ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL DORADO. NUEVAS PISTAS.
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martes, 15 de noviembre de 2016

EL DORADO. NUEVAS PISTAS.



Hablar de El Dorado es viajar hacia un mundo de leyenda, hacia una fantástica ciudad tan rica en oro que despertó la codicia de todos los europeos que empezaron a llegar a tierras americanas desde finales del siglo XV. A pesar de que muchos consideran El Dorado como un simple mito, no son pocos los que creen que detrás de esta historia podría esconderse un recuerdo que evocaría la existencia de una civilización real, enclavada en el continente americano, y cuya esencia se desdibujó con el paso del tiempo.

Para tratar de desentrañar la auténtica naturaleza de El Dorado, el investigador del pasado debe de tener en cuenta las circunstancias en las que se produjo el descubrimiento del continente americano. Recordemos que esta empresa fue obra de Cristóbal Colón, cuando en 1492 llegó a unas nuevas tierras acompañado por un pequeño grupo de marineros castellanos para toparse con un enorme espacio geográfico, cuya realidad no pudo ser comprendida hasta mucho tiempo más tarde. Este el motivo por el que la imagen de América estuvo desde el principio impregnada con un halo de misterio y con un componente mágico que en buena medida ha perdurado hasta nuestros días. Es por eso por lo que los españoles creyeron ver en estas tierras los recuerdos que traían consigo, sus más inherentes concepciones míticas del pasado: los restos del Paraíso Terrenal, las tribus perdidas de Israel o la Fuente de la Eterna Juventud.

Otro de los aspectos importantes que merece la pena destacar, es el afán de riquezas y el interés por hacerse con unas ingentes cantidades de oro y plata, en un mundo en el que los miembros de las clases menos favorecidas no tenían ninguna posibilidad de progresar debido a la injusta condición social que imponía el sistema económico imperante: el feudalismo. Esta obsesión por enriquecerse, unida a la naturaleza mágica y legendaria con la que se entendió al continente americano es lo que explicaría el nacimiento del mito del Dorado.

Asombrosamente, y en contra de lo que muchos puedan pensar, esta antigua tradición surge desde el mismo momento en el que los europeos llegan al Nuevo Mundo. Tanto es así que el mismo Colón o Núñez de Balboa llegaron a plantearse la posibilidad de encontrar un sitio con estas características, después de que unos indígenas les asegurasen que lejos, hacia el sur, podrían encontrar una fabulosa ciudad de oro para ser dueños de una fortuna inimaginable. Pero si tenemos que situar en un momento concreto el origen del mito de El Dorado, lo haríamos con el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando entra en contacto con un grupo de indígenas conocidos como los muiscas o los chibchas, que le relataron una extraña costumbre de tipo ritual que hizo despertar el ansia de riquezas de los europeos.



Según las fuentes, con la proclamación de cada nuevo cacique muisca que vivía en las cercanías de la laguna Guatavita, se procedía a cubrir con polvo de oro el cuerpo del nuevo soberano, y después era transportado en una balsa hasta el centro de la laguna. Una vez allí, y acompañado de numerosos sacerdotes empezaba a arrojar enormes cantidades de objetos de oro al fondo del lago a modo de ofrenda a sus dioses. Esto fue algo que repitieron una y otra vez a lo largo de su historia, lo que llevó a suponer la existencia lógica de un enorme tesoro en el fondo de una laguna que se empezó a relacionar con el Dorado. 



Aun así, no todos los que buscaron El Dorado fueron españoles, también participaron muchos hombres del Norte, como los Wesler, una familia alemana que creyó en esta leyenda más que nadie y que gastaron una auténtica fortuna en la organización de nuevas expediciones por toda Sudamérica. Uno de ellos fue Ambrosio Alfinger, que sobresalió por su extrema crueldad. En 1529 salió desde la ciudad de Coro, iniciando una larga marcha que le llevó a recorrer tierras inhóspitas por el interior de lo que hoy en día es Venezuela. Durante su trayecto, el aventurero alemán hizo frente a la propagación de enfermedades, al hambre, al rigor de un clima inclemente y sobre todo a los ataques de unas tribus que desde el primer momento se opusieron a la conquista europea. La empresa de Alfinger no terminó con los resultados esperados, especialmente para él porque murió después de que una flecha le atravesase el cuello, pero a pesar de eso, y esto se convertirá en una constante en futuras expediciones, los escasos supervivientes no se dieron por vencidos ya que en su mente se forjó la idea que habían estado a punto de conseguirlo, y que los caudalosos ríos y las impenetrables junglas a las que habían llegado no eran más que el límite detrás del cual estaría El Dorado. Y por eso otros muchos volvieron a intentarlo. 

Pero en la búsqueda de la ciudad de oro destaca, por encima de todos, el que nos atrevemos a definir como un personaje extraordinario: Francisco de Orellana, al que le debemos el descubrimiento de un enorme espacio geográfico que a día de hoy sigue teniendo una importancia capital para la humanidad: la cuenca del Amazonas. Su gesta se inició junto a Gonzalo Pizarro, que partió desde Quito con trescientos españoles y más de 4000 indios para buscar El Dorado y el País de la Canela. Como era normal en estos casos, los problemas no tardaron en aparecer. En primer lugar sufrieron las consecuencias de un potente terremoto que diezmó a sus hombres, para posteriormente enfrentarse a los inconvenientes que ya nos imaginamos: enfermedades, un paisaje inhóspito, la compañía molestos insectos, y el ataque de tribus hostiles, pero en este caso debemos de añadir el hambre que no hizo más que debilitar a unos españoles que decidieron dividirse en dos grupos. El de Pizarro terminó regresando al Perú, mientras que Orellana decidió construir una embarcación con los pocos recursos de los que disponía para remontar por primera vez en la historia el río Amazonas, descubriendo nuevos territorios y nuevas tribus indígenas, una de las cuales le recibió de forma violenta. Esta tribu estaba formada por un grupo de mujeres guerreras que los atacaron con una inusitada habilidad en la utilización del arco, por eso creyeron haberse topado con las míticas amazonas. 



En contra de lo que habitualmente se pueda pensar, la búsqueda de El Dorado, el Paititi o las Ciudades Perdidas de Cíbola, no es un episodio remoto perteneciente al pasado. En el siglo XX se produjeron nuevos intentos, como el protagonizado por Percy Fawcet. Este era un explorador británico empeñado en demostrar las conexiones entre el mito de El Dorado y la Atlántida, por eso organizó una expedición por el Mato Grosso en donde se le perdió la pista. Al parecer murió después de caer en manos de alguna de las feroces tribus que habitaban en la región, aunque hay quien piensa que realmente encontró El Dorado y se quedó a vivir en esta ciudad al caer rendido ante la belleza que le rodeaba. Algo más tarde, en los años 70, un nuevo investigador, un tal Roland Stevenson, creyó encontrar nuevas pistas mientras estudiaba los escritos de un famoso pirata que también estuvo detrás de El Dorado, sir Walter Raleigh, por lo que se adentró en la selva desde la ciudad de Manaus para descubrir unas importantes construcciones pétreas que el relacionó con Paititi. 


 
Lo más curioso es que incluso en el siglo XXI se han realizado nuevos intentos, como el de Jacek Palkiewicz que recorrió los departamentos peruanos de Cuzco y Madre de Dios, siguiendo las pistas dejadas por un religioso español del siglo XVI llamado Andrés López, o el intento de Thierry Jamin, un arqueólogo francés obsesionado con el estudio de El Dorado, que creyó descubrir en unos gigantescos petroglifos encontrados en la zona del Manu, una especie de mapa cuyo desciframiento podría darnos la clave para el hallazgo de El Dorado. 




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