ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: febrero 2017
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viernes, 24 de febrero de 2017

LA LOCA HISTORIA DE LA BÚSQUEDA DEL ARCA DE LA ALIANZA.



En Operación trompetas de Jericó traté de exponer nuevas hipótesis sobre la naturaleza y el lugar en donde pudo quedar oculta el Arca de la Alianza, pero alejándome de planteamientos esotéricos y sensacionalistas. Sorprendentemente, durante mi estudio descubrí que esta mítica reliquia fue buscada por todo tipo de farsantes e iluminados, e incluso por un grupo de extraños investigadores que quisieron relacionar el estudio de este objeto de culto de tradición veterotestamentaria con seres extraterrestres procedentes de otros mundos. 

Una febril imaginación llevó a muchos de los denominados astroarqueólogos a proponer la intervención de los extraterrestres para explicar los poderes que desde el principio tuvo el Arca. En su opinión, esta terrible máquina fue concebida como un potente condensador eléctrico e incluso como un arma nuclear, cuya naturaleza sólo podía ser explicada «satisfactoriamente» recurriendo a los susodichos alienígenas.

Lo que ni siquiera ellos pudieron imaginar fueron los motivos por los que estos seres de otros mundos, no tuvieron mejor cosa que hacer que emprender un viaje interestelar para entregar el Arca a los israelitas y así ayudarlos en su huida de Egipto. Es por este motivo por el que no tardaron en aparecer nuevas y sorprendentes teorías de autores que dejaron con la boca abierta a los más serios estudiosos de este gran misterio del pasado, que por una u otra causa habían invertido su vida en el estudio del Arca de la Alianza.

Uno de estos astroarqueólogos fue el ingeniero George Sassoon, autor en 1978 del libro La cábala descifrada, en el que afirma, sin ningún tipo de lógica, que Yahvé era en realidad un extraterrestre y que si vino a la Tierra era porque necesitaba crear una élite tremendamente cualificada para que tuviese una enorme influencia cultural y de esta forma intentar mejorar la sociedad terrenal. Ese fue el motivo por el que Yahvé, que no era más que una especie de ET, pero con mucha más mala idea, salvó a un pequeño grupo de habitantes semitas oprimidos en Egipto, para posteriormente someterlos a toda clase de penurias por el desierto, antes de conquistar su nuevo reino con la ayuda de su incomparable utensilio procedente del espacio profundo. Leer para creer. Antes que él, el célebre escritor Erich von Daniken ya había abierto el camino a esta presunta participación de una civilización alienígena en la construcción del Arca en su obra de 1968, Recuerdos del futuro. En ella afirma que, sin duda, el Arca del Testamento estaba cargada eléctricamente y que el condensador estuvo formado por láminas de oro. Según él, si uno de los querubines sobre el revestimiento hubiese funcionado como magneto, el sistema de altavoces, tal vez un circuito radiofónico entre Moisés y una supuesta nave espacial que estaría orbitando la Tierra, habría sido perfecto. Dicho de otra manera: el Arca fue efectivamente una especie de emisora, pero no para hablar con Dios, sino con los marcianos. Lo más gracioso de todo es que Von Daniken propuso esta teoría para dar sentido y ofrecer una explicación lógica al enigma de la reliquia y sus presuntos poderes sobrenaturales. Pero los ufólogos no habían dicho la última palabra.

Un nuevo investigador, el exjesuita Salvador Freixedo, aseguró haber salido al rescate de la credibilidad de la Biblia como libro histórico cuando dijo que los estudiosos como él no tenían problemas para entender todo lo que se decía sobre Moisés y el Arca en el Génesis, el Éxodo y el Deuteronomio, gracias a su estudio del fenómeno OVNI. Otros autores como Raymond Drake, en su obra de sugerente nombre Dioses y astronautas en el antiguo Israel, señalan que la historia de la liberación de un pueblo oprimido por un héroe iniciado por Dios, con increíbles prodigios como los que se narran en la Biblia, no puede ser explicada por la teología o por los rabinos judíos, sino por la ciencia del espacio y por la existencia de los OVNIS que aún hoy siguen rondando por el firmamento. A partir de entonces el estudio del Arca entró de lleno en el campo de una nueva disciplina con cada vez más adeptos: la ufología. Uno a uno, los investigadores del fenómeno OVNI empezaron a utilizar los hechos transmitidos en la Biblia relacionados con el Arca y Moisés para presentar unas pruebas, que sólo ellos consideraban irrefutables, y que para colmo permitirían confirmar los contactos con seres de otros planetas desde nuestros más remotos orígenes históricos. Uno de estos episodios se produjo cuando los israelitas trataron de abrirse paso por las aguas del mar Rojo, para escapar de la persecución a la que se vieron sometidos por parte del ejército del faraón después de abandonar Egipto. De esta forma, muchos de estos especialistas aseguraron que la milagrosa apertura del mar fue fruto, simple y llanamente, de la existencia de una tecnología superior de origen foráneo. Para ellos, una supuesta nave extraterrestre podría haber dirigido un haz de antigravedad para dividir las aguas y permitir el paso de los oprimidos hebreos. Cuando estos ya estaban en la otra orilla, los extraterrestres cortaron la fuerza de atracción, por lo que las enormes murallas de agua volvieron a caer, sepultando de esta manera al ejército egipcio, que nunca pudo comprender por qué esos malditos marcianos la habían tomado de esta forma con ellos.

Aunque me resultase increíble, aún me quedaba por oír la más extraña hipótesis que relacionaba el estudio del Arca con la llegada de nuevos seres procedentes de otros mundos, pero esta vez a la hora de interpretar el insólito alimento con el que los israelitas se alimentaron durante su larga estancia en el desierto: el maná.

Según la Biblia, este sería parecido a la semilla de cilantro blanco, pero con un sabor tan dulce como la miel, y cuya obtención sólo fue posible gracias a la generosidad de Yahvé, que si bien se había empeñado en mantener a su amado pueblo peregrinando sin rumbo fijo durante cuarenta años en condiciones climáticas extremas, bien es cierto que por lo menos se preocupó de su subsistencia. Lo realmente curioso es que los investigadores del fenómeno OVNI relacionaron la existencia del maná con una especie de singular máquina que sería, en última instancia, la que fabricó tan digno alimento. De nuevo, el ingeniero George Sassoon volvió a la carga para ofrecer una explicación asombrosa sobre el proceso de elaboración de un producto que él consideraba una especie de proteína unicelular creada mediante un sistema de fermentación que requirió de una fuerte luz parecida al láser. Por supuesto, el investigador no dudó en plantearse la existencia de este tipo de tecnología para el segundo mileno a. C. (ahí no tuve más remedio que darle la razón), por eso terminó recurriendo a la presencia de sus amados extraterrestres para dar sentido al nuevo «misterio». En este sentido, autores como Raymond Drake llegaron a afirmar que las naves espaciales, desde tiempos remotos, arrojaron una sustancia blanca que se sintetizaba en la atmósfera cuando entraba en contacto con ella. Y por si esto fuera poco, aún tuvo la valentía de ofrecer una referencia histórica para validar su teoría. Según Drake, los antiguos griegos ya conocían esta sustancia, pero ellos con el nombre de «ambrosía de los dioses». Obviamente, los estudiosos serios del pasado israelita no tardaron en poner el grito en el cielo como consecuencia de la proliferación de todas estas majaderías que más de uno quiso creerse. Pero a mí lo que más me costó asumir, no fue el hecho que los marcianos estuviesen detrás de alguno de estos acontecimientos, sino que los israelitas tuviesen el estómago y las ganas de comerse una cosa tan repugnante como narraban estos estudiosos de «otros mundos».

Es más, un nuevo investigador llegó a afirmar que Moisés, al que supuso con evidentes problemas visuales, creyó ver una zarza ardiente mediante la cual Yahvé le anunció su misión, cuando realmente era una nueva nave espacial que se había posado sobre la montaña, y cuya luz provocó el deslumbramiento del gran legislador judío. Estaba claro que sobre la naturaleza del Arca se habían dicho muchos despropósitos, por eso no tardó en aparecer una nueva corriente para tratar de poner orden en este enorme galimatías que en buena medida había desvirtuado el estudio de la misma. Este fue el motivo por el que traté de proponer una nueva visión del Arca, basándome en los pocos datos que tenemos sobre ella: una reliquia que deberíamos interpretar como lo que realmente tuvo que ser, un objeto de poder con un evidente significado religioso, cuya naturaleza le hizo convertirse en una de las piezas más codiciadas y buscadas de todos los tiempos. De lo que no tenía ningún tipo de duda era sobre el contexto claramente egipcio en el que se produce la aparición de esta pieza.

 Es en este lugar en donde decidí centrar mis investigaciones…