ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: enero 2017
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martes, 24 de enero de 2017

EL TESORO TEMPLARIO DEL CASTILLO DE TORIJA.


... La búsqueda de la Mesa de Salomón implicó a todo tipo de personajes. Entre todos los que se habían enfrentado a su secreto había hombres de fe, visionarios, militares, arqueólogos, literatos e historiadores, pero en la búsqueda de un objeto con tan alto valor crematístico y espiritual, no podrían faltar los caballeros templarios. 

A ellos se refieren los investigadores Emilio Cuenca y Margarita del Olmo en su ensayo “Torija y la Mesa de Salomón” cuando tratan de relacionar la existencia de un antiguo emplazamiento templario en esta localidad de la provincia de Guadalajara, con la búsqueda de la enigmática mesa. Según ellos, las posibilidades de que la orden del Temple se asentase en este lugar por motivos defensivos eran mínimas, ya que la frontera entre los reinos cristianos y Al Ándalus se había desplazado mucho más hacia el sur cuando llegaron al pueblo de Torija. Tampoco tiene sentido que decidiesen ocupar este espacio por motivos económicos, la otra gran preocupación del los monjes guerreros, ya que la localidad estaba alejada de las principales vías de comunicación cuando se asentaron en la región. Desechadas estas motivaciones estratégicas y económicas, los autores creyeron encontrar una explicación satisfactoria para comprender la existencia de este asentamiento templario en la zona. 

Según ellos, otro de los principales objetivos que tuvo la orden durante toda su existencia fue la búsqueda de tesoros sagrados, y más concretamente aquellos relacionados con el Templo de Salomón; algo difícilmente discutible si tenemos en cuenta todo el empeño que, al parecer, pusieron los caballeros para tratar de localizar el Arca de la Alianza bajo el Templo de Jerusalén. Pero ¿qué fue entonces lo que buscaron en la localidad de Torija? La respuesta es más que evidente: la Mesa de Salomón, que en la actualidad permanecería oculta en algún sótano o cavidad del castillo del pequeño pueblo alcarreño. 

Otra pista que podría llevarnos a considerar el pueblo de Torija como la morada última de la Mesa de Salomón, nos la ofrecen los estudios toponímicos de la población. Los autores no parecen coincidir con la explicación oficial propuesta por José Antonio Sanz Yubero y Eusebio Monje Molinero que aseguran que la palabra Torija procede del vocablo latino “turris”: torre, al que se le unió el diminutivo “icula”, lo que formaría “turrícula”, y desde aquí evolucionaría al nombre con el que la localidad se conoce en la actualidad. Emilio Cuenca y Margarita del Olmo ofrecen una explicación alternativa, según la cual el nombre de Tariq, o Tarij, derivaría en Tarija y con el paso del tiempo evolucionaría hasta Torija, por lo que el nombre del pueblo serviría como prueba final de que el caudillo musulmán anduvo por estos parajes buscando la reliquia que tanto le obsesionaba.

Yo ya sabía que los musulmanes aprovecharon las magníficas vías romanas para penetrar por el interior peninsular y acelerar la conquista. También era evidente, que a su paso por la provincia de Guadalajara, esta calzada no llegaba hasta la localidad de Torija, por lo que si Tariq llegó hasta ella es porque tenían un motivo especial para desplazarse hacia allí. El problema es que no tenemos ningún tipo de prueba de que el caudillo estuviese cerca de esas tierras, y el único indicio que podría validar esta hipótesis es el que nos proponen los autores de este ensayo al asegurar que el nombre del pueblo procede de la deformación del nombre del conquistador, algo que como hemos dicho no puede ser comprobado. Aprovechando las descripciones ofrecidas por los historiadores musulmanes Al Razi y Ajbar Machmuá, lo autores tratan de amoldar los datos que estos cronistas nos proporcionan con la geografía física de Torija y sus alrededores. Según ellos:

“La calzada venía desde Alcalá de Henares, la antigua Complutum; entraba por el hoy día restaurante Los Faroles; continuaba por los Manantiales, Francisco Aritio hasta Fontanar y Yunquera, tal como lo transitamos hoy día. 

Tariq llega por la calzada hasta la altura del puente árabe, que entonces no existía; y en este punto abandona la calzada, cruza el río y sube por el monte.”

El río que cruzó Tariq no podría ser otro más que el Wad-Al-Hayira, río de piedras, en donde posteriormente surgió la ciudad de Guadalajara, y a continuación tuvo que seguir subiendo y atravesó el monte hasta la Alcarria, atravesando un desfiladero que hoy conocemos como valle de Torija. Allí, al final del monte que había cruzado atravesando el valle, encontró una pequeña ciudad en donde se encontraba la Mesa y la Corona de Salomón, que indudablemente no pudo ser otro que Torija, o como se le llamara en aquel tiempo.

Pero aún proporcionan una prueba más para tratar de dar verosimilitud a la hipótesis que nos presentan. En “De rebús Hispaniae” Don Rodrigo Jiménez de Rada dijo que el pueblo en donde Tariq encontró la mesa existía todavía y que a él se llegaba siguiendo la cuesta de Zulema. Para Emilio Cuenca y Margarita del Olmo esta cuesta debería de ser el camino que según la leyenda siguió la princesa Elima, Selima, Zulima o Zulema cuando se dirigía a la vecina localidad de Sopetrán, con la esperanza de que también a ella, como antes había ocurrido con su hermano, se le apareciese la Virgen. El problema es que el término de Zulema lo encontramos en innumerables caminos, cuestas y calles, repartidas por toda la geografía española e incluso es mencionado por Cervantes en el Quijote, en esta ocasión refiriéndose a un pequeño pueblo de la provincia de Albacete. Por este motivo consideré que no se podía identificar el lugar que Jiménez de Rada mencionó como cuesta de Zulema, solamente con criterios toponímicos y por lo tanto su identificación con la cuesta o camino que iba hasta Sopetrán era muy arriesgada, e imposible de demostrar...


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jueves, 19 de enero de 2017

LA BÚSQUEDA DE CÍBOLA



Persiguieron un sueño, pero terminaron encontrando un Nuevo Mundo. Esta es la historia de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Vázquez de Coronado, dos españoles con los que se inicia la exploración de un vasto territorio de lo que más tarde serán los EEUU de América. 


Diego Peña & Javier Martínez-Pinna. Vive la Historia, nº 26. Marzo de 2016

“Animoso, noble, arrogante, los cabellos rubios y los ojos azules y vivos, barba larga y crespa, mozo de treinta y seis años, agudo de ingenio, era Alvar un caballero y un capitán a todo lucir; las mozas del Duero enamorábanse de él y los hombres temían su acero.” Esta conocida descripción de Cabeza de Vaca nos llega, supuestamente, de un cronista del s. XVI llamado Maestre Juan de Ocampo. Sin embargo esta empalagosa exhortación romántica sobre una de las figuras más emblemáticas de la conquista y descubrimiento del continente americano, y que ha perdurado en el imaginario colectivo durante décadas, no es cierta. Se trata de un texto apócrifo salido de la imaginación del periodista y escritor venezolano Rafael Bolívar Coronado, que a principios del s. XX se inventó cinco crónicas de Indias, incluida la del Maestre Juan de Ocampo, La gran Florida (1919), y su increíble inventario caballeresco de Cabeza de Vaca. La expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida en busca de fortuna y gloria, así como la gran aventura de Cabeza de Vaca y sus tres compañeros de fatigas por el sur de los Estados Unidos y norte de México, es de todo lo que podamos imaginar menos heroica y romántica.

Sin embargo, antes de juzgar a estos hombres debemos situarnos en el contexto histórico en el que acontece nuestro relato, así como en la mentalidad de unos hombres que, indudablemente, no estaban preparados sino para una sociedad post-medieval, para una supervivencia en un mundo europeo que luchaba por salir de la superstición y la incultura, que sin saber ni cómo ni porqué se hacían matar por valores tan opacos como la lealtad a un rey, a un señor feudal o a una religión, muchas veces por honor de estos valores inculcados a fuego desde la más tierna infancia, y las más de las veces en una búsqueda desesperada de reconocimiento, fama y dinero para engañar al hambre y a una más que presumible prematura muerte.

Pánfilo de Narváez venía de su persecución a Hernán Cortés por tierras aztecas y también de ver cómo se descubría y conquistaba un imperio repleto de riquezas que colmó de títulos, oro y fama mundial al hidalgo extremeño. Por su parte Álvar Núñez Cabeza de Vaca, hidalgo venido a menos y huérfano desde los 8 años, sirvió en el ejército de Fernando el Católico en las campañas italianas a una edad muy temprana. La vida de Cabeza de Vaca, envuelta en el misterio y la especulación, se intuye repleta de dificultades en una España donde la carestía de los más pobres, hidalgos o no, forjaba individuos bregados, rudos, primarios y dispuestos a todo. Estos hombres fueron en gran parte los que buscaron mejorar su estatus social y económico en la tierra de oportunidades en que se había convertido el territorio de Indias que descubriera Colón. 

Cabeza de Vaca, oriundo de Jerez de la Frontera, iniciaría su primer viaje a las Indias formando parte como segundo al mando y como tesorero de la expedición de Pánfilo de Narváez, al que Carlos I otorgó una licencia para reclamar lo que es ahora la costa del golfo de México de los Estados Unidos. Con 600 hombres entre soldados, clérigos, marineros y esclavos, partió el 17 de junio de 1527 del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda. Nueve años después los únicos cuatro supervivientes de aquella aventura, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza, y su esclavo moro Estevanico, lograron finalmente reunirse con compatriotas españoles en la actual Ciudad de México. Veamos que pasó.

Tras una parada técnica de reavituallamiento en las Islas Canarias la expedición llegó a Santo Domingo en agosto de 1527 donde empezaron a tener las primeras deserciones de la tripulación por miedo a lo desconocido. En septiembre llegaron a Cuba, donde reclutaron hombres y compraron caballos. Allí Narváez dividió la flota enviando a Trinidad dos naves comandadas por Cabeza de Vaca y un tal Pantoja, ¿qué podía salir mal?

Absolutamente todo salió mal, a partir de ese momento la expedición de Narváez se convirtió en un auténtico infierno. Los dos barcos enviados a Trinidad naufragaron perdiendo víveres, caballos y más de 60 hombres. Una vez reunificados emprendieron la marcha llegando por fin a La Florida un 12 de abril de 1528, a la hoy conocida como Bahía de Tampa. Pronto decidieron explorar la zona interior dividiendo al grupo, lo que supuso un punto de fricción entre Narváez y Cabeza de Vaca, quedándose éste último en tierra para que nadie pensara que era un cobarde. Desde ese momento la búsqueda de ciudades ricas en oro, de civilizaciones perdidas e imperios que conquistar se convirtió en una de las peores pesadillas de los españoles en América. Los huracanes y tempestades, los ataques de los indios, las zonas pantanosas, el hambre y la sed, dejaron al grupo de Cabeza de Vaca con tan sólo 15 hombres, los cuales para poder sobrevivir terminaron comiéndose a sus caballos. 

Al llegar a la actual isla de Galveston, la tribu de los Carancaguas los acogió y en un primer momento los trató como a curanderos. Sin embargo acabaron siendo sus sirvientes. El jerezano acabó esclavizado por los indios durante más de seis años, hasta que consiguió escapar de su prisión y toparse con los indios Charrucos, con los que encontrará la forma de ganarse la vida ejerciendo de comerciante para el trueque entre las diferentes tribus de la zona, en un territorio próximo a la actual San Antonio y la costa tejana. Estando en estos quehaceres se topó, y ya es casualidad, con tres supervivientes más de la expedición de Narváez, a saber, Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y Estavanico (sirviente de raza negra de Andrés Dorantes), no deja de ser irónico que el primer africano en pisar USA fuera un esclavo.

La experiencia de Cabeza de Vaca con los indios les hizo sobrevivir haciéndose pasar los cuatro por chamanes, de este modo comenzaron una nueva aventura hacia el suroeste de los actuales Estados Unidos y el Norte de México en busca de una ruta segura de regreso a la Nueva España. Durante el trayecto remontaron el río Bravo, deambularon por la hoy frontera entre México y Estados Unidos, se toparon con tribus dedicadas a la caza del bisonte, con las que convivieron, y llegaron a las orillas del río Sinaloa donde por fin se toparon con exploradores españoles que los rescataron y llevaron a la Nueva España.

Tras su largo viaje por las tierras del suroeste de los EEUU y norte de México, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, escribió una obra conocida con el nombre de Naufragios, en donde pudo relatar sus “andanzas” junto a sus queridos y abnegados compañeros. Pronto empezaron a propagarse los rumores sobre la existencia de una serie de ciudades repletas de oro, que muchos relacionaron con el antiguo mito portugués de Cíbola.

Estas habladurías hicieron despertar la ambición del virrey de Nueva España, que inmediatamente organizó una expedición al frente de la cual situó a fray Marcos de Niza, acompañado por el astuto Estevanico. En un principio la cosa no pareció salir del todo mal, entre los dos lograron llegar al país de los zuñis, en Nuevo México, para encontrar un pequeño grupo de aldeas que precipitadamente interpretaron como Cíbola. Pero lo peor para ellos aún estaba por llegar, porque la presencia española estaba a punto de ser contestada de forma hostil por algunos de los pueblos indígenas que habitaban la zona. Inmediatamente comenzaron a acosar a los castellanos con una serie de rápidos golpes de mano que diezmaron a los conquistadores. En uno de estos ataques, terminó cayendo el moro Estevanico, después de que una traicionera flecha le segase la vida. 

La muerte del que siempre se consideró el alma mater de la expedición, hizo hundir la moral de los españoles, que finalmente huyeron en desbandada para llegar con más pena que gloria a tierras de Nueva España, en donde los pocos supervivientes que habían logrado salvar el pellejo, trataron de justificar su comportamiento magnificando todo aquello que habían visto y recorrido. Tan convincentes resultaron sus explicaciones que los españoles terminaron organizando una nueva expedición, pero esta de mayores proporciones. 

El nuevo intento se produjo en 1540 y tuvo como protagonista a Vázquez de Coronado. Mucho más ambicioso que las anteriores, logró reunir para dicha empresa a 350 españoles y a 800 indígenas mexicanos, por lo que los conquistadores se tuvieron que emplear a fondo para reunir todo el dinero posible para financiar el viaje. El mismo Coronado se vio obligado a hipotecar las posesiones de su inocente mujer, no sin antes convencerle de toda la gloria que el destino le tenía reservado para él y para todos los suyos, al estar a punto de descubrir una ciudad inundada de oro e indescriptibles riquezas. 

Con gran pompa, esta enorme comitiva se puso en marcha hacia las tierras de ese remoto e inexplorado territorio que años atrás había recorrido Cabeza de Vaca, pero a los pocos días de marcha los víveres comenzaron a escasear. Afortunadamente, en esta ocasión los castellanos habían sido más previsores que sus antecesores y por eso se hicieron acompañar de un enorme rebaño compuesto por varios centenares de bueyes, ovejas y cerdos para cuando apretase el hambre. No sin dificultades lograron llegar al fin a Culiacán, Sinaloa, para desde allí iniciar un épico viaje por el que se vieron obligados a atravesar el árido desierto de Arizona, seguidos bien de cerca por una enorme piara de gorrinos famélicos. Pero todos estos padecimientos eran necesarios para llegar al lugar de ensueño del que habían oído hablar gracias al bueno de fray Marcos. Por eso decidieron seguir andando, insensibles al calor, a la enfermedad y a los esporádicos ataques de unos nativos que los miraban con desconfianza, y los recibían a flechazos. Y por fin, lejos en el horizonte, pudieron vislumbrar eso por lo que tanto habían sufrido, las aldeas de los indios zuñi, el lugar en donde les esperaban las ciudades de Cíbola.

Cuando se acercaron descubrieron para su pesar que allí no había nada: ninguna ciudad tan bella como dos Sevillas juntas, ni grandes catedrales tocadas con hermosas cúpulas doradas y puertas de turquesa, sólo unas pequeñas casuchas hechas con barro y cubiertas de paja pobladas por unos indios con cara de pocos amigos. No había duda, el malnacido fray Marcos de Niza y los suyos les habían tomado el pelo. 

Ya no quedaba mucho por hacer, pero Vázquez de Coronado no se dio por vencido. No estaba dispuesto a volver con las manos vacías a Nueva España, para convertirse en el hazme reír de todos aquellos que vieron con incredulidad el inicio de su viaje. Tampoco le tentaba el recibimiento de su querida y arruinada esposa, cuando le comunicase que había vuelto sin encontrar ni un solo gramo de oro. Por eso decidió dividir su contingente para seguir explorando en busca de su quimera. 

Aunque pueda parecer que su aventura se terminó saldando con un absoluto fracaso, hemos de reconocer la importancia que tuvo el insigne descubridor salmantino, y su innegable influencia en la exploración de buena parte del territorio más meridional de los actuales Estados Unidos de América. Junta a su entrañable compañero, Hernando de Alvarado, recorrieron unas tierras hasta ese momento desconocidas para los europeos, siendo recordados como unos magníficos exploradores y descubridores de una extensa zona que iba desde el Gran Cañón del Colorado hasta las praderas de Kansas y Oklahoma, lugares en donde la influencia de la cultura española ha perdurada hasta nuestros días.




lunes, 9 de enero de 2017

EL TESORO DE LA IGLESIA DE PISCO



El relato basado en la existencia de un gran tesoro, cuyo origen lo tendríamos en la pequeña ciudad costera de Pisco, en Perú, no tiene una sólida apoyatura documental, por lo que en este caso su historia se confunde claramente con la leyenda. En él, todos los elementos propios de la más pura aventura de piratas, se dan la mano para conformar una narración que más se aproxima al guion de una novela o de una película, que a una historia real objeto de una investigación rigurosa, aunque como observará el lector, hay quien no opina lo mismo. 

Esta leyenda se sitúa en un contexto histórico muy concreto, durante la conocida como Guerra del Pacífico que enfrentó a Chile contra los ejércitos coaligados de Perú y Bolivia, entre los años 1879 y 1883. Los principales protagonistas son cuatro mercenarios que trabajan para el ejército peruano; uno era español (Diego Álvarez), otro inglés (Lucas Barret), también había un norteamericano (Brown) y finalmente un irlandés (Killorain). En este punto las tradiciones difieren, ya que en algunos relatos se ha llegado a afirmar que todos ellos eran australianos. Poco importa; lo realmente importante es que un día fueron conscientes de que en una iglesia situada en Pisco, se encontraba escondido un gran tesoro custodiado por varios sacerdotes jesuitas.

Aprovechando el caos producido por el decido avance de los chilenos hacia el norte, los cuatro amigos lograron embaucar al más crédulo de los religiosos, el padre Mateo. Ingenuamente, el jesuita se dejó convencer y accedió al ofrecimiento de los mercenarios para evacuar todas las riquezas hacia una ciudad más segura como Lima o el Puerto del Callao. Pero el tiempo apremiaba; la caída de la ciudad parecía inminente, y por eso pidieron a los sacerdotes que llevasen el tesoro hasta el puerto de Pisco, para embarcarlo en un navío y escapar lo más rápidamente posible del horror de la guerra. 

Cualquier tipo de remordimiento que pudiesen haber tenido ante la inminencia de su espantoso plan, se esfumó sin dejar ningún rastro cuando observaron boquiabiertos lo que el destino estaba a punto de poner entre sus manos. Ante sus ojos vieron desfilar un espectacular tesoro compuesto por 14 toneladas de oro, y varios cofres repletos de joyas y ricas piedras preciosas. 

Una vez en alta mar, los mercenarios no se lo pensaron dos veces. Con una nauseabunda frialdad pasaron a cuchillo a todos los religiosos y a los tripulantes del barco, para apropiarse del enorme botín y dirigirse lejos de la escena del crimen, hasta las lejanas islas situadas en el otro extremo del océano Pacífico. Tras un largo trayecto, no exento de dificultades, llegaron al Archipiélago Tuamotu, en la Polinesia Francesa, formado por unas 80 islas y un grupo de diminutos atolones coralinos. 

Dando gracias a la providencia por haber culminado con éxito sus fechorías, los cuatro amigos desembarcaron una gran parte del tesoro y lo enterraron junto a la laguna del atolón en donde en ese momento se encontraban. Para no olvidar el lugar exacto en donde dejaron su valiosa carga, dibujaron un pequeño croquis, algo así como un mapa del tesoro, en el que no aparecía ningún nombre. Y no por previsión ante el peligro de que cayese en manos de algún desconocido, sino porque no tenían ni la más remota idea del nombre del atolón en donde habían desembarcado. 

Este fue el motivo por el que volvieron a embarcar. Para navegar hasta la vecina isla de Katiu y preguntar al primer indígena que encontrasen, el nombre del lugar de donde venían. Esta vez la fortuna volvió a sonreírles, ya que al poco tiempo pasó un afable y hospitalario nativo que tras un cordial recibimiento les proporcionó el nombre del mismo: Pinaki. Esta palabra fue la última que dijo en su vida, porque inmediatamente los occidentales le dispararon a bocajarro para no dejar ningún tipo de testigo que pudiese poner en peligro su nueva fortuna. 

Con su secreto a salvo, Álvarez y sus hombres pusieron rumbo a Australia, con la intención de encontrar un lugar apropiado en donde celebrar por todo lo alto, ese increíble golpe de suerte que la vida les había brindado. Y así lo hicieron, porque los cuatro mercenarios dedicaron los meses siguientes a derrochar todo su oro, hasta dilapidar toda su fortuna. 

Lógicamente, ante estas adversas circunstancias, el buen entendimiento entre los cuatro amigos empezó a resquebrajarse, pero a pesar de todo lograron ponerse de acuerdo una vez más, y por eso decidieron dirigirse hacia el norte para empezar a trabajar en una mina de oro hasta que tuviesen el dinero necesario para adquirir una pequeña embarcación y regresar a por el resto de su oro. Pero las cosas no salieron como estaban previstas; definitivamente la fortuna les había abandonado y dos de ellos, Álvarez y Barret, fueron asesinados en una reyerta con unos nativos del lugar. Los otros, Brown y Killorain fueron condenados a 20 años de cárcel por la muerte de un hombre. El primero de ellos no logró sobrevivir a su condena ya que murió en la cárcel, mientras que Killorain salió de ella viejo y enfermo, para terminar su vida como un pobre vagabundo sin ninguna posibilidad de recuperar su añorado oro. 

En estos momentos entra en escena un nuevo personaje llamado Charles Howe que a partir de ahora se ve involucrado en la búsqueda del tesoro maldito. Transcurría el año de 1912 en la ciudad de Sídney. Una noche de lluvia y de viento huracanado, un pobre y desamparado anciano llamó a la puerta de una pequeña casa para pedir cobijo. Necesitaba refugiarse de una implacable tormenta que azotaba ferozmente a todos aquellos que no tenían un lugar en donde guarnecerse. Afortunadamente, el propietario del inmueble, un colono llamado Howe, le acogió bondadosamente, ofreciéndole una generosa cena y un sitio para dormir. Killorain nunca olvidó aquel gesto y por eso cuatro meses más tarde, el colono recibió un extraño mensaje desde el hospital de Sídney, en el que se le suplicaba su presencia. 

Una vez allí, Howe se encontró con el viejo vagabundo al que había acogido esa terrible noche, unos meses atrás. Le reconoció de inmediato, era Killorain, y cuando quedaron solos le contó una historia increíble que no pudo olvidar jamás. Ese pobre diablo decía ser el único superviviente de un grupo de ladrones, que años atrás habían robado uno de los tesoros más valiosos del mundo y por lo tanto sólo él conocía su paradero. Sin nadie más al que confiar su secreto, el irlandés le narró toda la historia a Howe, y poco tiempo después murió en la más absoluta indigencia. El colono decidió jugárselo todo a una carta, estaba dispuesto a conocer la verdad de este apasionante misterio, y por eso vendió todas sus propiedades para zarpar rumbo a Tahití, para desde allí llegar al atolón de Pinaki en febrero de 1913. 

En este apartado lugar excavó durante 13 años hasta darse cuenta de su error y trasladarse hasta un atolón cercano conocido como Raraka, en donde supuestamente encontró el enorme botín tal y como le había dicho el antiguo mercenario mucho tiempo atrás. Pero en su situación no podía ni siquiera plantearse la posibilidad de trasladar todo ese tesoro hasta un lugar seguro, para poder disfrutarlo durante el resto de su vida. Decidió, en cambio, extraer una pequeña parte para poder organizar una nueva expedición y regresar más adelante, y así convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo. En 1932 regreso a Australia, pero cuando ya lo tenía todo preparado desapareció de la faz de la Tierra, sin que nadie volviese a saber nada más de él.

Dos años después un nuevo explorador recogió el testigo. George Hamilton, un perfecto desconocido, consiguió, no se sabe muy bien cómo, apropiarse de los planos y apuntes de Howe. Con toda la información en su poder, regresó al atolón para continuar con la búsqueda mediante la realización de una serie de perforaciones en la laguna. Pero el titánico esfuerzo del investigador nunca tuvo recompensa, ya que las corrientes de agua volvían a cubrir con arena las fosas que acababa de excavar. Al final no tuvo más remedio que darse por vencido, y por eso abandonó las exploraciones con la intención de volver a intentarlo cuando las circunstancias se lo permitiesen. 

Pero no fue él, sino un descendiente suyo, el que volvió a intentarlo en el año 1994. La expedición de este nuevo Hamilton es la primera de la que tenemos noticias y referencias seguras, pero de nuevo la suerte le fue esquiva quedándose sin conocer la verdad sobre esta lejana historia cuya realidad se confunde con la leyenda. 

Información extraída de mi libro: Grandes tesoros ocultos. Editorial Nowtilus, Madrid, 2015.