescientos sesenta y cinco. De esta forma, los investigadores centraron su atención en la búsqueda de esta desconocida ‘Ciudad de la Mesa’ de la que hablaban los cronistas musulmanes, como Ajbar Machmua, quien llegó a asegurar que al no ser capaz de encontrar su anhelado tesoro, Tarik viajó más hacia el norte, hasta la ciudad de Amaya, haciendo el mismo camino que hicieron los visigodos que decidieron trasladarse hacia el norte y siguiendo los pasos del que sería rey Pelayo, considerado último custodio del tesoro visigodo. Desde entonces el misterio continúa, a pesar de todos los intentos por encontrar un objeto que, tanto tiempo después, sigue desafiando a los estudiosos del pasado.



viernes, 11 de noviembre de 2016

LA MINA DEL HOLANDÉS.


Montes de la Superstición

En el sur de EEUU no es infrecuente la existencia de antiguas leyendas, que muchos siglos después nos siguen hablando sobre unos extraños tesoros, envueltos en el misterio, cuyas riquezas han llamado la atención de muchos aventureros hasta prácticamente nuestros días.
Uno de estos tesoros estaría relacionado con la famosa mina del alemán o del holandés, situada en los Montes de la Superstición, en el estado norteamericano de Arizona, un enclave mágico entre otras cosas porque los indios apaches lo consideraron el lugar en donde tendría su hogar el mismísimo Dios del Trueno. Las noticias sobre la presencia de ingentes cantidades de oro, tan abundantes como la sal en el mar, vendrían de lejos, y este fue el motivo por el que ya en el siglo XVI un conquistador español llamado Vázquez de Coronado, obsesionado con el hallazgo de las Siete Ciudades Perdidas de Cíbola, hubiese llegado hasta la zona, animado por el conocimiento de estas extrañas leyendas transmitidas por los apaches a los monjes hispánicos de México, y por su sueño de descubrir nuevos territorios.

Coronado no encontró oro, de eso podemos estar seguros, pero en cambio tuvo que observar como varios de sus hombres perdían la cabeza a manos de los indios, siendo los primeros de una larga serie de víctimas, que con el paso del tiempo darían a este tesoro un carácter maldito.
Pero si el tesoro de la mina del alemán tiene un auténtico protagonista, éste es, sin duda, Jacob Waltz, un inmigrante prusiano llegado a EEUU alrededor del 1840. Ocho años después, llegaron a sus oídos las primeras noticias sobre el descubrimiento de oro en la lejana California, iniciando una serie de viajes y de auténticas peripecias por el interior del inhóspito e inexplorado Oeste norteamericano, para fallar una y otra vez en su denodado intento de hacerse con una auténtica fortuna.
En 1862 tenemos constatada su presencia en el estado de Arizona, una región prácticamente despoblada en donde unas cuantas misiones españolas y unos destacamentos dispersos del ejército estadounidense sobrevivían, como podían, a los feroces ataques de los indios apaches, empeñados en masacrar a todos los intrusos que se atreviesen a profanar sus tierras.
No tenemos ningún tipo de certeza sobre ello, aunque hemos de suponer que Jacob Waltz habría llegado hasta este lugar atraído por las noticias que hablaban de la existencia de una auténtica mina de oro situada en el Monte de la Superstición, y que muchos años atrás habría pertenecido a alguno de los descendientes de Pedro Peralta, gobernador español de Nuevo México durante los años 1610 y 1614. Según estas mismas tradiciones, la familia de los Peralta fueron  dueños de una espectacular mina pero todos ellos habrían sido asesinados como consecuencia de un feroz ataque de los indios apaches. Uno de sus descendientes, Miguel Peralta comunicó el secreto a Jacob Waltz y su amigo Jacob Weiser, después de que estos le hubiesen salvado la vida en una trifulca producida en Arizpe. Para poder encontrar el camino, les ofreció un mapa con unas indicaciones precisas que les permitieron llegar sin demasiadas dificultades hasta el Monte de la Superstición. 


Una vez allí iniciaron rápidamente los trabajos de excavación, pero para su desgracia no pudieron descubrir nada, porque un día en el que Weiser se quedó solo en el yacimiento, recibió un ataque de los apaches. Weiser logró escapar hasta la casa de un médico que vivía en los alrededores, quien le ayudó a recuperarse, razón por la cual fue premiado con la posesión de un mapa cuyo paradero sigue siendo desconocido en nuestros días.
A Jacob Waltz, en cambio, se le perdió la pista durante algún tiempo, aunque hemos de suponer que el inmigrante prusiano invirtió una buena parte de su tiempo y su propia salud, buscando sin descanso el enclave en el que, a buen seguro, debía permanecer oculta esta mina. Y así transcurrió su vida, de fracaso en fracaso, hasta que al final tuvo la suerte de casarse con una india apache que le terminó desvelando el misterio de la montaña sagrada.
Desde este momento Waltz habría accedido sin ningún tipo de dificultad al tesoro, y aunque este episodio no está corroborado por las fuentes, hay quien dijo que en 1870 el alemán apareció en la ciudad de Phoenix, con una bolsa cargada de oro y allí, después de una borrachera y de gastar una auténtica fortuna cometió la imprudencia de desvelar el secreto: el del hallazgo de este gran tesoro en una mina que desde ese momento se llamó del alemán.
Sus vecinos, imbuidos por esta contagiosa fiebre del oro, trataron de encontrar el lugar exacto en donde se hallaba el oro, pero Jacob Waltz nunca dio su brazo a torcer, llevándose su secreto a la tumba, después de su muerte acontecida el día 25 de octubre de 1891 a la muy respetable edad de 81 años.

Hoy en día, cientos de turistas visitan esta zona situada a unos 48 kilómetros al este de Phoenix, muy cerca del antiguo pueblo minero de Goldfield (curioso nombre), algunos de ellos incluso llevando consigo una copia de este misterioso mapa del tesoro que aún espera, pacientemente, el momento de ser descubierto.