ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: TOLEDO OCULTO Y EL TESORO DE LOS VISIGODOS.
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lunes, 28 de noviembre de 2016

TOLEDO OCULTO Y EL TESORO DE LOS VISIGODOS.


Recientemente tuve la ocasión de visitar, nuevamente, una de las ciudades más bellas y mágicas de este hermoso pero maltratado país llamado España. En mi mente seguía viva mi intención de profundizar en los secretos de la mesa del rey Salomón y su relación con el desaparecido tesoro de los visigodos. Fue en ese momento cuando entré en contacto con una nueva leyenda que, indirectamente, me proporcionó una nueva pista para tratar de seguir el escurridizo rastro de este misterio milenario.

Mientras recorría el interior de la cueva de San Miguel, acompañado por una guía que parecía saberlo todo sobre la ciudad, pude saber que esta inhóspita cavidad parecía estar relacionado con el mundo de lo sobrenatural. No eran pocos los que aseguraban que desde el interior de las tinajas que en la cueva se conservaban, se podían oír una serie de susurros, que a buen seguro pondrían los pelos de punta a aquellos que, desconfiados, tratasen de adentrarse en el conocimiento del Toledo oculto.



Pero lo que a mí más me sorprendió fue la existencia de una nueva y conmovedora leyenda, relacionada esta vez con la famosa cueva de Hércules, y al más puro estilo romántico, en la que se narraba la desesperación de un joven enamorado que, ardiendo en deseos por conseguir el amor de una bella toledana, se internó en los profundos pasadizos situados bajo la iglesia de San Ginés, en busca de su inigualable tesoro. Según esta tradición, Pablo y Magdalena eran una pareja que pasaban sus días pensando en permanecer juntos, casarse y formar una familia. Cuando Pablo fue a pedir la mano de su amada, el padre de Magdalena le contestó que ya tenía planeado el matrimonio de su primogénita con un rico comerciante de Toledo, ya entrado en años, y que había enviudado recientemente. Ante las súplicas de su desesperada hija, el padre decidió dar una última oportunidad al joven Pablo, prometiéndole que si en unos días lograba amasar una fortuna semejante a la del comerciante, la mano de Magdalena sería para él.

Pasaron dos jornadas, y los jóvenes enamorados no lograron encontrar una solución que les permitiese conservar su amor. Tras hablar un largo rato con la chica, Pablo abandonó su hogar y comenzó a deambular sin rumbo fijo por las calles de la ciudad cuando de repente, sin ni siquiera pretenderlo, se encontró frente a la iglesia de San Ginés. Un rayo de ilusión iluminó su desesperanza y sin pensarlo, corrió hasta la casa de Magdalena para decirle que existía una pequeña posibilidad para poder burlar a un destino que parecía haberse puesto en contra de los jóvenes. A pesar de todo, nada parecía indicar que este último intento fuese a resultar sencillo. Poco después el joven regresó corriendo hacia la iglesia, debajo de la cual se encontraba la cueva de Hércules, en la que, según las leyendas, se encontraban inmensas riquezas. Una vez allí forzó la puerta, y se introdujo en el templo, recorriendo sus oscuras naves iluminado por la tenue luz de una vela, hasta que llegó a una nueva puerta situada tras un antiguo pilar, que por su forma parecía haber pertenecido a una basílica romana. Tras forzar la entrada se introdujo por una cavidad y recorrió un largo trecho de escalones que le llevaron hasta la oscuridad más infinita, y tras sortear algunos derrumbes y pasar por arcos de medio punto graníticos, se internó por un largo pasadizo que parecía no tener fin.

Tras una dura caminata de varias horas, por un túnel en el que tenía que ir cada vez más encorvado, llegó a un lugar en donde el olor era nauseabundo. Poco después, debido a la falta de oxígeno, cayó al suelo sumiéndose en un profundo silencio que sólo se rompió por un desgarrador grito de agonía.



Unas horas más tarde, a las doce de la noche de ese mismo día, frente a la casa de Magdalena, se paró una espectral figura de un hombre que después de llamar intensamente a la puerta, le pidió al dueño que le acompañara urgentemente. Movido por una especie de resorte mágico, y sin fuerzas para oponerse a aquel extraño personaje, el hombre decidió seguirlo por los callejones de Toledo cuando, de pronto, se encontró cara a cara con la enigmática cueva de Hércules. Angustiado le preguntó a su acompañante quién era, y este respondió que era Pablo, aquel que por su intransigencia había encontrado la muerte, que buscando el tesoro que decían se encontraba escondido en la cueva no había dudado en internarse en lo desconocido por conseguir la mano de su hija. Ahora había venido a cobrarse su venganza, para encerrar en vida al avaro y codicioso padre de Magdalena que ya nunca más volvería a salir de la cueva.

Nadie en la ciudad logró explicar la desaparición de los dos hombres. Pero el tiempo pasó, y todo fue olvidado; hasta que un día, muchos años después, un chaval que huía de los azotes de su amo llegó hasta la iglesia de San Ginés, en donde se escondió para no caer en manos de su perseguidor. Temeroso de lo que le pudiese ocurrir si le daba alcance, decidió internarse por un interminable pasaje hasta que perdió su orientación. Sin saber qué hacer, decidió que lo más lógico era seguir por otra galería hasta que varias horas después logró encontrar una salida por lo que más tarde sería conocida como la finca de los Higares, en el término de Mocejón. Cuando volvió a la ciudad, contó lo sucedido a sus incrédulos vecinos, quienes apenas podían creer lo que el muchacho les narraba. Según él, en el interior de la cueva había encontrado un tesoro custodiado por un terrible y enigmático animal, y a su lado los huesos de unas personas que lo habían desafiado para encontrar el inmenso botín con el que se relacionaba el lugar. En otra sala vio una especie de estatua de bronce que propinaba unos ensordecedores golpes a un yunque con una barra de oro. Allí, a pesar de la escaza luz, pudo percatarse de que estaba en una sala abovedada cuyos pilares se perdían en lo alto. Y lo más extraño de todo, vio un par de hombres alrededor de la estatua de bronce que, ajenos a todo, daban vueltas sin parar y sin desviar la mirada del oro allí enterrado. Eran Pablo y el padre de Magdalena, que cumplían sin remedio la condena que les estaba reservada a los que en la cueva se internaban. Pero no todo terminó así; cuenta la leyenda que, tras contar su historia el chico se desplomó y murió al poco rato.

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