ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: 2017
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lunes, 13 de noviembre de 2017

EL PALLETER. EL QUE TENGA HONOR QUE ME SIGA.


 Artículo publicado en la Revista Clío Historia, noviembre de 2017.




A principios del siglo XIX, la hegemonía y el papel protagonista que España había tenido en el mundo, no era más que un lejano recuerdo que evocaba la existencia de una nación poderosa, pero que se había dejado corromper por no saber luchar unida, y así superar los muchos peligros que amenazaban su supervivencia.

La sempiterna mediocridad de nuestra clase dirigente, empeñada en conservar sus prebendas, junto a la hasta ese momento indolente y ramplona actitud de la sociedad española, unido a los conflictos internos que fueron aprovechados por las minorías pudientes de algunas regiones para llevar a cabo un proceso de ruptura y así aumentar sus ya de por sí enormes privilegios, provocaron un estado de debilidad e inestabilidad, que fue aprovechado por Napoleón para caer sobre un país que parecía haberse acostumbrado a su propia apatía.

Mientras la mayor parte de nuestros dirigentes trataban de buscar responsabilidades para justificar su zafiedad y autocomplacencia, reclamando protección y seguridad en una Corte que se había puesto de rodillas ante el invasor, se escuchó un desgarrador grito de protesta que brotó del alma de miles de patriotas que decidieron, por última vez, luchar unidos para recuperar su honor y su libertad. Era el 2 de mayo de 1808, cuando una multitud de madrileños empezaron a concentrarse ante las puertas del Palacio Real de Madrid para evitar la más que previsible captura por parte de los soldados franceses, del muy querido infante Francisco de Paula.

Nadie de los allí presentes, pareció prestar la más mínima atención al primer carruaje que salió del palacio llevando en su interior a la antigua reina María Luisa, pero cuando el segundo se dispuso a acoger al infante, un simple zapatero llamado José Blas de Molina, seguido de tres mujeres que llevaban consigo sus cestos de la compra, se acercó al coche y al grito de ¡Que nos lo llevan!, provocó el inicio de la sublevación que fue contestada inmisericordemente por el general francés Murat, el cual ordenó abrir fuego sobre la multitud. Las calles de Madrid poco a poco empezaron a teñirse de sangre, pero eso no amilanó a los héroes anónimos que no tardaron en unirse a la lucha. Murat disponía por aquel entonces de 50000 hombres perfectamente adiestrados para la guerra. Contra ellos era poco lo que podían hacer los patriotas españoles, más aún por la infame y cobarde respuesta del ejército español, que salvo honrosas excepciones como las del Teniente Coronel Rodrigo López de Ayala, o los osados Daoiz y Velarde, decidió permanecer acuartelado, dándole la espalda a un pueblo que en esos momentos se disponía a morir para defender la integridad de la patria.

Apresuradamente, los madrileños formaron pequeñas partidas de barrio, comandadas por unos caudillos que intentaron armar a los hombres, mujeres e incluso niños que salieron a las calles con la intención de luchar por su libertad. Palos, piedras, navajas… fue lo único que pudieron poner frente al temido ejército napoleónico que en esta ocasión decidió utilizar la violencia más extrema para reprimir a cientos de patriotas que poco a poco fueron cercados y exterminados. La represión que continuó a esta sangrienta jornada fue brutal, porque el francés quiso castigar a los sublevados y utilizarlos como escarmiento para que el resto de españoles no se volviese a plantear la lucha contra un ejército que hasta ese momento se había demostrado invencible en los campos de batalla de todo el continente.

Contento por la demostración de fuerza y por su convencimiento de que el ímpetu de los patriotas españoles había quedado mermado, Murat se dispuso a celebrar su triunfo. Ahora ya nada podría impedir que el resto de España se pusiese a los pies del poderoso ejército francés, pero con lo que no pudo contar fue con el hecho de que la sangre derramada por los madrileños inflamase los ánimos de sus compatriotas, comenzando en ese mismo momento nuestra Guerra de Independencia, cuyas consecuencias fueron fundamentales para conocer la evolución política de la España Contemporánea.

El mismo día 2 de mayo, por la tarde, en la localidad de Móstoles un prestigioso político llamado Juan Pérez Villamil, fue consciente de las terribles noticias que llegaban procedentes de la capital. Venciendo sus temores por las posibles repercusiones de la decisión que estaba a punto de tomar, obligó a los alcaldes de Móstoles a firmar un bando por el que se llamaba a todos los españoles a empuñar las armas contra el temido invasor. Poco a poco, las grandes ciudades, e incluso las pequeñas localidades de España empezaron a alistar voluntarios y movilizar tropas, algunas incluso para marchar a toda prisa en auxilio de Madrid. La muy leal ciudad de Valencia, fue una de las primeras en dar un paso al frente, al levantarse contra los franceses y mostrar su inquebrantable patriotismo, uniéndose al levantamiento tras un curioso episodio protagonizado, según la tradición, por Vicente Doménech, más conocido por el sobrenombre de El Palleter.

Corría el año de 1783, cuando en la localidad de Paiporta, próxima a Valencia, nacía Vicente Doménech, en el seno de una familia campesina. Siendo todavía un niño se trasladó al municipio valenciano de Patraix (en la actualidad un barrio de la capital del Turia), en donde desde bien pronto se dedicó a vender pajuelas inflamables (una especie de cerillas) motivo por el cual recibió el apodo con el que se le conoce popularmente: el Palleter. Así pasó su infancia y gran parte de su juventud, ajeno a lo que ocurría en el resto de un mundo conmocionado, y ocupando su tiempo en deambular por las estrechas callejuelas de este humilde enclave, vestido con un traje de huertano, en el que destacaba una franja roja situada en la cintura.

En Valencia, cada vez eran más insistentes los rumores que hablaban sobre la ocupación francesa de España, pero estos no se vieron confirmados hasta el día 23 de mayo de 1808. Desde días atrás, la pequeña placeta de les Panses, se había convertido en lugar de reunión de unos vecinos que observaban con preocupación las noticias procedentes de Madrid. La situación ya era tensa días antes de que los valencianos decidiesen declarar la guerra a los franceses, porque no fueron pocos los que ya habían exorado al pueblo para que defendiesen sus tierras y se pusiesen en contra del francés, entre ellos el padre Rico de la pequeña pedanía de Beniferri. Por las calles de Valencia empezaron a circular unos pasquines en donde se podía leer: La valenciana arrogancia / Siempre ha tenido por punto / No olvidarse de Sagunto / Y acordarse de Numancia. / Franceses idos a Francia, / dexadnos en nuestra ley, / que en tocando a Dios y al Rey, / a nuestras casas y hogares, / todos somos militares, / y formamos una grey.

De esta forma llegamos al día 23, para encontrarnos en la plaza con una multitud que se congrega para ser consciente de una fatídica noticia. El rey de España ha abdicado en favor de Napoleón. De repente observamos como un sepulcral silencio se apodera de todos los presentes, pero esa quietud no tarda en quebrarse cuando un individuo anónimo levanta la voz y enciende los ánimos del pueblo de Valencia al grito de ¡Viva Fernando VII! Pocos minutos después las calles de la ciudad del Turia rugen por el sonido ensordecedor de miles de patriotas, que envalentonados se dirigen hasta la Casa de la Audiencia (hoy Palacio de la Generalitat) proclamando su lealtad a la monarquía española. Una vez allí, observan apesadumbrados el patético espectáculo protagonizado por unos políticos mediocres que no se deciden, por falta de valor, a declarar la guerra a aquel que ya ha sometido a toda Europa. Ante dicha situación, el pueblo de Valencia envió un representante, el franciscano Rico, con la intención de firmar un Acuerdo por el que la ciudad, después de hacer ondear la bandera como acto de declaración de guerra, se comprometía a reclutar a los hombres jóvenes, entre 16 y 40 años, para luchar por la causa de su rey legítimo, Fernando VII.

La indignación por la indecisión del los que estaban en el interior de la Casa de la Audiencia, hizo que un hombre cuya historia parece estar a mitad de camino entre la realidad y la leyenda, el Palleter, emergiese entre la multitud para convertirse, desde entonces, en un mito. Inmediatamente empieza a desenrollarse la faja que llevaba ceñida a su cintura y posteriormente la trocea para repartirla entre sus compañeros, guardándose para sí mismo el fragmento más grande que pone en la punta de una caña, quedando a ambos lados dos estampas, una que representa a la Mare de Déu dels Desamparats, y en la otra con la imagen de Fernando VII.

Esta fue la oportunidad que el pueblo de Valencia tanto había estado esperando desde que fueron conscientes de que la patria había sido invadida por los franceses. Un simple acto de un personaje humilde que no dudó en enarbolar su peculiar bandera e iniciar una marcha hacia la Plaza del Mercado, seguido por una comitiva que no dejaron de aclamarlo hasta que el Palleter llegó a su destino. Una vez allí, nuestro protagonista se subió a una silla para que la multitud que ya abarrotaba la plaza, fuese consciente de lo que el Palleter estaba a punto de hacer. En primer lugar cogió un pliego en el que se podía leer la orden del gobierno de Madrid de reconocer como rey a José Bonaparte y lo troceó ante el frenesí de todos los que le rodeaban, para después pronunciar la famosa frase: UN POBRE PALLETER LI DECLARA LA GUERRA Á NAPOLEÓN: VIVA FERNANDO VII, Y MUIGUEN ELS TRAÏDORS.

Forzado por la iniciativa de un pueblo que había decidido dar un paso adelante para defender la integridad del reino, la ciudad de Valencia aprobó el Acuerdo por el que se declaraba la guerra a Napoleón, proclamando como rey de España e Indias a Fernando VII. Desde ese momento, la ciudad del Turia supo estar a la altura y destacó por el ímpetu de sus vecinos por repeler a un agresor que llegó a sitiar la localidad en tres ocasiones, durante los años en los que el país tuvo que afrontar su prueba más difícil, saliendo victorioso gracias a la unión de todos en defensa de la causa común.

Antes de la victoria final española, un soldado francés escribió una carta a su hermano en la que se leía lo siguiente: Hemos atacado Valencia… y nos hemos encontrado una resistencia sin igual. No hay en el mundo villa fuerte, castillo sin fortaleza que haya defensa más activa ni más obstinada. Los valencianos se han defendido con honor y se han batido con una heroicidad sin par.

lunes, 7 de agosto de 2017

EL LABERINTO. UN SÍMBOLO ANCESTRAL DE CONOCIMIENTO INICIÁTICO.


Petroglifos de Mogor

El arte rupestre es, a pesar de las dificultades interpretativas, la mejor forma para tratar de adentrarnos en las estructuras mentales del hombre prehistórico. En términos generales, las expresiones artísticas de nuestros más lejanos ancestros, las podemos dividir en dos grandes grupos. Por un lado tenemos el conocido como arte mueble, una serie de representaciones llevadas a cabo sobre pequeños objetos, y por otro las pinturas y grabados rupestres, realizados sobre las paredes de las cuevas o en piedras talladas al aire libre.

En este artículo vamos a referirnos a estos últimos, y dentro de ellos a la importancia que ha tenido a lo largo de la historia la representación de petroglifos, por ser unas expresiones artísticas con una enorme carga simbólica, que en el caso europeo podemos datar en la Edad del Bronce, y que estarían presentes en una amplia zona comprendida en la fachada atlántica, desde Canarias hasta las costas de Noruega.

En términos generales, estos grabados en piedra están asociados con la existencia de monumentos megalíticos, aunque los problemas a la hora de interpretarlos ha llevado a plantear una serie de hipótesis que en la actualidad no parecen gozar de una relativa aceptación entre la comunidad científica, por haberse hecho de espaldas a los estudios antropológicos, lingüísticos e incluso astronómicos. Las explicaciones que interpretan los grabados como una mera representación artística sin función aparente, e incluso los que pretenden ver en las figuras algún tipo de cabañas o mapas esquemáticos de territorios de caza, no pueden considerarse más que como meras especulaciones que dejan sin respuesta la pregunta sobre cuáles fueron los motivos por los que un grupo de seres humanos y unos artistas de territorios tan alejados como los que estamos hablando, emprendieron un trabajo como éste para expresar las creencias más íntimas de su comunidad, sus sentimientos e incluso sus problemas cotidianos. 

Otro de los enigmas que envuelven a estas manifestaciones primigenias del hombre prehistórico, es la increíble expansión del fenómeno por una zona en donde en un principio no pudieron existir contactos entre comunidades alejadas miles de kilómetros entre sí. Por este motivo, la existencia de estructuras mentales similares y la aplicación de unas mismas técnicas artísticas para que éstas perdurasen en el tiempo, sólo pueden ser explicadas recurriendo a un improbable cúmulo de coincidencias, o bien “por la posibilidad de que haya existido ese nexo de unión que hasta ahora no hemos encontrado y que daría respuesta a muchas otras incógnitas que nos obligan a tratar el pasado más remoto como un conjunto de elucubraciones difícilmente comparables” (Civilizaciones perdidas. Tomé Martínez).

Según este mismo autor, los lugares en donde aparecen representados estos petroglifos podrían ser interpretados como lugares de transmisión de conocimientos, tal y como podemos observar en la Pedra das Ferraduras en la parroquia de San Xurxo de Sacos, en el que tenemos varios grabados con diferente cronología pero con un evidente sentido unitario que se prolonga en el tiempo. No en vano, los petroglifos expresan una extraña simbología cuya naturaleza aún no podemos comprender: círculos concéntricos, cruces, motivos serpentiformes, parecen tener un significado sagrado, e incluso un sentido cósmico, llevados a cabo por la necesidad de transmitir la esencia de la auténtica identidad de estos pueblos desde tiempos remotos. 

                                                                 Petroglifos de Mogor

Uno de los motivos que más se repiten en los petroglifos rupestres españoles y del resto de Europa, es el laberinto, el cual podemos considerar como uno de los grandes símbolos universales, cuya influencia se ha dejado sentir hasta tiempos relativamente cercanos a nosotros. Algunos de estos laberintos los podemos observar en las paredes y suelos de algunas catedrales europeas, e incluso decorando los jardines renacentistas, y siempre con el mismo significado, como un símbolo de la ancestral búsqueda del conocimiento hermético relacionado con el mundo de la magia, lo sagrado y el cosmos. 

Una de las representaciones más significativas de este antiguo símbolo lo encontramos en nuestro país en la parroquia de A Barriada, en Pontevedra. Nos referimos a los petroglifos de Mogor, formados por tres conjuntos de grabados rupestres que constituyen la muestra más importante del denominado arte rupestre galaico. La cronología del conjunto no es del todo segura, pero podemos situarlo entre el 3000 y el 2000 a.C. 

El primero de estos conjuntos es probablemente el más interesante para los estudiosos del arte primitivo y su significado simbólico. Es la Pedra do Laberinto, una roca de 5 x 1,5 metros, en el que destaca un laberinto formado por surcos anchos y profundos en torno a una cazoleta. A tan solo 10 metros de la anterior tenemos la Pedra dos Campiños, con nuevas formas laberínticas, pero más desgastadas y por lo tanto sólo visible bajo ciertas condiciones lumínicas concretas. La Laxe dos Mouros también cuenta con formas circulares y varios grupos de cazoletas, pero en esta ocasión observamos la introducción de figuras animales como un cérvido, complicando la interpretación simbólica del conjunto. 

Igualmente interesantes son los petroglifos encontrados en la Maragatería leonesa, al ser considerados los más antiguos del mundo. Recientes investigaciones le han otorgado una antigüedad mínima de 5000 años, pudiendo ser la prueba definitiva que echaría por tierra la creencia del origen oriental de este tipo de símbolos con un significado tan amplio y a la vez complejo. En términos generales el símbolo del laberinto se ha relacionado con lo espiritual, en este sentido se cree que muchos laberintos representados en el suelo podrían funcionar como una especie de trampa para atrapar a los malos espíritus antes de que entrasen en un lugar sagrado. Lo realmente interesante es que está función estaría documentada desde tiempos prehistóricos, pudiendo constatar la presencia de estos laberintos en el piso de algunas iglesias católicas, cerca del baptisterio, lugar en donde se bautiza a los nuevos fieles. Del mismo modo, la imagen del laberinto se puede trazar en las puertas de los edificios como sistema de protección contra los malos espíritus, aunque ésta no debe ser considerada como la única función de un símbolo ancestral.

                                               Moneda cretense con la representación del laberinto del Minotauro

El laberinto también está asociado a los rituales de iniciación, representando una búsqueda personal y de conocimiento hermético, a partir de un ritual iniciático y la superación de diversas pruebas hasta alcanzar un nivel de sabiduría de tipo trascendente. No en vano, durante la Edad Media esta misma idea se asocia a la superación de diversas pruebas para alcanzar la comunión con la divinidad. El laberinto de algunos templos cristianos representaría el camino llevado a cabo por los creyentes con la intención de llegar hasta Dios, unos caminos enredados y difíciles cuya meta no podría ser otra más que un centro que simboliza la idea del sufrimiento de Cristo en la Cruz. El recorrido del peregrino por este laberinto llevaría a la muerte simbólica del pecador para volver a nacer purificado cuando alcanzase su centro. De esta forma, desde nuestro punto de vista, cabría señalar el claro paralelismo entre el centro del laberinto y la simbología propia del Santo Grial, relacionado también con la búsqueda iniciática de tipo trascendental. 


                               Mapa de Jericó en el siglo XIV, en la Biblia Farhi de Elisha ben Avraham Crescas
   

La adopción de una filosofía antropocéntrica durante el Renacimiento, se refleja en la representación de nuevos laberintos, cuyo centro simboliza en esta ocasión la existencia de un ser humano plenamente desarrollado y asociado a los valores del perfecto caballero renacentista. 


                                                                        Laberinto de la Catedral de Chartres.




























domingo, 2 de julio de 2017

FRANCISCO DE ORELLANA. UN VIAJE HACIA LO DESCONOCIDO.



artículo publicado en el número de junio de la revista Clío Historia.
por Javier Martínez-Pinna & Diego Peña.

La epopeya protagonizada por el conquistador español Francisco de Orellana es uno de los episodios más apasionantes de entre todos los que se llevaron a cabo, en el contexto de los viajes de exploración realizados por los europeos durante los siglos XV y XVI. Su extraordinaria hazaña, a pesar de su aparente fracaso, sirvió para revelar al mundo un enorme e inexplorado territorio, que a día de hoy sigue teniendo una importancia capital para la humanidad. Por este motivo, Francisco de Orellana merece ocupar un puesto especial en nuestra memoria histórica, como el protagonista de una inolvidable aventura, que llevó a un grupo de españoles a recorrer por primera vez, el gigantesco e inabarcable río Amazonas. 

Para comprender su gesta tenemos la suerte de contar con una abundante información, debido en parte, a la cantidad de cronistas que nos informaron de su biografía, algunos de los cuáles conocieron al explorador en primera persona. Es el caso de Gaspar de Carvajal o Gonzalo Fernández de Oviedo, cuya obra, Historia general y natural de las Indias, es fundamental para conocer su travesía. 

Según estas fuentes, la expedición fue organizada por Gonzalo de Pizarro, el cual partió desde Quito a principios del 1540, al frente de 300 españoles y unos 4000 indios, a los que debemos de sumar la gran cantidad de animales movilizados para semejante empresa. Según Gonzalo Fernández de Oviedo:

Desde allí determinó de ir a buscar la Canela y a un gran príncipe que llaman El Dorado, de la riqueza del cual hay mucha fama en aquellas partes. Preguntado yo porque causa llaman aquel príncipe, cacique o rey Dorado, dicen los españoles que en Quito han estado, y aquí en Santo Domingo han venido… que de esto se ha entendido de los indios, es que aquel gran señor o príncipe anda cubierto de oro molido y tan menudo como sal molida, porque le parece a él que traer otro cualquier atavío es menos hermoso




Para este tipo de viaje, Gonzalo Pizarro solicitó los servicios de uno de sus hombres de confianza, y por eso, antes de partir rumbo hacia el este, dejó órdenes precisas para que Francisco de Orellana, que venía desde Guayaquil acompañado por una veintena de hombres y un puñado de caballos, lo alcanzara por el camino. Una vez juntos, Pizarro y Orellana afrontaron el espantoso cruce de los Andes, con tal mala suerte que en su momento más crítico se produjo un feroz terremoto, provocando la muerte de algunos de sus hombres. A partir de ese momento la marcha se hizo más lenta, especialmente cuando tuvieron que atravesar la inhóspita selva, cruzar caudalosos ríos y combatir los ataques de unas feroces tribus hostiles. Para colmo, pocas semanas después los castellanos empezaron a sufrir enfermedades tropicales, y las inclemencias de un clima y unos insectos que hicieron de esta travesía una auténtica prueba de fuego para unos hombres acostumbrados a lidiar con situaciones adversas. 

Otro historiador español, Agustín de Zárate, en Historia del descubrimiento y conquista de la provincia del Perú, describió más adelante los terribles padecimientos soportados por los expedicionarios: 

Y después de partidos de estas poblaciones, pasó unas cordilleras de sierras altas y frías, donde muchos de los indios de su compañía se quedaron helados. Y a causa de ser aquella tierra falta de comida, no paró hasta una provincia llamada Zumaco, que está en las faldas de un alto volcán, donde, por haber mucha comida, reposó la gente, en tanto que Gonzalo de Pizarro, con algunos de ellos, entró por aquellas montañas espesas a buscar camino… dejando Gonzalo Pizarro en esta tierra de Zumaco la parte de la gente, se adelantó con los que más sanos y recios estaban, descubriendo el camino según los indios les guiaban, y algunas veces por echarles de sus tierras les daban noticias fingidas de lo de adelante, engañándolos, como lo hicieron los de Zumaco, que les dijeron que más adelante había una tierra de gran población y comida, la cual halló ser falso, porque era tierra mal poblada, y tan estéril, que en ninguna parte de ella se podía sustentar, hasta que llegó a aquellos pueblos de la Coca, que era junto a un gran río, donde paró mes y medio, aguardando a la gente que en Zumaco había dejado… Y así, fueron caminando por una montaña hasta la tierra que llamaron de Guema, que era algo rasa, y de muchas ciénagas y de algunos ríos, donde había tanta falta de comida, que no comía la gente sino frutos silvestres…

Por fin, después de un año vagabundeando por lo más recóndito de la selva tropical, lograron llegar a un enorme río y decidieron construir una embarcación para desplazarse con mayor rapidez. Acuciados por la necesidad movilizaron todos sus recursos e imaginación para fabricar un pequeño bergantín, valiéndose de la madera de los majestuosos árboles que les rodeaban y de los clavos que lograron extraer de las herraduras de sus caballos muertos. Pero las perspectivas no fueron buenas desde el principio, y además los indígenas les advirtieron de la existencia de enormes territorios despoblados, en donde los españoles sólo podían esperar una muerte segura. 

En un último intento para poder abarcar más terreno y encontrar una salida a tan crítica situación, los españoles decidieron dividirse en varios grupos. Francisco de Orellana tomó entonces la iniciativa, y se ofreció para adelantarse con más de cincuenta hombres, cuyos nombres conocemos gracias a la obra de Oviedo, y así navegar río abajo para inspeccionar más rápidamente el lugar, a la espera de volver unos días después para recoger a Pizarro que, lentamente, empezó una penosa marcha hacia ningún lugar. Orellana logró llegar a la confluencia con el Aguarico y el Curaray, pero allí se quedó sin provisiones, algo que le obligó a tomar una drástica decisión. Ante la imposibilidad de remontar la fuerte corriente de los ríos, y convencido como estaba de la inminente sublevación de sus hombres, decidió no volver al encuentro de Gonzalo Pizarro. Éste, ante la falta de noticias, decidió dar media vuelta y regresar a Quito siguiendo una ruta distinta a la utilizada hasta ese momento. Después de dos años, lograría por fin llegar al punto de partida, acompañado por menos de cien hombres famélicos, enfermos y derrotados, pero con la sensación de haber tocado con la punta de sus dedos, el límite de ese reino maldito por cuya búsqueda habían muerto ya tantos españoles. 

Mientras tanto, Francisco de Orellana optó por navegar río abajo, pero para un viaje tan largo decidió construir una nueva embarcación, lo suficientemente grande como para poder recorrer cerca de 5000 kilómetros, a lo largo de los ríos Coca, Napo, Trinidad y, el más largo de todos, el Amazonas, en donde entró en contacto con distintas culturas y grupos indígenas, pero que en ninguna ocasión le dieron la más mínima información sobre la ubicación del reino de El Dorado. Tal y como podemos leer en la obra de su paisano Carvajal, durante su trayecto muchos grupos indígenas salieron a su encuentro para auxiliar a los españoles con víveres y provisiones, pero una de estas tribus recibió a los conquistadores de forma poco amistosa. Estaba formada por lo que ellos consideraron como unas mujeres guerreras, las amazonas, que les atacaron dando muestras de una inusitada habilidad en la utilización del arco. Del nombre de esta tribu, derivaría después la denominación del río, aunque hay quien piensa que estas guerreras, no fueron sino grupo de hombres barbilampiños y con el pelo largo, algo que definitivamente terminó confundiendo a los conquistadores. 




Después de siete meses de padecimientos, Francisco de Orellana llegó a la desembocadura del río Amazonas el 25 de Agosto de 1542. Posteriormente decidió regresar a España en donde consiguió ser nombrado por Carlos I, gobernador de las tierras descubiertas y que recibieron el nombre de Nueva Andalucía. Con el apoyo de la corona planificó una nueva expedición hacia la Amazonía en la que se darían los primeros pasos en la conquista de este vasto territorio que desde entonces, y hasta nuestros días, sigue cautivando a todos los que por uno u otro motivo han decidido sumergirse en este inhóspita región que aún se resiste a ser domada.

para más información: Grandes tesoros ocultos




viernes, 5 de mayo de 2017

OPERACIÓN TROMPETAS DE JERICÓ. RESEÑA



Te has pasado la vida buscando reliquias arqueológicas. Dentro del Arca hay tesoros que sobrepasan tus sueños. Quieres verla abierta tanto como yo. Indiana, nosotros sólo pasamos por la historia. Esto... esto es historia. (“En busca del Arca perdida” (1981))

Desde que cayó el Imperio Romano de Occidente, y se instauró el cristianismo como religión oficial tras el Edicto de Tesalónica, pocos años antes, en el 380 d. C. el llamado turismo religioso y arqueológico fue un hecho. Cientos de personas fervorosas, peregrinos de la Fe, no dudaron un momento en adentrarse en Tierra Santa para poder ver con sus propios ojos los pasos y monumentos donde Cristo, sus discípulos o los antiguos patriarcas bíblicos habían morado. Desde humildes caminantes a reyes y emperadores quisieron resucitar con sus medios cualquier rastro material que afianzara su fe, ya fuera desenterrando elementos de la crucifixión de Jesús, la Cruz, los clavos de la agonía…, o incluso queriendo haber encontrado los roídos y supuestos maderos de la nave de Noé. Tantas eran las ganas de reavivar aquella zona que pronto empezaron a salir a la luz guías de viaje como la de la monja Egeria. Con ellas el viajero podía, utilizando mucho la imaginación, sentirse arrobado en cualquier lugar con cierto simbolismo religioso, pero a fuer de ser sincero había ciertas lagunas que no se hallaban impresas en sus páginas, como por ejemplo las llamadas reliquias de poder. Una de ellas era y es todavía uno de los restos arqueológicos cuasi legendarios que hoy en día siguen despertando las ansias de descubrir. Se trata de la pieza judía más famosa de todos los tiempos: el Arca de la Alianza, también llamada del Convenio, Pacto o de Yahveh.

En la primera y exitosa película de la saga Indiana Jones, En busca del Arca Perdida (1981) uno de sus protagonistas dice con voz sombría la siguiente afirmación: El hombre ha buscado el arca perdida durante casi 3.000 años. No se debe tomar a la ligera. Nadie conoce sus secretos. No se parece a nada de lo que has estado buscando hasta ahora. En lo anteriormente dicho por el amigo de Indy, Marcus Brody, se condensa el respecto que siempre se ha tenido a esta pieza a través de los siglos. Aunque llama la atención que este resto tan cotizado en la Historia en la actualidad se haya convertido meramente en un símbolo religioso que tal vez esté más allá de nuestro intelecto hallarlo. Pero mientras que algún arqueólogo, sin látigo ni pistola, localice el Arca de la Alianza hemos de contentarnos con leer el interesante ensayo de Javier Martínez-Pinna que nos acerca al mayor tesoro del Tabernáculo judío. Con todos ustedes: Operación Trompetas de Jericó, publicado por Nowtilus (2015).

Tras haber hecho una lectura a conciencia de él he llegado a la conclusión de que podemos dividirlo en dos partes muy claras. Por un lado el autor nos muestra la búsqueda que siempre se ha hecho del Arca enmarcándolo dentro de su propia historia, mientras que por otro lado nos acerca a la apasionante búsqueda que se ha hecho del Arca por todo tipo de personas tanto eruditas como aficionadas al poder que emana de su áureo brillo. Javier Martínez-Pinna, primeramente nos acerca a la epopeya que envuelve el Arca. Éste es el perfecto símbolo que recuerda a todos los judíos la presencia de Dios en la Tierra y que recuerda el pacto hecho entre Él y los hombres. Se trata de un cofre sagrado en el que fueron depositadas las Tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés en el Sinaí. Aunque hay que aclarar que igualmente en este cofre que se introducía en el Tabernáculo también había sitio para otros restos sagrados del pueblo elegido, como por ejemplo la jarra de oro que contenía un poco del beneficioso Maná que Dios envió a los judíos en su vagar por el desierto, o la famosa vara de Aarón. Al Arca, a pesar de no haberse hallado nunca, ni haberse visto, se le conocen las medidas y forma que tiene, o tenía. Más o menos tiene forma de baúl grande (mide 2,5 codos de largo, 1,5 de ancho y 1,5 de alto) y está hecho de madera de acacia revestida de oro, con una guirnalda en su tapa efectuada con el mismo material, y coronada por un par de ángeles alados que no se miran simbolizando el respeto y devoción que se debe tener a un material construido por el señor del Universo. Normalmente se le transportaba con un par de varas de acacia y se decía que el tocarlo con las manos desnudas llevaba a la muerte a la persona que fuera tan inconsciente de cometer este sacrilegio. Desde que fuera transportado por el desierto hasta que llegó a ser introducido en el Templo de Jerusalén construido por Salomón, el Arca se movió de acá para allá en un sagrado transitar. Por ejemplo estuvo en Silo, y posteriormente fue llevada a la Ciudad Santa por el Rey David. Después, por motivos de urgencia, fue llevado a Sión, el Monte Moriah o el Monte Nebó. Posteriormente se pierde el rastro produciendo una de las mayores búsquedas arqueológicas de la Historia.

Al igual que otras reliquias de leyenda, como El Espejo de Salomón, el Arca siempre ha fascinado a los mortales. ¿Qué era? ¿Un simple receptáculo sagrado o tal vez una poderosa arma?... hay gran copia de rumores y suposiciones que envuelven el sueño del Arca. Y sobre todo ¿dónde está? A esta última pregunta intenta dar respuesta el libro Operación Trompetas de Jericó, al poner en su sitio la increíble y frenética carrera que ha existido para hallar este símbolo religioso. Son muchos los que se han dedico a ello, dejando algunas veces incluso la vida en este menester. Desde científicos, más o menos cuerdos, eruditos arqueólogos, órdenes secretas, hasta nazis, ha sido larga la lista de los que han querido tener esta reliquia de poder en sus manos. La han buscado en diferentes localizaciones según las teorías del momento, desde el Monte Nebó; o en Jerusalén ya sea en el Monte de la Calavera o bajo el antiguo Templo; o en lugares tan alejados de allí como en Escocia, España (Ponferrada), o en la profunda África entre etíopes coptos. Pero los más peligrosos de todos ellos han sido sin lugar a duda los pertenecientes a la organización nazi Ahnenerbe los cuales veían en el Arca de la Alianza un arma todo poderosa con la que arrasar a sus enemigos, pues, ¿no había destruido con su poder divino las altivas murallas de Jericó?. Nuevamente nos encontramos con otra frase cinematográfica: Ahora entiendo por qué Hitler está tan interesado. La Biblia dice que el Arca destruye montañas y arrasa regiones enteras. El ejército que lleve el Arca consigo es invencible. Gracias a Dios nunca la encontraron, para desgracia de Hitler y sus locos sueños de poder ilimitado.
Así pues, mientras no se halle esta reliquia, y no nos desvele sus secretos más íntimos, les dejo con la lectura apasionante de este libro tan interesante de Javier Martínez-Pinna, Operación Trompetas de Jericó, en donde podrán saciar su ansias de curiosidad y conocer qué era verdaderamente el Arca de la Alianza y cuál ha sido la increíble aventura y los anhelos más secretos de un receptáculo en donde lo legendario y lo religioso tienen cabida.

Reseña publicada en historiaconminusculas.com

EL NOMBRE DE DIOS. RESEÑA.



En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas (Juan. 1:1-3)


Cuenta la leyenda que poco antes de la caída de la Península en manos de los moros, el rey de los visigodos, Don Rodrigo, estaba falto de dineros con el que sofocar las continuas revueltas y amenazas que azotaban su reino. Un buen día se enteró que en Toledo existía un castillo señorial guardado por siete llaves y siete puertas y que en su interior había un gran tesoro, originario de los tiempos en que el mítico Hércules hacía sus correrías antes de que ni siquiera existiera la palabra Hispania. Pero cuando don Rodrigo ya se precipitaba hacia ese lugar un sabio le dijo que sobre aquel tesoro pesaba una maldición y que aquel que osara violentar su secreto no solo perdería su vida sino todo el reino. El osado rey, encegado por el brillo del oro, no le hizo casi y con la sola ayuda de su espada violentó las siete cerraduras y acto seguido irrumpió cual toro en la maravillosa sala en donde tal vez se hallara la solución a todos sus problemas. Pero allí no encontró nada de valor, alguien se le había adelantado, pues solamente había una mesa de madera con un pergamino mohoso que a primera vista no tenía gran valor. Pero cuando lo desenrolló sus ojos se quedaron asombrados al contemplar las confusas imágenes de unas personas, de figura enjuta, morenos, tocados con unos turbantes blancos y armados hasta los dientes que le miraban fijamente. Y bajo ellos su propio cuerpo, atravesado por mil lanzas. Tiempo después aquella amenaza se cumplió al lado del río Guadalete pues en verdad no solo perdió su vida sino también todo el reino visigodo junto con sus grandes y misteriosos tesoros.

Lo primero duda que nos asalta al leer esta leyenda, es lo siguiente ¿qué es lo que había dentro de aquel lugar? Y lo segundo ¿por qué desapareció y quién tuvo tanta prisa en llevarse el tesoro? Mucha gente ha querido buscar la respuesta, pero solo algunos se inclinan a dar una opinión clara. En lo que casi todos coinciden es en señalar a lo que se ha denominado como el Grial del Oriente: La Mesa de Salomón. ¿Era este el tesoro? Y ¿Qué se sabe de esta fantástica reliquia? El autor Javier Martínez-Pinna, en su libro El Nombre de Dios, editado por Nowtilus recientemente, mediante un estilo claro, directo y apoyado por un gran aparato crítico y documental es el encargado de hablarnos de la importancia, origen y enigmas que existen alrededor de este tesoro buscado por cientos de personas alrededor de la historia.

A través de sus 250 páginas, el autor nos habla del devenir de esta Mesa (algunos la llaman espejo) desde el mismísimo momento en que supuestamente fue creada en los tiempos bíblicos de Moisés y Salomón, pasando por su expolio durante el saqueo de Jerusalén por las fuerzas romanas de Tito en el año 70 d.C; su traslado definitivo a la Península desde la caída de Roma en el 410 a manos de los godos de Alarico; y finalmente su hallazgo por parte de los musulmanes de Tariq y Muza en el 711 siendo llevado a Oriente en donde se pierde su rastro. Aun así, son muchos los que la han seguido buscando ya que opinan que La Mesa de Salomón acabó quedándose en la Península Ibérica pues antes de que los moros la encontraran algunos sabios se encargaron de enterrarla en algún lugar secreto, supuestamente en Toledo, Jaén… vayan ustedes a saber.

Entonces ¿qué es la Mesa de Salomón y por qué todo el mundo la busca con ansia? Esta misteriosa reliquia ha quedado a la sombra de otros famosos tesoros por lo que normalmente el vulgo no tiene mucho conocimiento de su existencia. Tanto es el desconocimiento que se tiene de ella que incluso hasta los expertos en el tema están divididos en hallar su naturaleza y esencia. Para empezar hay que señalar que unos la llaman Mesa, mientras que otro Espejo, y que su poder radica en que o bien muestra en su clara faz todo el mundo conocido; el pasado y el futuro de la humanidad; o que mediante la alineación perfecta de su geometría se puede hallar el Nombre Secreto de Dios o Shem Shemaforash y que gracias a el y su acústica se puede crear vida, modificarla o eliminarla. ¿Cómo era esta Mesa-Espejo de Salomón? Existen grabados e imagines posteriores pero pocas descripciones fehacientes. Por ejemplo el historiador musulmán al-Maqqari nos dice lo siguiente:

La Mesa estaba hecha de oro puro, incrustado de perlas, rubíes y esmeraldas, de tal suerte que no se había visto otra semejante (…) estaba colocada sobre el altar de la iglesia de Toledo, donde la encontraron los musulmanes, volando la fama de su magnificencia. Ya sospechaba Tarik lo que después sucedió de la envidia de Muza, por las ventajas que había conseguido, y que le había de ordenar la entrega de todo lo que tenía, por lo cual discurrió arrancarle uno de los pies y esconderlo en su casa, y éta fue, como es sabido, una de las causas de que Tarik y Muza disputasen ante el califa sobre sus respectivas conquistas, disputa en la que Tarik quedó vencedor.

Esta ausencia de noticias claras y encaje de bolillos es lo que ha producido que desde su misteriosa desaparición han sido legión los que la han buscado desde hace cientos de años. Personajes históricos importantes, ciudades y lugares como la imperial Toledo, el Reino Santo de Jaén, Medinaceli, Alcalá de Henares, u oscuras sectas como la los Doce Apóstoles, han sido subyugados o responsables de haber albergado este grial tan enigmático. Les invito a que conozcan la historia de la Mesa de Salomón, sus enigmas y claves, y que a la vez se dejen subyugar por una de las leyendas más importantes de todos los tiempos a través de las páginas de la obra de Javier Martínez-Pinna, El Nombre de Dios. No les defraudará.

Reseña publicada en historiaconminúsculas.com


miércoles, 19 de abril de 2017

LA CUEVA DE SALAMANCA.



Nuestro viaje por los enclaves mágicos que tenemos en España nos lleva en esta ocasión hasta la Plaza de Carvajal, en donde podremos visitar la Cueva de Salamanca, un auténtico lugar de poder con gran fama dentro de la literatura española. El padre Feijoo y Walter Scott hablaron de ella en algunas de sus obras, pero por encima de todos destacan las palabras que Miguel de Cervantes le dedicó a tan mágico lugar en uno de sus entremeses: 

Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no, con otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en La Cueva de Salamanca.

Según cuentan las leyendas, en la desaparecida Iglesia de San Cebrián, existía una cueva cuyo origen se atribuye a Hércules (tal y como ocurre en la que se sitúa en la ciudad de Toledo y que muchos han querido relacionar con el lugar en donde se escondió el tesoro de los visigodos). En el interior de la gruta Satanás impartía antiguas doctrinas que versaban sobre las ciencias ocultas y el mundo de la magia a siete alumnos durante siete largos años. 

Las clases con tan poderoso maestro no eran, ni mucho menos, gratuitas. Los alumnos debían pagar por ellas, así que, por sorteo, se elegía al que debía hacerse cargo de los gastos, pero si no podía, no tendría otro remedio más que quedarse encerrado en la cueva. 

Entre todos los alumnos que pasaron por el lugar destacó Enrique de Aragón (1384-1434), el futuro Marqués de Villena, al que por causa de un destino caprichoso le tocó pagar por la formación recibida por Satanás, pero el problema es que no pudo hacer frente a su deuda. La situación para el joven marqués pasó a ser desesperada, aun así, en su ánimo, no pasaba la posibilidad de quedarse enterrado en vida en el interior de la Cueva de Salamanca, por lo que inventó un plan para poder escapar. Para ello se ocultó en una tinaja tapada de diversos objetos que se habían ido acumulando a lo largo del tiempo. Al ocultarse en ella procuró que estos objetos quedasen tal y como habían estado anteriormente para no ser descubierto. Cuando Satanás regresó y encontró la cueva vacía, entró en cólera, sin darse cuenta que había dejado la puerta abierta y así dejó vía libre al marqués para que pudiera escapar.

El joven estuvo toda la noche oculto, en la oscuridad de esa enigmática cueva, esperando pacientemente la llegada de los primeros rayos del sol que anunciaron el amanecer y el día en el que podría recuperar su libertad. Al salir, su sombra quedó atrapada en sus paredes para siempre, como un recuerdo imperecedero de lo que allí ocurrió hace cientos de años. 

La cueva es conocida en la actualidad por su relación con este episodio legendario aunque detrás de sí, puede existir un episodio real, ya que hay quien asegura que en este lugar dio clases de magia algún profesor de la propia universidad salmantina. Después de ser excavada en los años 90 por un grupo de arqueólogos, ha pasado a ser un lugar de obligada visita para toda persona que visite Salamanca. Una vez allí, el turista puede subir a la Torre a disfrutar de las vistas de la bella ciudad del Tormes.

viernes, 7 de abril de 2017

FESTIVAL DE OPET. PROCESIONES EN EL EGIPTO FARAÓNICO.


En el templo de Luxor, en el Alto Egipto, se conserva un enorme relieve realizado en el siglo XIV antes de Cristo, en el que se representan las celebraciones llevadas a cabo durante el famoso Festival de Opet, para festejar el momento en el que se producía el punto culminante de la crecida anual del rio Nilo. 

Esta fiesta fue una de las más importante de todas las existentes durante el Imperio Nuevo, al ser el momento en el que el faraón se volvía a purificar por el agua y mediante la asunción de su divinidad al identificarse con el ka real. Su trascendencia fue tal que la duración del evento podía llegar hasta los 27 días, en los que el pueblo disfrutaba merced a las generosas dádivas ofrecidas por los sacerdotes de Luxor y Karnak, en forma de pan y cerveza, mientras esperaban ansiosos el momento de ver a unas divinidades en procesión, que durante el resto del año permanecían escondidas en el interior de los templos, por estar el interior de los mismos vedados para todos los que componían las clases inferiores de la sociedad egipcia. Antes de su salida, los sacerdotes bañaban la imagen de la divinidad con agua procedente del Nilo, para posteriormente vestirle con ropas ostentosas y ricas joyas procedentes de los tesoros de los grandes templos. 

Llama la atención la existencia en la parte occidental del templo, de unas llamativas escenas, en donde podemos ver a unos sacerdotes llevando a hombros unas arcas sostenidas por varas que nos traen a la memoria las utilizadas por los hebreos para transportar sus más preciados objetos de culto como el Arca de la Alianza o la Mesa de los Panes de la Presencia. La única diferencia radica en el hecho de que en este caso, los objetos transportados tenían forma de barco, semejantes a otros encontrados en las tumbas para su utilización en el largo viaje que el egipcio debía protagonizar después de su muerte. 

En estos relieves se pueden observar, delante de los sacerdotes que transportaban estas arcas con forma de barco, unos músicos y acróbatas acompañando a la comitiva para celebrar un evento de vital importancia para la vida de los egipcios, lo que recordaba una imagen tantas veces utilizada para representar el Arca, la de los sacerdotes israelitas portando su preciado talismán, mientras unas trompetas sonaban amenazantes para derribar las murallas de la ciudad de Jericó.

...lo descubierto en la tumba de Tutankamon y en los relieves aún visibles de templos como los de Luxor y Karnak, llevaron a los principales estudiosos del Egipto Faraónico, a afirmar que estas cajas de madera forradas de oro eran bastantes usuales entre los objetos litúrgicos del periodo, y por lo tanto bien pudieron servir de inspiración para la construcción del Arca de la Alianza. En el mismo sentido apuntaban muchos otros expertos, al relacionar las leyes y los ritos israelitas, con algunas de las costumbres religiosas del mundo faraónico, de la que la fiesta de Opet sería sólo un ejemplo. Así mismo lo expresó A.H. Sayce, autor de Fresh Light from the Ancient Monuments al identificar la procesión de las arcas con formas de barco, con el Arca del Dios hebreo, llevada a hombros por los sacerdotes levitas, tal y como nos la muestra el Antiguo Testamento. De esto último no podía tener duda alguna, porque hoy en día se sabe que estos cofres utilizados en la fiesta de Opet llevaban en su interior pequeñas imágenes de las distintas divinidades que conformaban el panteón egipcio, algo que no se alejaría mucho de lo que significaron las Tablas de la Ley, en donde quedó grabada la voluntad de Dios en la forma de los Diez Mandamientos. No debemos olvidar, por otra parte, que la divinidad israelita no podía ser identificada con una imagen concreta, antropomórfica o zoomórfica, lo que llevó al Pueblo Elegido a introducir en el interior del Arca, no la imagen de Yahvé, sino su propia palabra...

Más información en Operación trompetas de Jericó



SANTUARIO DE SANTA CASILDA. HISTORIA Y LEYENDA EN UN PAISAJE MÁGICO.


Iniciamos nuestra travesía en tierras de Burgos, recorriendo un lugar aislado en el que el viajero podrá entrar en contacto con viejas leyendas, y disfrutar de un paisaje incomparable ubicado en el corazón de la Bureba, muy cerca de la pintoresca localidad de Briviesca.

El santuario de Santa Casilda se encuentra situado en lo alto de un imponente promontorio, dominando una extensa zona denominada por Azorín como "el corazón de las tierras de Burgos". Para llegar hasta allí, deberemos desplazarnos en primer lugar hasta Briviesca y tomar la carretera BU-V-5107 con dirección a Revillancón, en donde podremos deleitarnos con la elegante iglesia románica del siglo XII consagrada a San Esteban Protomártir.

Siguiendo el camino llegaremos hasta un peñasco en el que se levanta el santuario de Santa Casilda, con una iglesia de estilo renacentista lombardo, construida sobre la antigua ermita, bellamente reformado y que cuenta con una imagen de la santa sobre el altar esculpida por Diego Siloé, y que custodia el sarcófago en donde se conservan los huesos de la princesa toledana Casilda (hija del rey moro Aldemón o al-Mamún), nacida en la ciudad de Toledo en el siglo XI.

Cuenta la leyenda que la princesa quedó huérfana de madre poco después de venir al mundo, aunque afortunadamente su infancia no fue del todo desgraciada porque desde bien pronto recibió el cariño de sus hermanas Zoraida y Almoaín. Como era constumbre entre los hijos de la realeza, a los cinco años, Casilda empezó a estudiar el Corán, pero su afán por el conocimiento le llevó a interesarse por todos los textos que desde entonces cayeron en sus manos. Entre las historias que más le impactaron estaba la de una joven princesa cristiana que decidió huir de palacio para consagrarse a una vida ascética y de oración.Según se dice, con tal sólo 17 años de edad, Casilda ya era una de las mujeres más sabias del reino, y pronto comenzó a interesarse por lo principios éticos del cristianismo, pero su sabiduría no era menor que su bondad, porque inmediatamente empezó a frecuentar las cárceles de palacio para entregar medicinas y alimentos a los cautivos de su propio padre, el cual entró en cólera cuando fue consciente de la "traición" pertrechada por su hija.

Aún así, la joven princesa no se dio por aludida, y siguió visitando y llevando consuelo a los sabios sacerdotes y monjes que palidecían en las lúgubres cárceles toledanas. Enterado el rey Adelmón, fue a espiarla en el jardín de sus aposentos, y al verla allí le preguntó qué era eso que estaba ocultando en su vestido. - Rosas, le respondió Casilda, pero evidentemente su desconfiado padre no la creyó, por lo que le obligó a abrir los pliegues de su vestido y es aquí cuando se obró el milagro, porque las medicinas que llevaba escondidas en su interior se convirtieron en rosas.

Desgraciadamente, el mal se cebó con la joven, siendo víctima de una enfermedad que había heredado de su madre. Los cautivos a los que había estado sirviendo miraron con estupor cómo su valiente heroína se iba consumiendo poco a poco, pero uno de ellos sugirió un extraño remedio: bañarse en los lagos norteños de San Vicente de la Bureba, cercanos a la burgalesa Briviesca. Por si quedaba alguna duda, una voz procedente del cielo, y que al parecer fue transmitida por la Virgen, confirmó la sugerencia, por lo que el rey Adelmón organizó una expedición para trasladar a su querida hija hasta tierras cristianas. Lo que ocurrió es de sobra conocido por las gentes de Briviesca: nada más lavarse en los lagos de San Vicente quedó sanada de su enfermedad, y como agradecimiento la princesa decidió quedarse en el lugar, para vivir de forma eremítica y en agradecimiento al piadoso Dios de los cristianos. Se dice, que Casilda trajo consigo un importante tesoro desde Toledo, al cual se le perdió la pista, aunque la tradición asegura que lo repartió entre las parroquias vecinas y los pobres.

Su generosidad y bondad hizo que las gentes del lugar decidiesen levantar una ermita en honor a la Virgen para que le sirviese de última morada, pero algo extraño vino a suceder, porque todo lo que los vecinos construían durante el día, era transportado hasta lo alto de la montaña por manos angélicas, por lo que se procedió a construir una ermita en lo alto del cerro.

Además del santuario, el visitante puede deleitarse con las viandas de mejor calidad de estas tierras castellanas. En el restaurante de Santa Casilda, disfrutará de una excelente comida y un ambiente agradable, pudiendo elegir entre una gran variedad de platos entre las que podemos destacar las famosas morcillas burgalesas y todo tipo de carnes, regadas por los mejores vinos. También podrá alojarse en su Hospedería, la cual cuenta con 12 habitaciones a precios más que asequibles.

Los viajeros más exigentes, tendrán ocasión de visitar los pozos que según la tradición otorgaron salud a la santa. Para ello tendrán que coger el sendero que baja desde la verja de hierro situada a la izquierda del santuario y descender hasta una preciosa arboleda en donde se encuentra el Pozo Negro o de San Vicente, en donde Casilda encontró consuelo a su dolor. Según se dice, basta con mojar un pequeño pañuelo con sus aguas y llevarlo hasta el enfermo para sanar. Muy cerca tenemos el Pozo Blanco o de Santa Casilda, cuyas propiedad mágicas son también evidentes porque hace fecundas a las mujeres que hasta allí se acercan. El ritual consiste en subir hasta una ladera que está a cierta altura y tirar una teja, si desean tener una hija, o una piedra, si desean un hijo. Pero eso no es todo, porque a los que consiguen "canastar" a la primera, se le asegura la descendencia en el plazo máximo de un año.

domingo, 2 de abril de 2017

LOS BUSCADORES DEL ARCA DE LA ALIANZA.


por Javier Martínez-Pinna, publicado en la revista Enigmas, enero de 2015.

Desde el año 1981, en el que Steven Spielberg rodó la primera película de la mítica saga protagonizada por Indiana Jones, han sido muchos los que se han sentido fascinados por el estudio de uno de los objetos de poder más importantes de nuestra historia: el Arca de la Alianza. Es por este motivo por el que desde bien pronto, surgió en mí el deseo de conocer en profundidad la vida de todos aquellos individuos de carne y hueso, que en un momento u otro de sus vidas sintieron la necesidad de lanzarse en busca del arca perdida. Los resultados de mi investigación no pudieron ser más decepcionantes.

Empecé esta extraña investigación tratando de averiguar el lugar en donde esta pandilla de tarambanas, embaucadores, fuleros y tramposos, había tratado de localizar, siguiendo unos métodos nada convencionales, el destino último del arca. E hipótesis habían para todos los gustos. La creencia más arraigada entre los estudiosos del judaísmo estaba relacionada con el posible ocultamiento de la reliquia en algún lugar cercano del monte Moriá, al parecer con la intención de evitar su captura por parte de alguno de los muchos estados rivales con los que tuvo que luchar el reino de Judá a lo largo de su dilatada historia. Y esa creencia, reforzada por enigmáticos escritos como el Apocalipsis de Baruc o el segundo libro de los Macabeos, empujó a un variopinto grupo de aventureros a tratar de excavar en ese lugar prohibido para hacerse con su inigualable tesoro.

Entre todas estas expediciones, una fue digna de tenerse en cuenta, al mostrar hasta qué punto puede llegar un hombre íntegro cuando se enfrenta, armado sólo con su razón, a una clase dirigente corrupta, ignorante e incompetente: desgraciadamente, al más absoluto y apabullante fracaso. En 1968 Meir Ben-Dov inició unas excavaciones arqueológicas en las inmediaciones de la Colina del Templo, con una finalidad puramente científica y para tratar de extraer información sobre uno de los lugares más importantes del pueblo israelita. Pero la polémica y la controversia no tardaron en aparecer, con una oposición que llegó desde todos los frentes y que hicieron exasperar al desamparado arqueólogo. En primer lugar, el Alto Consejo Musulmán sorprendió a propios y extraños, acusando al director de las excavaciones de ser un sionista radical cuyo objetivo era perforar la colina, para provocar el derrumbe de la mezquita de Al-Aqsa, y así tener espacio libre para construir el tercer templo. Los cristianos no tardaron en unirse a las protestas, al ver amenazados sus intereses en una ciudad también sagrada para ellos, pero donde más arreciaron las críticas fue desde el lado de las autoridades religiosas judías, al negarse a un hipotético hallazgo del Arca por no estar su pueblo preparado para la llegada de un nuevo Mesías, que según la tradición aparecería cuando el Arca decidiese mostrarse de nuevo al mundo.

Con todo el mundo en su contra, Meir Ben-Dov mandó a todas las autoridades político-religiosas a tomar viento, aparcando su proyecto para cuando sus ideas fuesen mejor comprendidas por una clase dirigente a la que le quedaba mucho por evolucionar. Y así, con casi noventa años de edad, el pobre arqueólogo sigue esperando ese momento.

Otros muchos precedieron a este insigne investigador, pero no todos fueron tan serios como él. Entre las propuestas más pintorescas están las de algunos personajes como el psíquico Gerry Canon, quien afirmó sin ningún tipo de pudor, conocer la localización exacta del Arca en Egipto, y eso gracias a su guía Mosec, un fantasmagórico soldado egipcio que había recibido el encargo de robarla en tiempos faraónicos y que ahora, no se sabe muy bien por qué, había vuelto del más allá para revelarle la información después de unas sesiones espirituales. Lo realmente increíble de esta historia es que más de uno se la creyó, por lo que cundió el ejemplo entre otros muchos iluminados que llevaron la localización del Arca tan lejos como su imaginación se lo permitiese: la Esfinge de Giza, la Gran Pirámide o al interior de alguno de los templos de la América Precolombina.

El lugar en donde más han centrado la atención los investigadores ha sido el Monte Moriá de Jerusalén, enclave en el que estuvo el Templo de Salomón albergando las grandes reliquias del judaísmo. Algunos de ellos protagonizaron aventuras dignas de película, no se sabe muy bien si de acción o risa, pero que estuvieron a punto de costarles la vida.

Uno de ellos fue el joven oficial del ejército británico Charles Warren, nombrado por el Fondo para la Exploración de Palestina para excavar en la Colina del Templo en 1867. Aunque no le faltaba talento, el joven Charles adolecía de formación académica, y además, nada más llegar a Tierra Santa, se encontró ante la negativa de las autoridades turcas para dejarle excavar en las proximidades de dos de los edificios más sagrados del Islam: la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa. Al militar inglés no le quedó más remedio que hacer las cosas a su manera y por eso, armado de valor, se deslizó junto al resto de su equipo por el lado norte de la muralla, y allí excavó un túnel para tratar de adentrarse y profundizar hasta llegar al corazón del Monte Moriá. Pero su trabajo, desgraciadamente no pasó desapercibido, pues llamó la atención de los fieles que día tras día se agolpaban en el interior de la mezquita. Tocaba correr, y mientras lo hacían, seguidos de cerca por una turba de irascibles mahometanos, una lluvia de piedras cayó sobre sus cabezas, descalabrando a más de uno. Ante esta situación, el gobernador de la ciudad decidió intervenir y suspender las excavaciones de forma indefinida.

No menos llamativa, más bien todo lo contrario, fue la expedición que en 1909 dirigió M.B. Parker, hijo del Conde de Morlay, cuando fue a Jerusalén con la idea de localizar un objeto que le obsesionaba, el Arca de la Alianza. Este nuevo proyecto fue organizado por un excéntrico esoterista finlandés, el alma mater de esta empresa, llamado Valter H. Juvelius, que desde el principio aseguró tener información digna de toda confianza sobre el escondite definitivo del anhelado objeto de culto. Según Juvelius, el estudio de los textos bíblicos le había revelado la existencia de un pasadizo secreto cuyo acceso podría encontrarse en el lado sur de la Mezquita de Al-Aqsa.

Ambos llegaron a Jerusalén en agosto de 1909, dispuestos a seguir con las investigaciones en donde Warren, años atrás, las había dejado. Pero para esta ardua tarea iban a necesitar toda la ayuda posible, y por eso contrataron al tercer miembro importante de la expedición, un vidente irlandés dispuesto a mostrarles el camino recurriendo a sus poderes sobrenaturales.

Los trabajos se iniciaron con brío, pero pasaron los días y de nuevo las protestas empezaron a arreciar; y no sólo eso, las lluvias otoñales convirtieron la colina en un barrizal y para colmo de males, el famoso barón de Rothschild, sionista y miembro de la adinerada familia de banqueros, compró un terreno cercano a la excavación desde donde poder boicotear todos sus movimientos. Con tantos frentes abiertos, Parker y su insólito equipo, decidieron recurrir a unos métodos más desesperados. Sin mucha dificultad lograron sobornar al gobernador de la ciudad, Amzey ben Pachá con 25000 dolares, y al jeque Jalil, guardián de este espacio sagrado, con otra interesante cantidad de dinero para así poder internarse en la colina y excavar directamente en busca de su tesoro.

Camuflados por la espesura de la noche y disfrazados de árabes, Parker y su equipo se tiraron toda una semana excavando en el interior de la Cúpula de la Roca, con la intención de abrirse paso por el Pozo de las Ánimas situado baja la roca sagrada o Shettiyah. Entusiasmados, siguieron con su extenuante trabajo, pero la noche del 18 de Abril de 1911 se produjo la fatalidad, ya que tuvieron la mala suerte de encontrarse con una persona honrada que, sin saber muy bien por qué, no reaccionaba ante los estímulos económicos a las que fue sometida por parte de los europeos. Al oír el ruido provocado por los cazatesoros, el incorruptible guardián del edificio se asomó a su interior y observó, horrorizado, como el grupo de extranjeros, profanaba la mezquita y destrozaba su amada Cúpula de la Roca. Inmediatamente lanzó un desgarrador chillido para poner en guardia a todos los fieles que a esas horas rondaban por los alrededores de la colina.

Había llegado el momento de poner los pies en polvorosa. Los ingleses abandonaron Jerusalén a toda prisa, buscando cobijo en el cercano puerto de Jaffa, en donde un barco les esperaba para acogerlos y llevarlos de vuelta, con viento en popa y a toda vela, a la lejana Inglaterra. Pero los cosas no podían quedar así, los musulmanes, heridos en su orgullo por ver como los infieles aventureros se les escapaban vivitos y coleando a bordo de su veloz embarcación, decidieron cobrarse venganza en la persona del jeque Jalil, que se convirtió en el blanco de todas las iras, cuando sufrió un despiadado e inmerecido castigo – que ya se sabe son cosas del sistema – antes de perder definitivamente la cabeza.

Si estos investigadores llamaron la atención por los medios utilizados para encontrar uno de los artefactos arqueológicos más añorados de todos los tiempos, pronto se vieron superados por un individuo, llamado Ron Wyatt, cuando en 1978 anunció al mundo una impactante noticia: mientras visitaba el monte Moriá tuvo una inexplicable revelación, por la que comprendió que el Arca de la Alianza estaba, ni más ni menos, bajo el Monte del Calvario, en una profunda gruta y dentro de un enorme recipiente de piedra. Y aún más importante, en su visión pudo observar como el objeto y las paredes de la gruta estaban impregnados por una sustancia ennegrecida, filtrada desde la superficie del monte y procedente de la mismísima sangre derramada de Cristo.

Sabemos que Wyatt concertó una entrevista con las autoridades religiosas de Israel para exponerles sus extravagantes teorías y pedirles permiso para excavar. Lo que no sabemos es la cara que pusieron cuando oyeron el planteamiento del curioso investigador americano, que a día de hoy se sigue esperando, impaciente, la llegada de la pertinente e improbable autorización.

Pero en la búsqueda del arca, no podría faltar un Jones… Vendyl Jones. Este curioso investigador afirmó en 1994 haber localizado el arca entre las ruinas de la ciudad de Gilgal, gracias en parte a la existencia de una serie de fotografías tomadas desde un satélite que parecían reflejar, si se miraban desde un ángulo concreto, a una hora determinada del día y con los ojos entreabiertos – más cerrados que abiertos – , los restos de un edificio parecido al Templo de Salomón, en cuyo interior debería haber estado el Arca. El lector se preguntará, por qué motivos llegó a esta curiosa conclusión. Nosotros también.

Además de en Jerusalén, los estudiosos de la reliquia han centrado su atención en otro enclave sagrado para el judaísmo, el monte Nebo, identificado en numerosas ocasiones como el lugar en donde fue enterrado el legendario Moisés. Según se contaba en el Libro de los Macabeos, el profeta Jeremías había escondido el arca en este lugar, antes de la destrucción del Templo. Allí se dirigió un tal Frederick Futterer, para reconocer este monte y su vecino, el Pisgá. Los resultados de su investigación fueron a primera vista asombrosos, ya que logró descubrir un pasadizo secreto en el Nebo, bloqueado por un muro que no pudieron atravesar, en el que había una inscripción que decía lo siguiente: Aquí dentro está, el Arca de oro de la Alianza.

El final de la búsqueda parecía haber llegado a su fin, pero no fue así. Cuando se le pidieron más explicaciones y que revelase el lugar exacto en donde se produjo el hallazgo, Futterer optó por un sospechoso silencio. Nunca dijo el lugar exacto donde estaba el pasadizo, ni siquiera quién fue el experto que le tradujo la inscripción, negándose en vida a volver al lugar de los hechos. Esta historia fue cayendo en el olvido, pero medio siglo más tarde fue rescatada por Tom Crotser, un individuo al que no podemos considerar ni iluminado ni vidente, sino un auténtico jeta que llegó al monte dispuesto a protagonizar una de las acciones más vergonzantes en esta larga aventura que fue la búsqueda del Arca de Poder.

En el currículum de este tipo figuraban unos descubrimientos que sólo existían en su imaginación: el de la Torre de Babel, el Arca de Noé y la Ciudad de Adán, y con estos antecedentes se presentó en el monte con un croquis realizado por Futterer en donde se mostraba el acceso al pasadizo. Después de varias jornadas investigando en sus escarpadas y desérticas laderas, él y su equipo decidieron desistir y marcharon al Pisgá, donde felizmente localizaron el tortuoso pasadizo. El 31 de octubre de 1981, el mismo año que en los cines de medio mundo se estrenaba En busca del Arca Perdida, lograron penetrar en el interior de la montaña, profundizando unos seiscientos pies hasta llegar a una cripta excavada en la roca que albergaba un cofre rectangular de oro en donde estaría cobijada el Arca de la Alianza. Con la certeza de haber resuelto el enigma, Tom Crotser decidió no mover la pieza, pero en cambio tomó una serie de fotografías como prueba de su hallazgo. De vuelta en casa, anunció a bombo y platillo por toda Norteamérica esta impactante noticia, pero cuando se le pidió que mostrase las fotos reveló una nueva información que dejó a todos boquiabiertos. Al parecer, Dios le había ordenado no enseñar a nadie las fotos hasta que el tercer Templo fuese reconstruido, y por eso decidió guardarlas y sólo mostrarlas a unos pocos elegidos, la mayor parte de ellos videntes, hechiceros y pitonisos, hasta que finalmente, en 1982, un arqueólogo llamado Horn, después varias horas estudiando las imágenes afirmó haber visto una caja realizada, no de oro, sino de latón, estampada con un dibujo de rombos hechos claramente con maquinaria moderna. Y lo más revelador, en la esquina superior de la caja observó que sobresalía un clavo de estilo actual. 

Muchos autores… aún más hipótesis para el estudio del más importante objeto de culto de la religión judeocristiana, aunque, por desgracia, es muy poco, prácticamente nada, lo que conocemos de ella. A pesar de lo desvirtuada que quedó su búsqueda, no hay motivos para dudar de su existencia. El principal problema que encontramos al tratar de investigar su recorrido histórico es la falta de alguna referencia historiográfica que nos permita seguir su rastro, y por eso, y a diferencia de lo que ocurre con otros objetos como la Mesa de Salomón, los investigadores han debido de conformarse con el estudio de ciertas tradiciones judías, depositarias de un saber milenario, pero adulteradas por el paso del tiempo. Si en algo coinciden todas ellas es en apuntar hacia un mismo lugar, la ciudad santa, la enigmática Jerusalén y el monte Moriá, cuyo interior nunca pudo ser investigado en profundidad, por las evidentes connotaciones políticas que tiene el estudio de un enclave sagrado para la mitad de nuestro planeta, y que por lo tanto tiene que albergar importantes tesoros, no sólo materiales, que a buen seguro podrían maravillar al mundo.

Más información en Operación trompetas de Jericó



EL TESORO PERDIDO DE ATAHUALPA.


por Javier Martínez-Pinna, revista Clío Historia, febrero de 2016.

En noviembre de 1532 el emperador inca Atahualpa fue capturado por los hombres de Pizarro en la ciudad de Cajamarca, dando lugar a la formación de una serie de leyendas sobre la posible existencia de un enorme tesoro oculto en alguna de las grutas de la capital del Tahuantinsuyo.

Según cuenta la historia, el dirigente inca prometió a los conquistadores, cubrir de oro la estancia en donde se encontraba retenido a cambio de su libertad, pero al mismo tiempo envió mensajes secretos a sus huestes para que rodeasen la ciudad y posteriormente capturar a los castellanos, para de esta forma cobrarse justa venganza por todas las humillaciones sufridas. 

En febrero del 1533, Atahualpa había cumplido su parte del trato, pero su liberación no se planteaba ni siquiera como opción para unos españoles, cuyas vidas se verían seriamente comprometidas si Atahualpa se reunía con sus encolerizados guerreros. Por eso, Pizarro decidió someterle a un juicio injusto, en el que se le llegó a acusar de herejía de una religión que ni siquiera conocía, y por eso fue condenado a morir sometido al suplicio del garrote vil.

Siempre se ha dudado sobre la posibilidad de que estas riquezas acumuladas por Atahualpa antes de su ejecución, formasen la totalidad del tesoro de los incas. Las fuentes documentales y las tradiciones indígenas así parecen atestiguarlo, haciendo creer a los investigadores que los incas llegaron a esconder una parte importante de sus riquezas para que no cayesen en manos de los españoles. Según cuentan las crónicas, tras la muerte del inca, Pizarro envió a tres de sus hombres de confianza para que retirasen de los palacios reales de Cuzco y de la Coricancha, todos los objetos de valor que aún quedaban en la capital. Se sabe que los castellanos lograron arrancar unas setecientas planchas de oro que recubrían las paredes del templo sagrado de la Coricancha, pero otras muchas riquezas que estaban en su interior desaparecieron sin dejar rastro de su presencia. Algo más tarde, Garcilaso el Inca hacía referencia a toda la opulencia que encerraba el antiguo templo solar, ahora convertido en el convento de Santo Domingo, destacando la existencia de un enorme disco solar, al igual que un jardín lleno de estatuas de animales y plantas de oro macizo, además de unas esculturas de los doce reyes incas que habían gobernado en el Tahuantinsuyo.

Es lógico suponer que una gran parte de estas riquezas fuesen escondidas en algún lugar secreto de la ciudad, y en este sentido todos los indicios apuntan hacia una serie de galerías subterráneas accesibles a través de largos túneles que atravesarían Cuzco. Esta leyenda tiene una cierta apoyatura documental, gracias en parte a las referencias transmitidas por Felipe de Pomares, cuando narra un antiguo episodio relacionado con un príncipe local, llamado Carlos Inca, que era descendiente directo de Huayna Cápac. Éste habría confesado a su mujer, una española llamada María Esquivel, que él era el custodio de uno los tesoros más valiosos del planeta. Como imaginará el lector, la mujer no se creyó ni por un solo momento lo que le contó su pobre marido, y por eso empezó a humillarle tachándole de mentiroso y mezquino. 

Un día, el joven príncipe, harto de los insultos y comparaciones de los que era víctima por parte de su codiciosa esposa, tuvo un arrebato de orgullo y ni corto ni perezoso, decidió mostrar a María Esquivel todo el oro de los incas para terminar con tanto menosprecio. En primer lugar, vendó los ojos de su “amada” mujer y la condujo por unos estrechos túneles hasta llegar a un amplio subterráneo donde, ya con los ojos descubiertos, le mostró el más fabuloso tesoro imaginable. Satisfecho en su dignidad, el noble andino decidió volver a vendar los ojos de María, no sin antes advertirla que no le iba a dejar coger ni una sola pizca de todo el oro que en ese momento les rodeaba. Fue en ese mismo momento cuando el desprecio se convirtió en odio, y por eso, nada más salir a la superficie, la humillada mujer decidió denunciar a su marido por el delito de ocultar un tesoro perdido, que según las leyes del momento debía de pertenecer al rey español Carlos I. Las autoridades decidieron detener, inmediatamente, al descendiente de Huayna Cápac, pero nada pudieron hacer, porque éste había logrado huir a las montañas de Wilcabamba, llevándose consigo el secreto sobre la existencia de toda esa riqueza por la que muchos han suspirado en los últimos 500 años.

La siguiente noticia sobre el oro de los incas, nos la proporciona un tal Mateo García Pumakahua, un conspirador que en 1814 se encontraba preparando una sublevación contra las los ejércitos e intereses de los españoles en el Perú. Mientras ultimaban los detalles de su plan, decidió mostrar a su coronel, Domingo Luis Astate, una parte del tesoro de los incas, para que en caso necesario pudiese ser utilizada para sufragar el levantamiento. Con el consentimiento de su superior, Mateo García, alias ” El Puma” vendó los ojos de su coronel y lo llevó por la Plaza de Armas de Cuzco para posteriormente rodear un arroyo que bien pudo ser el Choguechaca, y bajar por un camino desconocido hasta el subsuelo de la ciudad. Tras unos minutos de penosa y asfixiante marcha, Astate pudo contemplar en una pequeña galería, todo tipo de alhajas entre las que destacaban, multitud de esmeraldas, ladrillos de oro y otros objetos de incalculable valor. Una pista sobre la localización de este enclave, nos la ofrece el mismo relato cuando afirma que el coronel oyó perfectamente, mientras observaba el botín, cómo el reloj de la catedral daba las nueve de la noche.

No fueron los únicos testimonios sobre la naturaleza de este apasionante tesoro de nuestro pasado. A mediados del XIX, el prestigioso Alexander von Humboldt, vuelve a referirse al oro de Atahualpa en su libro Views of Nature, que no hizo más que despertar la codicia pero también el interés de muchos historiadores que empezaron una larga búsqueda, especialmente en las entrañas del templo sagrado de la Coricancha, cuya magia y misterio ha logrado preservar hasta nuestros días uno de los enigmas más atractivos de toda nuestra historia.

CHARLES WARREN. EN BUSCA DEL ARCA DE LA ALIANZA.


por Javier Martínez-Pinna. Revista Clío Historia, marzo de 2016. 

No hace mucho tiempo, tuve la oportunidad de investigar el que se ha venido a considerar como el objeto de culto más valioso de la religión judía. Fue mientras me documentaba para escribir Operación trompetas de Jericó, un ensayo en el que traté de ofrecer una visión del arca que huyese de lo esotérico y sensacionalista, para centrarme en el estudio serio y riguroso de las fuentes documentales y arqueológicas. Mi intención era entender la auténtica naturaleza de esta anhelada reliquia, pero también el lugar en donde pudo quedar oculta. Pero en el libro también me ocupé de rescatar del olvido, los hechos y las andanzas protagonizadas por todos aquellos aventureros, iluminados, arqueólogos o historiadores que, en un momento u otro de sus vidas se sintieron tentados por la búsqueda del Arca Perdida.

Entre todos ellos destacó un joven oficial del ejército británico, Charles Warren, cuya biografía hizo que se le considerase como uno de los más afamados aventureros ingleses del siglo XIX, y eso por muchos motivos. Siendo muy joven marchó hacia Palestina, para participar en diversas campañas arqueológicas, y posteriormente puso su talento al servicio de un Imperio que por aquel entonces se extendía por casi medio mundo. 

En el África más meridional, el valeroso y polifacético Warren, destacó por su denodada participación en diversos conflictos como el de Bechuanalandia, la actual Botsuana, para más tarde ponerse al mando de una guarnición inglesa situada en el influyente puerto de Suakin. El prestigio del oficial fue subiendo con tal rapidez que pronto fue puesto al frente de las tropas coloniales de Singapur, todo un logro que le permitió asumir el grado de Teniente General, con el que participó en la guerra de los bóers, en donde nuevamente pudo demostrar sus habilidades militares durante la célebre ofensiva de Natal. 

Su carrera al servicio de Su Majestad fue premiada con el desempeño de importantes cargos administrativos, primero en la Ciudad del Cabo, y después en la propia city londinense, en donde sabemos que participó como alto responsable policial de Londres entre el 1886 y 1888, en la investigación de los asesinatos perpetuados por el enigmático y aún desconocido, Jack el Destripador. De Warren sabemos que fue un reconocido masón y que además intervino, de forma directa, en la fundación del movimiento Scout. 

Todo ello le hizo merecedor de una fama imperecedera, aunque si por algo se recordará a este apasionante individuo fue por la extravagante búsqueda que llevó a cabo muchos años atrás, cuando en el 1867 marchó hacia la ciudad de Jerusalén para intentar encontrar el Arca de la Alianza. El joven Charles Warren fue contratado ese mismo año por el Fondo para la Exploración de Palestina para excavar en el Monte Moriá, y aunque adolecía de la más mínima formación académica, intentó desde el primer momento compensar su falta de experiencia demostrando un pundonor y una valentía que sorprendieron a propios y extraños.

Nada más llegar a Tierra Santa, se encontró ante la negativa de las autoridades turcas para dejarle excavar en las proximidades de dos de los edificios más sagrados del islam: la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa. Desde el principio todo le pareció salir mal, pero a Warren no pareció importarle mucho, porque había llegado hasta este lugar para ver cumplido un sueño, y nadie iba a impedírselo, por lo que decidió hacer las cosas a su manera. 

Armado de valor, logró deslizarse junto al resto de su equipo por el lado norte de la muralla, y allí excavó un túnel para poder adentrarse y profundizar hasta llegar hasta las entrañas de la Colina del Templo, pero su trabajo, desgraciadamente, no pasó desapercibido, pues llamó la atención de los fieles que día tras día, se agolpaban en el interior de la mezquita para rendir culto a su dios. Tocaba correr, y mientras lo hacían, seguidos bien de cerca por una turba de indignados palestinos, una lluvia de piedras cayó sobre sus cabezas, descalabrando a más de uno. Ante esta situación, el gobernador de la ciudad decidió intervenir paralizando definitivamente las excavaciones.

Charles Warren no se había salido con la suya. Nunca pudo demostrar al mundo que la Colina del Templo escondía el más deseado objeto arqueológico de todos los tiempos, aunque unos años más tarde, en 1911, un aristócrata llamado M. B. Parker llegó junto al excéntrico esoterista finlandés Valter Juvelius, para continuar con las investigaciones en donde Warren las había dejado. Una nueva aventura estaba a punto de iniciarse.