ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: marzo 2017
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miércoles, 22 de marzo de 2017

JOAQUÍN COSTA Y EL REGENERACIONISMO ESPAÑOL





La pérdida de los últimos territorios de  nuestro imperio colonial después de la injusta guerra contra los EEUU en 1898, no supuso un desastre para la economía española ya que, en términos generales, se pudieron emprender importantes reformas que posibilitaron el saneamiento de la Hacienda, al mismo tiempo que se produce una repatriación de capitales y el mantenimiento de los mercados latinoamericanos. La pérdida de Cuba y Filipinas provocó, en cambio, una conmoción inmensa y una crisis de nuestra conciencia nacional, expresada en la obra de autores como Unamuno o Baroja, que empujó a un grupo de intelectuales a denunciar las contradicciones del régimen político español basado en el sistema de la Restauración, caracterizado por la alternancia en el poder de las dos ramas principales del liberalismo (moderados y progresistas) mediante una serie de prácticas que obstaculizaron la consolidación de un régimen político estable.

Las propuestas de reforma y de modernización política se desarrollaron en torno al movimiento regeneracionista, cuyos integrantes atacaron con vehemencia las injusticias del régimen oligárquico de la Restauración, en el que la voluntad popular había sido anulada mediante el caciquismo y la enorme influencia que la nobleza, el clero y el ejército seguían teniendo en nuestro país. De esta forma se recuperaba la ancestral preocupación patriótica por los males que aquejaban a España, expresada en el siglo XVII por los arbitraristas y posteriormente por los ilustrados españoles en el contexto del reformismo borbónico. El intento de identificar de forma objetiva las causas de la decadencia española a finales del XIX estuvo claramente influenciado desde el punto de vista ideológico por el krausismo y por la Institución Libre de Enseñanza, cuyos principios básicos giraban en torno a la necesidad de impulsar el espíritu crítico frente al dogmatismo, la libertad ideológica, el humanismo y el fomento de la cultura sin restricciones sociales.

Aunque la eclosión del movimiento se produce tras el desastre del 98, los orígenes del regeneracionismo son anteriores, pudiendo rastrearlo en una serie de artículos publicados en revistas de amplia difusión como La España Moderna, de tendencia europeísta y preocupada por superar el carácter conservador de la sociedad española, en la que colaboraron figuras de la talla de Ramiro de Maeztu o Miguel de Unamuno. Este último autor también participó de forma activa en la revista Germinal, junto a escritores de la talla de Azorín, expresando su rebeldía frente a los valores establecidos. Otra de las revistas fundamentales para comprender la génesis del regeneracionismo, y su naturaleza como un movimiento transversal y abierto a distintas ideologías, fue Alma Española, cuyo camino se inició con un artículo de Benito Pérez Galdós sobre la necesidad de renovar la España de la Restauración, participando en ella autores tan relevantes como Eduardo Dato, Santiago Ramón y Cajal, Pablo Iglesias, el Conde de Romanones, Vicente Blasco Ibánez, Miguel de Unamuno y un joven Joaquín Costa que, desde entonces se convertirá en el máximo exponente del movimiento regeneracionista.

 Joaquín Costa Martínez nació en la localidad de Monzón el 14 de septiembre de 1846, en el seno de una familia de medianos propietarios agrícolas, aunque muy pronto abandonó sus labores en el campo para trasladarse a Graus e iniciar sus estudios en la cátedra de Latinidad. Este fue el primer paso de una carrera ejemplar como político, jurista, profesor, escritor, economista e historiador, y todo ello a pesar de sus humildes orígenes, en una España acaudillada por una élite privilegiada que se empeñaba en obstruir el progreso de aquellos que no formaban parte de las clases dirigentes.

Su camino estuvo entorpecido por demasiadas adversidades, pero todas ellas fueron superadas gracias a su esfuerzo y brillantez, llegando a ejercer en la década de los setenta como profesor auxiliar en la Universidad Central, cargo al que renunció como protesta por la política educativa de la Restauración. Desde ese momento su participación en la Institución Libre de Enseñanza, junto a Francisco Giner de los Ríos, se hizo más activa, llegando a dirigir su Boletín, al mismo tiempo que intensifica sus estudios en el ámbito geográfico, mostrándose partidario de fomentar el conocimiento del medio para impulsar la actividad comercial y la regeneración nacional. En cuanto a la Historia, su interés se orientó hacia el estudio de la mitología celtíbera y las raíces populares del derecho consuetudinario español, publicando diversos artículos en la prestigiosa Revista de España, lo que le valió ser nombrado miembro de la Real Academia de la Historia en el 1890. Su vertiginoso ascenso no parecía tener fin, porque poco después ingresó en el Cuerpo Superior de Abogados del Estado, aunque una de estas adversidades a las que hacíamos referencia estuvo a punto de separarle de la vida pública.

Siendo aún muy joven, empezó a manifestarse en su brazo derecho una distrofia muscular que le obligó a recluirse en su amado Graus, aunque Costa no se mostró dispuesto a perder el tiempo y por eso empleó sus escasas fuerzas en organizar la Liga de Contribuyentes de Ribagorza, un movimiento político pero con evidentes connotaciones sociales en la que empezaba a detectarse el interés de Costa por superar las injusticias y las malas condiciones de vida del campesinado español mediante el progreso y la potenciación de la producción agraria, abogando por el incremento del regadío y la construcción de obras hidráulicas.

Tras su provechosa experiencia en el Alto Aragón, en donde pudo comprobar de primera mano las necesidades de la España real, regresó a Madrid en 1893 para ocupar una plaza de notario. Fue en estos momentos cuando empezó a dar forma a su gran obra, Colectivismo agrario, publicada en el fatídico año de 1898, en la que rechaza fervientemente las consecuencias de la política desamortizadora por provocar la desaparición de los sistemas de propiedad comunales, necesarios según él, para mejorar la situación del campesinado español, seriamente perjudicado por la aplicación de las políticas liberales y el aumento de poder de los grupos privilegiados al ser los únicos que pudieron acceder a la posesión de la tierra. En la capital también recupera Costa su actividad política, integrándose en la Unión Nacional, un partido opuesto al caduco sistema canovista, pero cuyas contradicciones le llevaron a abandonar la directiva del mismo para perseguir su sueño de crear un partido de intelectuales desde el que aplicar sus políticas regeneracionistas, con las que pretendía denunciar la falta de patriotismo de los españoles, nuestro desprecio de lo propio y la ausencia del interés común. 

En el pensamiento de Costa se observa una mezcla de elementos universales con otros de clara inspiración localista. En sus escritos se mostró convencido de la necesidad de europeizar España, orientando nuestros recursos hacia la mejora de la educación, la investigación científica y la colonización interior. También fue sensible hacia las necesidades vitales de los más desfavorecidos, abogando por el abaratamiento de la carne y el pan y por la supresión de las leyes desamortizadoras para proporcionar tierras en posesión perpetua para el pequeño campesinado español. Como jurista defendió la modernización de nuestro poder judicial para garantizar una auténtica división de poderes y el desarrollo de una legislación laboral que proporcionase seguridad a la clase obrera. Frente a estas medidas claramente progresistas, Costa también abogó por la necesidad de preservar nuestras tradiciones e identidad como país, otorgando a su pensamiento ese carácter transversal que recibió el apoyo de intelectuales y políticos con diversas sensibilidades. Uno de ellos fue Azaña, que definió al pensador aragonés como un hombre conservador, pero comprometido con la mejora y el progreso de su país.

Sus creencias recibieron el apoyo de grandes figuras de nuestra cultura como Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán o Miguel de Unamuno, pero sus constantes críticas al sistema de la Restauración supusieron su marginación en el sistema y como consecuencia su fracaso en la política. Desencantado con la clase política y sus máximos representantes, Joaquín Costa decidió volver a su amado Graus, para pasar los últimos años de su vida colaborando en la publicación comarcal El Ribagorzano, pero sin perder la oportunidad de abandonar temporalmente su refugio para despotricar contra todos aquellos que pretendían relegarlo al olvido. Curiosamente, en estos últimos años vio la luz su obra Política hidráulica, en la que plantea la necesidad de estimular los planes de regadío tanto en Aragón como en el resto de España, y que con el paso del tiempo supondrá su gran batalla ganada después de su muerte, acontecida el 8 de febrero de 1911. La desaparición del literato, político e historiador aragonés vino acompañada por un grito de alabanza que como siempre en este país, llegó tarde para un personaje cuya tolerancia se vio reflejada en unos ideales que fueron recogidos posteriormente tanto por políticos conservadores como Antonio Maura y Antonio Silvela, como por otros liberales y progresistas, entre ellos José Canalejas y el mismo Azaña.


Su mensaje regeneracionista y conciliador fue continuado por escritores y pensadores como Ramiro de Maeztu, Pere Corominas, Juan Pio Membrado Ejerique y José Ortega Gasset, pero la fractura social en la Europa de los años treinta provocada por la consolidación del extremismo ideológico, junto al estallido de la Guerra Civil española pusieron el punto final a un movimiento regeneracionista cuya naturaleza se puede resumir en la famosa frase de Costa: Escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid.

JUAN LUIS VIVES. EL GRAN HUMANISTA ESPAÑOL.



A principios del siglo XX Albert Schweitzer, un teólogo alemán, ganador del prestigioso premio Nobel de la Paz del año 1952, escribió una obra (Historia de la investigación de la vida de Jesús) en la que intentaba demostrar que la imagen de Jesucristo era fruto de los ideales, intereses y anhelos de unos teólogos que habían proyectado sus deseos, de forma ingenua pero también interesada, para tratar de reconstruir la biografía del Jesús histórico. Para el alemán, Jesucristo habría anunciado la llegada del Reino de Dios, proponiendo una ética radical basada en la fraternidad, el perdón y la comunión de bienes, pero su proyecto fracasó, motivo por el cual, sus discípulos terminaron creando una Iglesia que, progresivamente, fue abandonando los principios éticos de Jesús, para terminar pactando con los poderes que le habían condenado. 

De esta forma, Schweitzer reconoció el papel de la Iglesia para mantener el recuerdo del Mesías, aunque para él, los verdaderos transmisores de su obra fueron los partidarios de un nuevo sistema caracterizado por el apoyo a los grupos sociales más desfavorecidos, y por supuesto, los que se alinearon a favor de concordia, la fraternidad y el perdón de los pecados, lejos de unas jerarquías eclesiásticas asociadas a los poderes políticos y a los grupos económicos privilegiados. 

Así, Schweitzer recuperaba los ideales del humanismo renacentista europeo y su interés por reformar una Iglesia que ellos consideraban una institución, cuyo único objetivo era ayudar a los hombres, recuperando el mensaje de los primeros cristianos y evitando las devociones desmedidas y las formas eclesiásticas tradicionales. De entre todos estos humanistas, destacó el español Juan Luis Vives, el cual pasó a la posteridad por ser el primer pensador que trató de llevar a la práctica un servicio organizado de asistencia social y por lo tanto por ser un auténtico precursor de lo que más tarde serán los servicios sociales en los países de la Europa Contemporánea. 

Miguel Vives nació en la ciudad de Valencia el 6 de marzo de 1492. A pesar de pertenecer a una familia de ricos comerciantes hebreos, obligados a convertirse para no ser expulsados del reino, su infancia no fue del todo tranquila, porque siendo sólo un niño, la Inquisición descubrió a su familia en una sinagoga practicando la liturgia judía. El inicio del proceso inquisitorial contra los suyos no le impidió a Vives el acceso a la Universidad de Valencia, en donde permaneció desde el año 1507 hasta el 1509, iniciándose en los estudios de Gramática, pero la muerte de su madre, unida a la preocupación de su padre por el cariz que estaba tomando el juicio inquisitorial, provocó la marcha de Vives hacia un país extranjero, para mantenerse lejos de un problema que amenazaba a todos los miembros de su propia familia. 

En otoño de ese mismo año, Juan Luis Vives viajó hasta la prestigiosa Universidad de la Sorbona en París. Allí terminó sus estudios y alcanzó el grado de Doctor, para después trasladarse hasta Brujas, ciudad en la que estaban asentadas algunas familias de mercaderes valencianos, entre ellas la de Margarida Valldaura, con la que contrajo matrimonio. En esta bella localidad flamenca, Vives fue nombrado preceptor de Guillen de Croy (más tarde arzobispo de Toledo) y poco después pasó a formar del cuerpo de profesores de la Universidad de Lovaina, en donde trabó sincera amistad con el influyente humanista Erasmo de Rotterdam. 

A pesar de sus preocupaciones por la delicada situación en la que se encontraba su padre en España, su carrera siguió progresando. En 1521 Juan Luis Vives conoció a Tomas Moro en Brujas, ciudad en donde estaban reunidos Carlos V y el Cardenal Wolsey, y posteriormente se convirtió en preceptor de la princesa María de Inglaterra, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, labor que compaginaba con sus clases de humanidades en la universidad de Oxford. Nada parecía contrariar la suerte de un hombre cuya fama se propagó por las ciudades de media Europa, pero muy pronto el destino de Vives empezó a ensombrecerse. 

En 1525, Enrique VIII se enamoró perdidamente de Ana Bolena, en la que buscó consuelo por la incapacidad de Catalina de Aragón para darle un hijo varón. Se inició entonces un proceso por el que el rey inglés trató de conseguir la nulidad matrimonial, que a la postre se convirtió en la excusa perfecta para la ruptura con el Papado. Como no podría haber sido de otra manera, Vives apoyó desde el principio a Tomas Moro y a la reina, razón por la que fue obligado a abandonar Inglaterra para volver a Brujas, en donde retomó sus contactos con el gran Erasmo y dio inicio a su época de mayor fecundidad literaria. 

La tranquilidad de Vives no duró mucho tiempo, porque la desgracia y la injusticia no tardaron en golpear con fuerza a un hombre que hasta ese momento se había entregado a la causa del humanismo. En 1526 recibió la terrible noticia de la muerte de su padre, quien después de un largo y deshonroso juicio fue condenado y quemado en la hoguera por sus prácticas judaizantes. No contentos con semejante atrocidad, el tribunal inquisitorial ordenó desenterrar a la madre de Juan Luís Vives, fallecida en el 1508, para quemar sus restos mortales en el año 1529. 

La muerte de su padre, y el denigrante trato que había recibido su añorada madre, provocaron una fuerte depresión anímica en el sabio español. Su salud pronto acabó resintiéndose pero aun así, Juan Luis Vives no abandonó su empeño de luchar por aquello en lo que él siempre había creído. Durante una nueva estancia en Brujas escribió su Tratado del socorro de los pobres, en la que refleja su sincera conciencia social al exigir ayuda económica y humana para los pobres, especialmente por parte de aquellos que habían recibido el mandato de ponerse de parte de los más desfavorecidos. También abordó la necesidad de renovar la pedagogía, convirtiéndose en un reformador de la educación europea y en un filósofo moralista con un enorme reconocimiento a nivel internacional, destacando su empeño por adaptar el latín de los textos medievales a un lenguaje más moderno y asequible para los estudiantes.

Su debilitamiento físico se hizo más evidente cuando empezó a sufrir continuos dolores provocados por una úlcera estomacal, acompañados por terribles dolores de cabeza que se agravaron después de conocer la condena a muerte a la que fue sometido su gran amigo Tomás Moro, por oponerse al divorcio del rey inglés con Catalina de Aragón. Para colmo de males, su situación económica empezó a resentirse progresivamente, lo que le llevó a buscar la protección de Carlos V, a quién terminó dedicando su obra De concordia et discordia in humano genere, en la que expone su talante conciliador, moderado y comprensivo, dentro del humanismo católico, de la que es considerado su máximo representante, para hacer frente a los extremismos ideológicos que al final provocaron el estallido de las Guerras de Religión en la Europa del siglo XVI. 

Los años fueron pasando, y su salud ya nunca mejoró. Los dolores provocados por la artrosis que padeció durante los últimos años de su vida le mantuvieron postrado en su lecho hasta el día 6 de mayo de 1540, en el que Vives moría en su casa de Brujas sin abandonar su sueño, compartido con Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro, de ver a una Iglesia en la que él seguía creyendo, recuperando los principios a la que había sido llamada y al servicio de los que más la necesitaban.

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA EN HISPANIA.


Hace más de dos mil años, dos grandes potencias, Roma y Cartago, se enfrentaron en una lucha a muerte por conseguir la hegemonía en el Mediterráneo. La magnitud de recursos utilizados, así como la variedad de los espacios geográficos en donde se luchó, son motivos suficientes para considerar a esta contienda como la auténtica primera gran guerra mundial de la Historia. Como comprenderá el lector, la Península Ibérica tuvo un papel protagonista. 



Recientemente saltó a los medios de comunicación una noticia que logró maravillar a todos aquellos amantes de la historia de nuestro pasado. En la ciudad de Cartagena, después de una larga búsqueda, se había logrado por fin identificar el lugar exacto en el que en su día estuvo el palacio de Asdrúbal. Éste fue un personaje fundamental para comprender los acontecimientos que siguieron al estallido de la Segunda Guerra Púnica, uno de cuyos escenarios más importantes estuvo en España y que, según todos los historiadores, tuvo una importancia capital para decidir un conflicto con el que se dirimió el destino del mundo antiguo. 

Todo empezó en el año 219 antes de Cristo, cuando otro general cartaginés, Aníbal, decidió dar un paso adelante y tomar la estratégica ciudad levantina de Sagunto. Esa tenía que ser la excusa perfecta para forzar a los romanos a declarar una guerra que él deseaba más que nadie. La humillante derrota sufrida por Cartago en ese primer conflicto que enfrentó a las dos potencias mediterráneas entre el 264 y el 241 antes de Cristo, no podía ser olvidada, y ahora había llegado el momento de cobrarse justa venganza. 

En este sentido, la Península Ibérica se había convertido en una excelente reserva en donde los cartagineses pudieron adquirir nuevos recursos para tratar de recuperar su maltrecha economía. Además, en la mente de Aníbal estas tierras debían de convertirse en una inmejorable base de operaciones desde donde atacar a su odiado enemigo, y por eso los romanos siempre consideraron a España como el lugar en donde, con toda seguridad, se iban a producir las batallas más importantes en este conflicto que, salvando las distancias, muchos han considerado como la primera gran guerra mundial de la Historia. 

Así lo siguieron considerando cuando, en contra de todo pronóstico, Aníbal encabezó una épica marcha con un enorme ejército compuesto por más de 40000 hombres que tras atravesar los Alpes cayó, de forma imprevista, sobre una indefensa Italia que a partir de ese momento se dispuso a sufrir para sobrevivir a tan ardua prueba. Pero a pesar de todo, los romanos no se olvidaron de la Península Ibérica, incluso cuando la misma Roma llegó a peligrar ante el imparable avance de Aníbal por la Península Itálica. Por eso el Senado no dudó en enviar a Cneo Cornelio Escipión hacia España, al mando de una poderosa flota y un ejército compuesto por dos simples legiones que poco podían hacer frente a las fuerzas de Cartago que por aquel entonces alcanzaban los 26000 hombres. Tras desembarcar en Ampurias, Cneo Cornelio Escipión emprendió una rápida marcha para derrotar al pequeño contingente de Hannón y posteriormente ocupar la ciudad de Cesse, la futura Tarraco, por lo que se restableció la zona de influencia romana al norte de río Ebro. Esto es algo que no podían permitir los cartagineses, por eso enviaron una escuadra compuesta por 40 navíos hacia la zona de la desembocadura del Ebro, para ser nuevamente derrotados por unos romanos que desde ese momento se aseguraron el control del mar. Esta victoria animó a los senadores romanos, por eso hicieron un nuevo esfuerzo enviando al hermano de Cneo, Publio Cornelio Escipión, con una nueva flota de más de 30 navíos y otros 8000 hombres para reforzar la posición de Cneo que ya miraba descaradamente hacia el sur de sus posiciones originales. 

Es en estos momentos cuando se produce un episodio que se nos antoja fundamental para comprender el resultado de la contienda, cuando el gobierno cartaginés decidió enviar unos refuerzos que tenían preparados para ir a Italia con el objetivo de ayudar a un Aníbal, que acababa de infligir una importante derrota al ejército romano en los campos de Cannas. Según Tito Livio, este contingente estaba formado por 12000 infantes, 1500 jinetes, 20 elefantes y 60 barcos, dirigidos por Magón, que desde ese momento empezaron a recuperar el terreno perdido a pesar de los esfuerzos de los Escipiones por no verse desalojados del solar ibérico. Derrotados en Italia, los romanos sabían que su única posibilidad de supervivencia residía en frenar la acometida púnica, para así evitar que Aníbal pudiese abastecerse desde la lejana Hispania. Pues bien, el año 211 antes de Cristo los dos hermanos se pusieron nuevamente en movimiento, aprovechando que el ejército cartaginés se encontraba dividido para tratar de aplacar una revuelta de los pueblos indígenas en el sur peninsular. Publio Cornelio Escipión asumió la responsabilidad de dirigir a las dos terceras partes del ejército para atacar contundentemente a los contingentes dirigidos por Magón y por Asdrúbal Giscón, mientras que Cneo, con el tercio restante apoyado por los mercenarios celtíberos marchó contra Asdrúbal. 

En ese momento se produjo la fatalidad. Cuando todo parecía propicio para las armas romanas, el poderoso Asdrúbal consiguió, en el último momento atraerse el favor de los celtíberos, por lo que Cneo se vio obligado a recular hasta hacerse fuerte en un montículo cercano a la localidad de Ilorci. Al mismo tiempo, Publio a duras penas podía mantener sus posiciones, más aún, cuando los númidas llegaron en apoyo de los cartagineses, forzando al romano a presentar batalla para sufrir una apabullante derrota en la ciudad de Cástulo, en donde el general romano perdió la vida. La unión de todos los ejércitos púnicos, terminó por estrechar el cerco de Cneo que vio cómo su ejército era totalmente destruido antes de morir a manos de sus enemigos. 

El final parecía cercano, pero como una y otra vez demostraron durante su dilatada historia, los romanos se dispusieron a resistir. Además, el nombramiento de un nuevo comandante en jefe, Publio Cornelio Escipión, hijo del anterior, y que más tarde fue llamado El Africano, les permitió a los romanos restablecer la situación en la Península Ibérica. Al mando de 10000 legionarios, y apoyado por un importante contingente de caballería, Publio desembarcó en Ampurias para posteriormente dirigirse hasta Tarraco e iniciar una campaña que le permitió recuperar la hegemonía al norte del río Ebro. Pero no contento con ello, planificó una nueva operación que a la postre resultó decisiva para explicar el éxito de los romanos en esta larga Segunda Guerra Púnica. 

Consciente como era de la necesidad de contar con bases seguras desde las que presionar las posiciones cartaginesas en el sur de España, Publio tuvo la osadía de planificar la conquista de una ciudad que se consideraba inexpugnable: Cartago Nova. Gracias a un esplendida operación combinada, Publio logró plantarse ante las mismas puertas de Cartago Nova, sin que los ejércitos púnicos – el más cercano se encontraba en la Carpetania – se diesen cuenta del peligro que suponía perder este estratégico enclave. Mientras la flota romana tomaba posiciones alrededor de lo que hoy es Cartagena, Publio ordenó un ataque casi temerario contra el trecho de la muralla que protegía el istmo que daba acceso a la ciudad. Esto obligó a la guarnición cartaginesa a tomar posiciones justo en este mismo lugar. Pero en ese mismo momento, se produjo un hecho que los romanos habían previsto anteriormente. Las aguas del lago que rodeaban Cartago Nova, empezaron a descender como consecuencia de un fuerte viento que soplaba hacia el mar, situación que aprovecharon los atacantes para acceder hasta el interior de la ciudad utilizando unas largas escaleras de asedio. Ya era muy poco lo que podían hacer los cartagineses, que vieron con sus propios ojos como los defensores de la plaza eran masacrados mientras Cartago Nova era saqueada para conseguir un inmenso botín.

A partir de ese momento, los púnicos adoptaron una actitud claramente defensiva, tanto en Italia, en donde Aníbal no conseguía los apoyos necesarios para estrechar el cerco sobre Roma, como en España. Aquí, tras la caída de Cartago Nova en el 209 antes de Cristo, el camino hacia el valle del Guadalquivir y hacia la estratégica zona minera de Cástulo se mostraba expedito para una nueva ofensiva del aguerrido Publio que una y otro vez fue derrotando a los cartagineses hasta obligarlos a presentar batalla en la localidad de Carmona. Hasta allí llegó el romano al mando de unos 50000 hombres, forzando a Asdrúbal Giscón a avanzar desde Gades – la actual Cádiz – para frenar la imparable progresión del Escipión. Tras unas jornadas en las que predominaron las simples escaramuzas, el romano ordenó un ataque frontal ante un enemigo fabulosamente atrincherado. Una posición como esa parecía difícilmente superable, y por eso Escipión tomó una decisión más que arriesgada. En un último momento sorprendió a todo su estado mayor, al colocar a los contingentes iberos en el centro de la formación, mientras que lo mejor de su ejército se concentraba en las alas. Con ellas inició el ataque contra las alas de los cartagineses, mientras que el centro de la formación púnica, en donde se concentraba lo más fuerte de su ejército, nada podía hacer para no dejar desguarnecida la línea defensiva de unos desesperados cartagineses que observaban apesadumbrados, como los mejores soldados romanos se batían contra los más débiles del ejército púnico, sin que pudiesen hacer nada para remediarlo. 

La victoria romana fue total. Gades, que lo vio todo perdido, rompió todas sus alianzas con Cartago y abrió las puertas de la localidad a los ejércitos romanos, poniendo fin a la presencia de los cartagineses en España. Aníbal, que lo vio todo perdido, decidió abandonar Italia para presentar batalla a las legiones romanas que habían desembarcado en África, pero nada pudo hacer. Cartago iba a perder la guerra, dejando a Roma como potencia hegemónica en el Mediterráneo y dueña de un destino que le terminó convirtiendo en la civilización más influyente de la Historia de la humanidad; y todo ello después de un largo y sangriento conflicto, cuyos episodios más importantes se dieron en España.

BLAS DE LEZO. EL HOMBRE QUE DERROTÓ A INGLATERRA.


Después de la Guerra de Sucesión, Inglaterra trató de apoderarse de unas tierras que durante siglos habían pertenecido a la monarquía hispánica. Esta es la historia de Blas de Lezo, uno de los más brillantes y audaces militares españoles cuyo heroísmo puso contra las cuerdas al poderoso imperio inglés. 


A principios del siglo XVIII, España se esforzaba por mantener su hegemonía en el Nuevo Mundo. El final de la Guerra de Sucesión había supuesto la liquidación del imperio europeo y por eso la monarquía borbónica centró su atención en los magros beneficios, que sus posesiones americanas podían ofrecer a una España que llevaba setenta años en claro declive. En este contexto, los ingleses no podían dejar pasar la oportunidad de fortalecer su poder a costa de una nación que se desangraba como consecuencia de sus evidentes contradicciones sociales y económicas, pero fue precisamente en este momento cuando apareció un hombre, cuya férrea voluntad e innegable patriotismo, permitió a España mantener su supremacía en América durante mucho tiempo.

Blas de Lezo y Olavarrieta vino al mundo el día 3 de febrero de 1689 en el barrio donostiarra de Pasajes. De su infancia es poco lo que sabemos, aunque no tenemos dudas al afirmar que se educó en un colegio francés hasta el 1701, momento en el que se enrola en la Armada Francesa como guardamarina.

En este mismo año se iniciaba en Europa la Guerra de Sucesión, como consecuencia del problema sucesorio al trono español después de la muerte del malhadado Carlos II. El nombramiento como rey español de Felipe de Anjou, apoyado por la monarquía francesa, fue contestado por el resto de potencias europeas, encabezadas por Inglaterra, temerosos de la fuerza que podían adquirir España y Francia, ambas gobernadas por la dinastía borbónica.

Durante este conflicto, Blas de Lezo empezó a demostrar sus cualidades militares y una valentía casi temeraria que le permitieron ascender rápidamente y convertirse en uno de los marineros más valorados de la Armada Española. Su servicio en buques franceses se explica por el interés de los dos países aliados de intercambiar oficiales entre sus ejércitos para mejorar su formación, y así lo hizo Blas de Lezo cuando sirvió embarcado en el Foudroyant, buque insignia del conde de Toulouse, desde el mismo momento en el que se rompieron las hostilidades. Quiso la Historia que el joven oficial español tuviese su bautismo de fuego en la batalla naval de Vélez Málaga, la más importante de la Guerra de Sucesión, y que enfrentó a una flota anglo-holandesa dirigida por el almirante Rooke, con una franco-española al frente de la cual se encontraba el conde de Toulouse. A pesar del gran número de unidades desplegadas por ambos bandos, el resultado de este primer choque fue bastante impreciso, ya que entre otras cosas no se consiguió hundir ninguno de los grandes buques que durante horas intercambiaron un intenso fuego de artillería. De todas maneras, la peor parte parece que se la llevaron los ingleses, porque sus bajas ascendieron a las 2500 por las 1600 de los franceses y españoles, a lo que se tuvo que sumar la gran cantidad de heridos, entre los que se contaba al propio Blas de Lezo del que se dice que luchó de forma ejemplar hasta que una bala de cañón le alcanzó en la pierna, provocándole una graves lesiones que hicieron inevitable su amputación.

Debido al valor demostrado en la batalla, reconocido entre otros por el conde de Toulouse, fue premiado con su ascenso a “Alférez de bajel de alto bordo” y lo más increíble de todo, con tan sólo quince años de edad. Su recuperación fue larga, pero Blas de Lezo siempre soñó con el momento de volver a embarcarse, y por eso no dudó en rechazar el cargo de asistente de cámara de la corte del rey español Felipe V. En 1705 se produjo su vuelta al mar, operando en diversos buques y participando en distintas campañas mediterráneas como en el auxilio de las ciudades de Palermo y Peñíscola, pero especialmente de Barcelona para el que se le asignó una pequeña flota para abastecer a las tropas borbónicas. Casi al mismo tiempo se le reconoce a Blas de Lezo un nuevo prodigio, el de la captura en 1707 y posterior incendio del buque inglés HMS Resolution, un barco de tercera clase y armado con setenta cañones, que fue derrotado por un barco francés, el Toulouze, de menor tonelaje, en el que nuestro protagonista servía como Alférez de Navío. 

En julio de ese mismo año, las tropas imperiales del príncipe Eugenio de Saboya iniciaron el asedio de Tolón, en el sur de Francia, apoyados por la flota inglesa del almirante Shovell, que durante días bombardearon la ciudad. Hasta allí se dirigió Blas de Lezo, para participar en la defensa del fuerte de Santa Catalina, con tan mala suerte que tras el impacto de una bala de cañón en uno de los muros de la fortificación, una esquirla le impactó en un ojo hasta provocarle unas heridas internas que fueron irreparables. 

Esta nueva demostración de valía le supuso el ascenso al grado de Teniente de Guardacostas en el año 1707. Con tan sólo 18 años Blas de Lezo había perdido una pierna, y también un ojo, pero nada parecía apartarlo de su sueño. Tras una breve convalecencia, el joven marinero vasco volvió a embarcarse en diversos barcos franceses y españoles, desde donde participó en la captura de nuevos buques ingleses, como el Content, pero especialmente del Stanhope, un gran navío de dos puentes y 70 cañones, con el que se habría enfrentado Lezo a bordo de una pequeña fragata en evidente desigualdad de condiciones. A pesar de que este hecho nunca ha sido aceptado por los autores ingleses, cuenta la historia que el oficial español evitó el combate de costado para no verse expuesto a la superior potencia artillera de los ingleses, prefiriendo abordar el barco por popa hasta conseguir su rendición.

Dos años más tarde, encontramos a nuestro protagonista combatiendo en Barcelona contra las tropas imperiales del Archiduque Carlos, esta vez al mando del Campanella, un barco que se sumó al asedio de la ciudad en los momentos finales de la Guerra de Sucesión. El 11 de Septiembre de 1714 se produjo un episodio fundamental en la vida de este insigne militar, cuando no se sabe muy bien si en un nuevo enfrentamiento contra las defensas costeras de la ciudad, o contra un barco inglés, Blas de Lezo recibe un balazo de mosquete en su antebrazo derecho, dejando su extremidad sin movilidad durante el resto de su vida.

Ya nadie podía dudar de la osadía de este personaje cuya fama empezó a convertirse en legendaria entre los marineros que formaron parte de la tripulación de unos barcos españoles que, desde ese momento, empezaron a jugar su última partida para mantener la hegemonía en el mar de la vieja monarquía hispánica. Tuerto, cojo y manco, muchos empezaron a conocer a Lezo como medio hombre o patapalo, aunque a decir verdad no tenemos ninguna evidencia sobre la utilización de estos “motes” durante su vida.

Ni aun en estas condiciones, se planteó la posibilidad de rechazar el nuevo ofrecimiento de su rey Felipe V, cuyo gobierno le pidió su traslado hasta el continente americano al mando del buque Lanfranco, como parte de una escuadra enviada a los mares del sur para luchar contra los piratas y corsarios franceses que operaban en las costas pacíficas del Perú. Allí pasó muchos años, combatiendo contra unos criminales que amenazaban con romper las comunicaciones en una ruta cuyo control era fundamental para hacer llegar los cargamentos de plata hasta Panamá. Pero en su biografía también hubo tiempo para el amor, porque en tierras del Virreinato del Perú conoció a doña Josefa Mónica Pacheco Bustios y Solís, una joven criolla con la que contrajo matrimonio y formó una nutrida familia.

Con ella partió en 1730 de nuevo hacia España, un país que se esforzaba por recomponer su fuerza en el Mediterráneo. Pero para ello, era necesario dejar sentir su presencia en Italia, y hacer respetar los intereses de una España en claro retroceso en el ámbito internacional. Como jefe de una escuadra naval, Blas de Lezo navegó hasta Génova, una ciudad empeñada en humillar a la antigua potencia, al negarse a saldar una deuda contraída de dos millones de pesos. Al frente de seis buques de guerra españoles, el oficial se presentó en la zona portuaria para posteriormente exigir a sus autoridades el homenaje a la enseña nacional y amenazar a sus autoridades con el bombardeo de la urbe si no le entregaban en el acto los fondos adeudados. Ante tan contundentes razones, el Senado genovés no se lo pensó ni un solo instante, y por eso a los pocos días, la escuadra hispana puso rumbo hacia Alicante, con una enorme cantidad de dinero para sufragar la siguiente campaña de la monarquía española: recuperar el estratégico enclave de Orán, el cual cayó con la decidida participación de Lezo.

Más lejos no se podía llegar. Su prestigio, al menos en esta ocasión, fue reconocido por el mismo Felipe V, tanto que le concedió el honor de utilizar la bandera morada con su escudo de armas, además del reconocimiento de su ingreso en la Orden del Espíritu Santo y la Orden del Toisón de Oro. Por si pudiese parecer poco, en 1734 fue ascendido a Teniente General y destinado a Cádiz, plaza desde donde saldría en 1737 hacia América para protagonizar una de las gestas más épicas en la historia de las armas españolas.

En aquel momento, Inglaterra estaba empeñada en desplazar a España como fuerza dominante en el Cono Sur americano. Tampoco estaba dispuesta a renunciar a las fabulosas riquezas presentes en un espacio geográfico que codiciaba por encima de todo. El principal problema de la Pérfida Albión era que ambas naciones se encontraban en paz desde 1713, y no existía ningún pretexto que justificase el inicio de la guerra. Tal vez por eso, los ingleses decidieron hacer las cosas como ellos mejor sabían: a traición y por la espalda, potenciando una vez más la práctica de la piratería y del contrabando, con el consiguiente quebranto de los intereses comerciales españoles en América. A pesar de todo, el potencial de la flota española volvió a crecer gracias a la labor del ministro Patiño, lo que significó el aumento de la capturas de estos barcos pirata tanto en la zona caribe como en las costas del Pacífico. 

Fue uno de estos problemas de contrabando el que al final provocó el inicio de las hostilidades, cuando un navío español al mando del capitán Fardiño, logró apresar el mercante británico del capitán contrabandista Robert Jenkins, razón por la cual el gobierno inglés decidió declarar la guerra a España. Las primeras actuaciones inglesas no se dejaron esperar, lo que demuestra la preparación para el conflicto desde mucho tiempo antes de su inicio. En noviembre del 1739, el almirante sir Edward Vernon atacó la ciudad de Portobelo con la intención de interrumpir las comunicaciones del Virreinato de Nueva Granada con México. Indudablemente la localidad, escasamente defendida, cayó sin apenas resistencia, lo que animó al almirante inglés a iniciar los preparativos para asestar el gran golpe que a la postre supondría la conquista británica de todo el virreinato de Nueva Granada. No sin dificultades, Vernon reunió la que se ha venido a considerar una de las mayores flotas de todos los tiempos, al menos hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, formada por unos 130 buques y unos 30.000 hombres, entre los que destacaban los 9000 casacas rojas, más otros 4.000 soldados procedentes de las colonias norteamericanas y varios miles de jamaicanos que actuaban como auxiliares. Por si pudiese parecer poco, los ingleses se plantaron ante la costa de Cartagena de Indias con más de dos mil cañones, cuya intención era acallar los escasos anhelos de esperanza de unos españoles que sólo contaban con un cuerpo de ejército de 1.100 soldados veteranos de los regimientos de Aragón y España, más unos 400 reclutas y unos 600 milicianos de la ciudad. Frente a la imponente flota del rey Jorge III de Inglaterra, los defensores de Cartagena de Indias contaban sólo con seis barcos: el Galicia, el San Carlos, el San Felipe, el África, el Dragón y el Conquistador; una fuerza menor, pero dirigida por el que nos atrevemos a considerar como el mejor militar del siglo XVIII. 

Vernon llegó al mando de su flota el 13 de marzo de 1741 con ganas de terminar por la vía rápida con la resistencia de los españoles. Desde el primer día las fortalezas que defendían Cartagena de Indias fueron sometidas a un feroz fuego artillero hasta convertirlas en escombros. Bocachica, defendida estoicamente por Carlos Desnaux y 500 hombres logró resistir dieciséis días hasta que no tuvieron otra opción más que replegarse. 

Mientras tanto, los barcos españoles se batieron con decisión para evitar que la flota inglesa penetrase por la bahía, pero su esfuerzo fue en vano debido a la enorme superioridad numérica de los asaltantes. Ya todo era cuestión de tiempo, la victoria estaba al alcance de su mano, y por eso Vernon envió un correo a Londres anunciando su victoria, que fue tan bien acogida que las autoridades inglesas decidieron acuñar unas monedas conmemorativas en las que se veía a Blas de Lezo (con dos piernas) humillándose ante el almirante. 

A pesar de todo, esta partida aún no había acabado. La aguerrida infantería española diezmada por el incesante fuego enemigo se terminó retirando para tomar posiciones en el castillo de San Felipe de Barajas, en donde 600 hombres se vieron sometidos a un nuevo bombardeo como paso previo al asalto definitivo que, esta vez sí, tendría que haber dado la victoria a un ejército inglés cada vez más desmoralizado por la inexplicable resistencia de unos españoles que luchaban contra su propio destino. 

Vernon ordenó a sus hombres que se adentrasen sigilosamente en la selva para rodear la fortaleza de San Felipe, e inmediatamente atacar desde la retaguardia, forzando una pequeña entrada que Blas de Lezo se había preocupado por taponar con 300 hombres armados con armas blancas que, contra toda lógica, y emulando a los famosos 300 de las Termópilas, repelieron el ataque inglés causándoles unas 1.500 bajas. Fue en ese momento cuando el ánimo de los británicos se desplomó hasta rayar en la desesperación. La desconfianza se apoderó de todos los miembros del estado mayor inglés, pero al final Vernon pudo imponer su voluntad. Debían de intentarlo una vez más. La noche del 19 de Abril varios miles de soldados ingleses volvieron a avanzar por la selva, pero esta vez apoyados por un espectacular fuego de artillería y cargados con unas escalas para asaltar las murallas de San Felipe. Pero nuevamente, Blas de Lezo fue más listo que su contrincante, porque previendo este peligro había ordenado cavar un foso alrededor de la fortaleza, por lo que las escalas se quedaron irremediablemente cortas, dejando a los asaltantes expuestos a un fuego incesante por parte de los últimos defensores de Cartagena de Indias. 

Los ingleses habían llegado hasta el límite de sus posibilidades, pero por si existía alguna duda sobre la evidencia de que esta vez la victoria sería para los españoles, Lezo ordenó una carga a bayoneta que provocó la huida en desbandada de los británicos y su derrota en una guerra en la que sucumbió una buena parte de la oficialidad británica y de su temida flota. 

España, en cambio, logró mantener su supremacía en América y recuperar su protagonismo en el mundo, merced a la valentía y al patriotismo de un pequeño grupo de individuos que brillaron con luz propia en este siglo XVIII, repleto de españoles ilustres, del que Blas de Lezo fue uno de los más sobresalientes.

LOS GRACO. ORÍGENES DE UNA REVOLUCIÓN


¿Se imaginan una ley que le permitiese al Estado disponer de las tierras públicas en beneficio de los más desfavorecidos? ¿O una ley que obligase al Estado a vender comida de primera necesidad a bajo precio entre la población? O mejor aún ¿una ley que obligara a nombrar a los jueces de entre el pueblo, además de entre la casta senatorial? Aunque cueste trabajo de creer, esto es lo que intentaron los Graco, una familia patricia que trató de frenar el progresivo proceso de descomposición de una República inmersa en una profunda crisis económica, moral y política. 

A mediados del segundo siglo antes de Cristo, Roma se debatía en una crisis que hizo temblar las bases constitucionales de la todopoderosa República. Después de muchos años de guerra, los pequeños campesinos romanos, aquellos que habían proporcionado los mejores soldados con los que se nutrieron las legiones, se hallaban al borde de la extenuación. Pese a todos sus esfuerzos, nunca pudieron competir con los grandes propietarios, que cada vez producían a más bajo coste, merced a la utilización de esclavos en sus enormes latifundios. Al no poder compensar esta situación de inferioridad, muchos de ellos no tuvieron otro remedio más que vender sus pequeñas parcelas, para terminar convirtiéndose en una clase desarraigada, ajena a los medios de producción, y sujeta a las nuevas condiciones que imponía un nuevo tipo de economía de corte especulativo. 

Las salidas eran muy pocas, casi nulas, especialmente si tenemos en cuenta que en la ciudad los talleres artesanos, empezaron a emplear mano de obra servil que condenó a la indigencia a los empleados que antes habían trabajado en ellos. Fue en este contexto donde surgió un personaje clave para poder entender los acontecimientos principales, que marcaron la historia del mundo romano, y que a la larga supondrán la muerte del régimen republicano. 

Tiberio Sempronio Graco era miembro de la alta aristocracia romana, pero a diferencia del resto de senadores que formaban la nobilitas, supo detectar a tiempo las graves contradicciones que amenazaban los cimientos institucionales del estado. Por eso, a pesar de que su política pudiese parecer revolucionaria, sus ideas eran profundamente conservadoras, en su objetivo de garantizar el cuerpo cívico-social, que tradicionalmente se había basado en la existencia de campesinos romanos, propietarios de tierras, y que había formado la base para el reclutamiento del ejército. Es por eso por lo que, al reducirse el número de propietarios, el Senado se encontró con dos alternativas posibles, o bien se prolongaba la estancia de los soldados en el ejército, algo tremendamente injusto, o bien se aumentaba el número de propietarios recurriendo a un reparto de tierras existentes en el ager publicus, solución más lógica pero que chocó con los intereses de unas clases pudientes que como otras tantas veces a lo largo de la Historia, no les importó lo más mínimo la suerte de su patria si esta chocaba con la conservación de sus propios privilegios. Hay cosas que nunca cambian. 

Pero Tiberio Sempronio Graco fue valiente, después de todo por sus venas corría la sangre de los Escipiones, al ser nieto por parte de madre del mismísimo Publio Cornelio Escipión, vencedor de Aníbal en la Segunda Guerra Púnica. En el 133 a.C. accedió al tribunado de la plebe, y no dudó ni un solo instante en presentar una nueva ley agraria después de exponerla en un brillante discurso en donde se subrayaron las injusticias del régimen y la necesidad de un reparto más equilibrado de la tierra. Después de todo, lo único que pretendió era confiscar las tierras usurpadas por los senadores romanos, aprovechándose de la larga estancia de estos pequeños propietarios en el ejército, luchando por la grandeza de Roma, para observar a su vuelta como la clase dirigente se había servido de los esclavos de unas regiones que sólo ellos habían logrado derrotar, para de esta forma sumirlos en la más extrema pobreza. 

No sin problemas, la ley agraria fue finalmente aprobada, por lo que se procedió a la elección de unos triunviros agrarios encargados de aplicarla y comenzar con el reparto. Pero las tensiones no tardaron en aparecer. Los gastos fueron muy numerosos, y para hacer frente a esta alta demanda de dinero, Graco propuso utilizar el tesoro que Atalo III de Pérgamo había dejado como herencia al pueblo romano, y que el tribuno necesitaba para poder continuar con su política. Esto era mucho más de lo que podía permitir la nobilitas, más aún con toda esa cantidad de dinero de por medio, por lo que aprovecharon las sesiones celebradas para discutir la propuesta de Tiberio Sempronio Graco, de acceder otra vez al tribunado, y mandaron a un grupo de matones, encabezados por Escipión Násica, que la emprendieron a porrazos contra todos los seguidores del malhadado tribuno. A Tiberio Sempronio Graco le mataron de un mazazo en la nuca, y su cuerpo y el de un centenar de seguidores fueron arrojados a las cristalinas aguas del Tíber que a partir de entonces quedaron manchadas de injusticia. 

Con la muerte del mayor de los Graco la fractura de la sociedad romana así como la franja de desigualdad entre las clases populares identificadas en la plebe urbana, los itálicos conquistados y el orden ecuestre, frente a los optimates, aristocracia romana, era insalvable y requería, como en tiempos de la Ley de las Doce Tablas, de un reajuste, algo que no se conseguiría sin violencia.

Cayo Graco, educado por su madre Cornelia y por preceptores griegos, al igual que su hermano, estuvo al lado de Tiberio en la comisión agraria (IIIviri agris dandis adsignandis iudicandis) y cogió el testigo a la muerte de éste en el 133 a.C., con apenas 22 años. Tras un periodo iniciático, que le llevó a hacerse con el Tribunado de la Plebe en el 123 a.C. puso en marcha todo un plan de reformas encaminadas no sólo a terminar el trabajo de su hermano mayor, sino a profundizar y mejorar los “revolucionarios” cambios que le enfrentarían con la clase senatorial, incluyendo a sus todopoderosos parientes los Escipiones. 

Entre estas reformas, Cayo pretendía excluir, para acceder a cualquier magistratura, a todo aquel que hubiese sido destituido soberanamente por el pueblo, pero también, tal vez teniendo en su memoria a su propio hermano, poner ante la justicia a todo aquel que hubiese condenado a alguien sin pasar por los tribunales (lex de capite civis). No menos llamativo fue su intento de encarcelar de todo magistrado que participase en la condena de un inocente (lex ne quis iudicio circunveniatur); también volvió a darle poderes jurídicos a la comisión para llevar a cabo la reforma del ager publicus iniciada por su hermano (lex agraria) y obligó al Estado a vender cereales a bajo precio a la plebe (lex annona), aboliendo la ley Calpurnia del 149 a. C. con lo que rompió el monopolio del Senado en los asuntos de los tribunales e introdujo, al mismo tiempo, la paridad de éstos con el orden ecuestre. 

Es evidente que ante estas reformas la alta aristocracia romana no iba a quedarse de brazos cruzados. El partido de los optimates esperaba con impaciencia el final del tribunado de Cayo (dos años), sin embargo el pequeño de los Graco cometió el error de intentar presentarse para un tercer mandato con la intención de afianzar sus reformas que en otro caso serían totalmente destruidas desde el Senado. Previamente los aristócratas habían ganado para su causa al otro tribuno de la plebe, Marco Livio Druso, para que en ausencia de Cayo, que se encontraba fundando la primera colonia fuera de suelo itálico, Colonia Junonia, cerca de Cartago, dictase leyes impopulares en Roma y atraer la enemistad del manejable pueblo hacia Cayo (¡qué poco hemos cambiado ¿verdad?!) No hacían falta más excusas. El Senado puso en marcha un senatus consultum ultimum, que otorgaba plenos poderes a los dos cónsules del momento. Cayo Graco y su compañero para el tercer mandato, Marco Fulvio Flaco, fueron declarados enemigos de la República.

Marco Fulvio y sus hijos fueron asesinados y Cayo Graco se suicidó a la edad de 33 años (121 a.C.), edad a la que, según parece, mueren los héroes. La historia de los hermanos Graco podría resumirse en el famoso título de la novela del gran Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.

Pero si la muerte de los Graco era evidente, evidente también es que sin su legado Roma no hubiese jamás construido su imperio. Las reformas que en su momento podríamos denominar de revolucionarias, salvando las distancias, vistas desde el prisma de la historia se nos antojan las únicas posibles para configurar lo que después fue Roma, ya que sin el reparto de la riqueza de las sucesivas conquistas entre todo el pueblo romano al que se le fue uniendo gente a través de la concesión de la ciudadanía, habríamos tenido sólo un gran castillo de naipes aristocrático que en poco tiempo hubiera colapsado y sido destruido, como le ocurrió a otros imperios que no tuvieron unos Graco.

La semilla plantada por los Graco no fue, por lo tanto, estéril, sino que Mario se encargó de regarla y abonarla, Julio César podó y sulfató lo que ya había crecido, y Octavio Augusto recogió todos sus frutos. Pero esa es otra historia.



martes, 21 de marzo de 2017

SERTORIUS. GUERRA EN HISPANIA.


Durante la Baja República, una serie de generales se enfrentaron entre sí con la intención de imponer su voluntad en el Senado. Uno de ellos, Sertorius, llevó la guerra hasta España, para desde aquí desafiar a la todopoderosa Roma.


A principios del siglo I a.C. la República romana se disponía a emitir su particular canto del cisne, anunciando la llegada de una nueva época caracterizada por la concentración de todos los poderes del estado en manos de una sola persona. Roma ya no era una pequeña ciudad rodeada de enemigos a los que debía de combatir para garantizar su propia supervivencia. Con el paso de los siglos, y especialmente después de su victoria sobre la poderosa Cartago en la Segunda Guerra Púnica, se había convertido en la potencia hegemónica del Mediterráneo, pero tantos años de lucha no hicieron más que acelerar un proceso que al final significó el derrumbamiento de las instituciones republicanas.

Efectivamente, la otrora ciudad-estado latina había sobrevivido a las contradicciones de la revolución del hierro, y del aumento demográfico consecuente, con un contrato social entre plebeyos y aristócratas, cuyo punto de fuga y sostenimiento había sido el ejército de ciudadanos libres dirigidos por una nobilitas cuyas ambiciones siempre debían alimentarse con tierras fértiles. La conquista sostuvo este contrato, la entrada de riqueza y el reparto de tierras apaciguaron una revolución pendiente que tuvo su definitiva eclosión en las guerras civiles romanas desde Mario y Sila hasta Julio César y Pompeyo, para culminar en la instauración del Imperio con Augusto.

A la falta de tierras del pequeño campesinado romano, se le unió la exasperante situación en la que se encontraban los pueblos italianos que aún no habían accedido a la ciudadanía, y sobre cuyas espaldas recayeron una buena parte de las exigencias fiscales de una República asfixiada por los enormes gastos ocasionados por sus responsabilidades bélicas. El fracaso de la legislación introducida por M. Livio Druso en el 91 a.C. para aliviar su situación, fue contestado con el estallido de una guerra social que a la postre significó la concesión de la ciudadanía para todos los habitantes de Italia.

Por todo ello, los graves problemas padecidos tanto por los itálicos como por los pequeños campesinos romanos se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto para que políticos o soldados como Mario, Sertorio o Julio César, ambicionaran el poder del tradicional partido de los optimates, aunque esta vez peleando en favor de los más desfavorecidos, en la eterna lucha de clases, y jugando también sus cartas personales, por qué no, para ver aumentadas sus ambiciones, sus intereses y su dignitas. Fue entonces cuando estas figuras dominantes, apoyadas por algunas facciones de la aristocracia romana, pero también por el ejército y sus clientelas personales, empezaron a luchar por convertirse en los primeros hombres de Roma.

Uno de esos hombres sería Quintus Sertorius. Nacido el 122 a.C., en el seno de una familia humilde de Nursia, en la región de los Montes Sabinos. Aunque pronto destacó como buen orador, su fama le vendría como soldado a las órdenes de Cayo Mario. En su cursus honorum, Sertorio cuenta con haber sido tribuno militar en Hispania desde el 97 hasta el 93 a.C., cuestor en la Galia Cisalpina tres años más tarde, y legado durante la guerra social. Declarado abiertamente enemigo del partido de los optimates y por tanto de Sila las fuentes nos sitúan a Quinto entrando en Roma junto a Mario y Cinna en el año 87 a.C. al frente de dos ejércitos durante la primera guerra civil. Los generales populares llevaron a cabo una auténtica limpieza de opositores imponiendo un férreo gobierno en manos de Cinna, del que Sertorio participó abiertamente. Sin embargo la crueldad demostrada por Mario y por Cinna con el enemigo no fue compartida por el sabino en modo alguno, mostrándose contrario a toda ejecución sumarísima tras la instauración del nuevo gobierno.

En el 83 a.C. Cinna nombraría a Sertorio pretor de la Hispania Citerior, una provincia ya conocida por él porque, como dijimos, había sido tribuno militar allí diez años atrás. Pero fue a partir de este momento cuando los acontecimientos se precipitaron en Roma, ya que en el 86 a.C. Sila se había hecho dueño de Atenas, firmando un pacto con Mitrídates que le entregó parte de su ejército, fortaleciendo así su posición para su regreso a Roma. Ante la inminente marcha de Sila sobre Roma, las tropas de Cinna se sublevaron y acabaron ejecutándole y pasándose al bando conservador. Al mismo tiempo, generales como Metelo en África, Craso en Hispania o Pompeyo en el Piceno unían sus fuerzas para tomar Roma junto a Sila. Todo estaba acabado para el bando popular de Mario, y fueron muchas las deserciones en vista de un giro radical en el gobierno de la República.

En el 83 a.C., el mismo año en el que Sertorio iniciaba su cargo de pretor en Hispania, Sila desembarcaba con su ejército en el puerto de Brundisium, venciendo a todos los ejércitos que los populares le pusieron en su camino hasta que el general conservador se plantó ante las puertas de Roma a principios de noviembre del 82 a.C. Sertorio pudo impedir o parar las ejecuciones sumarísimas que Mario y Cinna habían llevado a cabo cuando entraron en la ciudad eterna, sin embargo nadie pudo parar al nuevo dictador de Roma en su sed de sangre y de venganza. De entre todos los prisioneros hechos entre el enemigo asesinó a 3.000 de ellos frente a las murallas de la ciudad, para que sus aterrorizados habitantes escuchasen sus lamentos y agonía como aviso de lo que les esperaba cuando entrara en Roma. En la devastación de las ciudades aliadas de Mario destacó Praeneste, donde 5.000 prisioneros tras entregar sus armas y mostrar sumisión al vencedor fueron ejecutados y sus cuerpos diseminados por el territorio para horror de la población.

Tras apoderarse finalmente de la capital, Sila llevó a cabo una política sustentada en el terror y la persecución a través de las denominadas proscripciones, listas de supuestos enemigos publicadas a través de edictos proconsulares por las que se prohibía dar asilo y ayuda de todo tipo, a los ciudadanos de la lista bajo amenaza de muerte, además de recompensar económicamente al denunciante o asesino de cualquiera de estos proscritos. El terror más absoluto se apoderó de Roma. Además se confiscaron todos los bienes y tierras de los desgraciados cuyo nombre apareciera en las listas. Fuentes romanas, como Tito Livio, nos cuentan que el Tesoro Público, o sea Sila, llegó a hacerse con más de 350 millones de sestercios con la venta de los bienes de los proscritos, quedándose él mismo con las mejores propiedades a un precio ridículo. Fue así como Craso, aliado de Sila, amasó su inmensa fortuna. Como colofón a la brutal venganza las cenizas de Cayo Mario, muerto pocos años atrás, fueron exhumadas y arrojadas al río Anio (afluente del río Tíber en Roma).

Sertorio que se encontraba ante este panorama como pretor en Hispania Citerior vio cómo el nuevo dueño de Roma le daba su cargo a Valerio Flaco. Ante la crueldad de Sila y su nueva condición de proscrito en esta lejana provincia, el sabino, hispano de adopción, decidió continuar la guerra civil, esta vez en un territorio que conocía como la palma de su mano, y con un ejército, tanto itálico como hispano, que a pesar de todo le siguió lealmente. Para ello el nuevo líder de la facción popular estableció dos líneas defensivas en la Península Ibérica, una en el paso de los Pirineos, al mando de su segundo, Livio Salinator, y otra en el Ebro. Sin embargo Salinator fue asesinado, y un ejército silano al mando de Valerio Flaco y de Annio Lusco penetró en la península obligando a Quinto a refugiarse en Cartago Nova con 3.000 hombres fieles a su causa. De Cartago Nova dio el salto a Mauritania donde pudo reclutar más hombres fieles a su causa. Las fuentes llegan a informar de acuerdos de Setorio incluso con piratas cilicios en su guerra de acoso a los optimates, llegando a poner sitio y tomar la ciudad de Tingis en el norte de África. En el 80 a.C. cuando Sertorio se sintió con fuerzas, decidió regresar a Hispania con un ejército renovado para obtener una victoria frente al propretor Cotta, cuyas consecuencia fueron mejores de las que él mismo se esperaba porque justo después logró pactar con los lusitanos, uniendo sus huestes a las del romano rebelde. Tras esta unión de fuerzas volvería a vencer a otro propretor, Lucio Fudidio, colocando la dictadura de Sila en un verdadero aprieto, y aún más, en una de las provincias más ricas de la República.

Es en este contexto de reanimación de la guerra civil cuando Sila toma la decisión de enviar al procónsul Quinto Cecilio Mételo Pío, en el 79 a.C., al mando de dos legiones y tropa auxiliar, en total unos 40.000 hombres, para terminar con el maldito rebelde. Sin embargo Mételo se encontró en Hispania frente a un experimentado general que en inferioridad numérica fue capaz de ponerle en jaque, e incluso le obligó a refugiarse en la zona del Guadiana, animando a Sertorio a instituir un Senado y autonombrarse procónsul. Para ello practicó una política suave para con los nuevos gobernados, con rebajas fiscales además de tolerancia y sentido de la justicia, aumentando así los acuerdos con pueblos hispanos que le seguían ahora lealmente, especialmente en Hispania Citerior. La zona de operaciones y control de Sertorio se movía entre Calagurris (Calahorra), Osca (Huesca) e Ilerda (Lérida). En Osca llegó a fundar una Academia para educar al estilo griego y romano a los hijos de las élites locales. Igualmente suministró adiestramiento militar romano a las tribus celtíberas aliadas. Sertorio se encontraba en su apogeo en Hispania, uniéndose a él Marco Perpenna (proscrito por Sila) junto con su ejército, lo que le permitía el control absoluto de toda la provincia Citerior. El total de sus combatientes llegó a sumar unos 60.000 infantes y 8.000 jinetes.

Mientras tanto, en Roma, Sila había dejado el poder a finales del 79 a.C. retirándose a una villa en Puteoli, en la Campania, donde murió, probablemente de algún tipo de cáncer intestinal en el año 78 a.C. Por orden del Senado de Roma, en el año 76 a.C. el todavía joven general del partido conservador Cneo Pompeyo Magno, apodado desde la Guerra Social (91-88 a.C.) como adulescentulus carnifex, "el adolescente carnicero", por su crueldad en la batalla, cruzó los Pirineos con un ejército similar en número al de Sertorio. Por aquel entonces la ciudad de Lauro, Edeta para los íberos, y hoy llamada Liria, en la provincia de Valencia, estaba siendo sitiada por el sabino por haber cambiado de bando. Pompeyo vio su oportunidad de asestar un golpe de mano al autoproclamado procónsul, pero se encontró que Quinto, en una hábil maniobra envolvente, consiguió hacerle perder más de 10.000 hombres. Tras esto Sertorio, aunque indulgente como siempre con la población civil de Lauro, sometió a saqueo e incendió la ciudad y el campamento del general enviado por Roma. Además Pompeyo todavía tuvo que sufrir una emboscada cuando huía con el resto de su tropa perdiendo otros 10.000 hombres además de 5.000 aliados.

Las fuerzas conservadoras de Roma tardaron todo un año en rehacerse de la derrota infligida por Sertorio y su ejército hispano. A partir de ese momento reanudaron la guerra, pero esta vez con más cautela y evitando en lo posible el choque directo con el general sabino. Los dos procónsules, Metelo y Pompeyo Magno comenzaron a tomárselo en serio y a colaborar entre ellos, dejando para más tarde la gloria personal. De esta forma el primero logró asestar un duro golpe a la causa popular al derrotar al lugarteniente de Sertorio, Hirtuleyo, en Itálica, para más tarde destruirlo por completo cerca de la actual Segovia, donde el segundo del sabino perdió la vida junto con 20.000 de sus hombres. Por su parte el Magno infligió similar castigo a Cayo Herennio, y otros 20.000 infantes cayeron en un campo de batalla próximo a la actual ciudad de Valencia. Sólo otro general, Perpenna, continuaba al lado de Sertorio. No obstante estas victorias, Pompeyo volvería a recibir un duro correctivo en el río Sucro, actual Júcar, perdiendo, según las fuentes, 6.000 hombres frente a los 3.000 de Sertorio, que esta vez sí, se encontraba personalmente al frente de sus tropas.

En este contexto las tribus vasconas concertaron una alianza con Pompeyo, que empezaba a destacar también como un hábil político, salvando in extremis el famélico avituallamiento de su tropa. Se dirigió al territorio vascón donde fundo la ciudad de Pompaelo, salvando la campaña y consiguiendo reunir para el año 74 a.C. un ejército de unos 50.000 hombres entre alianzas y refuerzos que le llegaban desde Roma. Por su parte Sertorio se encontraba cada vez más aislado, con deserciones que recortaban sus efectivos para el combate y sin conseguir una batalla campal abierta contra Pompeyo, donde pudiera desplegar su ingenio militar para darle la vuelta a la situación. Muy al contrario, Pompeyo se puso manos a la obra para asediar y atraer, por la fuerza o por la alianza, a las ciudades populares a la causa conservadora. La táctica llevó aparejada la pérdida de las plazas fuertes costeras de Sertorio, cortándole la llegada de suministros y obligándole a seguir la lucha en el interior.

La campaña de acoso que por dos frentes llevaron a cabo Pompeyo y Metelo respectivamente, diezmando los campos y atrayéndose a su causa a la población hispana, estaba dando un resultado extraordinario, tan evidente que volvieron a cometer el error de plantarle cara directamente al sabino al intentar tomar Calagurris, ciudad defendida personalmente por Sertorio, perdiendo en el intento más de 3.000 soldados y echando a perder parte de lo conseguido durante el año 74 a.C.

La reanudación de la guerra en el 73 a.C. la llevó a cabo Pompeyo en solitario, con la audaz estrategia de ir comiendo el terreno en la Celtiberia a Sertorio que se refugió en el valle del Ebro donde las ciudades fieles de Ilerda, Osca y Calagurris le daban refugio y soporte logístico. En la costa, las últimas ciudades fieles, Tarraco y Dianium también habían caído por lo que la situación se planteaba extrema. Un año más tarde Marco Perpenna, uno de sus fieles lugartenientes organizó un banquete en la villa de Sertorio en Osca. Allí junto con el resto de oficiales del ejército rebelde asesinaron a Sertorio, asumiendo el control, de lo que quedaba de la aventura del partido popular de Cayo Mario en Hispania. Pero la jugada no le salió bien a Perpenna, ya que poco después Pompeyo decidió presentarle batalla e infligirle una dura derrota, después de la cual fue hecho prisionero y ejecutado..

A partir de este momento las ciudades aún fieles a la causa sertoriana fueron sometiéndose al nuevo paradigma, a excepción de Tiermes, Uxama (Osma), Clunia y Calagurris, que acabaron siendo tomadas por los legionarios de Pompeyo una por una. No obstante, la ciudad de Calagurris plantó una resistencia numantina antes de caer, en la que algunos hombres llegaron a practicar el canibalismo antes de rendir la plaza ante Pompeyo.

No sabemos muy bien la forma en la que el romano de a pie, siguió los acontecimientos que se estaban produciendo en la lejana Hispania, aunque nos atrevemos a pensar que no con indiferencia, porque una vez más un pueblo de este áspera y ruda tierra situada en el occidente europeo había demostrado a la todopoderosa Roma, que ellos querían vivir como una comunidad de hombres libres. Hasta mucho tiempo después, los romanos utilizaron una frase que se llegó a hacer célebre, la de la fames calagurritana como proverbio para tiempos de grandes hambrunas.



JORGE JUAN. UN PATRIOTA AL SERVICIO DE LA NACIÓN


En el siglo XVIII un pequeño grupo de intelectuales, científicos y navegantes, influenciados por el espíritu de la Ilustración, decidió secundar los esfuerzos de la Corona para modernizar el país. Jorge Juan, el gran sabio español, destacó por encima de todos ellos. 


En marzo de 1766 el pueblo de Madrid asaltaba las calles de la capital, levantando un grito de protesta contra el que en aquel momento era el principal ministro del rey, el marqués de Esquilache. El exorbitado aumento de precios de los productos de primera necesidad, entre ellos el pan, unido a la enorme impopularidad del político italiano por la reciente prohibición del uso de la vestimenta tradicional, incitaron el ánimo de unos madrileños convenientemente manipulados por los sectores más reaccionarios de la corte, cuyo único interés era terminar con la política reformista impulsada por los ministros de Carlos III.

Durante este siglo XVIII, la Ilustración española había sido considerada algo así como una especie de afrenta a los valores tradicionales patrios, e incluso como una desviación del característico modo de ser de un país que había pasado de puntillas por el Renacimiento, que no había conocido la revolución científica y cuya burguesía emprendedora brillaba por su ausencia. A pesar de todo, la nueva realidad surgida en la política internacional después de la Guerra de Sucesión y la muy posterior firma del primer pacto de familia entre España y Francia, hizo casi inevitable la apertura del país hacia las novedosas tendencias culturales e ideológicas procedentes de Europa, favoreciendo la aparición de un grupo de españoles preocupados por los males que aquejaban al país, y que estaban dispuestos a colaborar con una serie de reformas tendentes a superar la decadencia en la que se encontraba España desde tiempos ya demasiado lejanos.

Los problemas que tuvieron que superar estos primeros ilustrados, fueron tan extraordinarios que no encontraron otro remedio más que salir de España para formarse en las más prestigiosas escuelas del viejo continente. Precisamente, la necesidad de abandonar el país se terminó convirtiendo en una de las características fundamentales de nuestra Ilustración, cuyo nacimiento se forjó viajando por los interminables caminos de una Europa cada vez más alejada de la superstición, pero también por la influencia de unos libros que poco a poco empezaron a llenar las bibliotecas de estos intelectuales al servicio de la nación.

Uno de ellos fue Jorge Juan, nacido en la pequeña localidad alicantina de Novelda para terminar convirtiéndose en una de las mentes más preclaras del panorama intelectual español en el siglo XVIII. Aunque por encima de todo destacó por su faceta científica, como un gran ingeniero naval y matemático, Jorge Juan fue también reconocido como lo que realmente fue, un auténtico humanista empeñado en denunciar los males que aquejaban a la sociedad española de la época, pero siempre desde su sentido ilustrado y desde la más estricta tolerancia que su contexto histórico, social y económico le permitía.

El navegante alicantino vino al mundo el día 5 de enero de 1713 en la hacienda de El Fondonet, que los Juan tenían en el término actual de Novelda. A pesar de que los biógrafos albergan pocas dudas sobre este episodio, el estudio de su partida de bautismo nos sumerge en la duda ya que el sacerdote que lo bautizó, mosén Ginés Pujalte, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves en Monforte del Cid, cometió el imperdonable error de no consignar el lugar exacto en donde nació, provocando una secular disputa entre las dos localidades levantinas.

Jorge Juan fue el mayor de los tres hijos que tuvieron Bernardo Juan Canicia, miembro destacado de la nobleza alicantina, y la ilicitana Violeta Santacilia Soler, ambos casados en segundas nupcias en el año 1711. Con tan solo tres años de edad, el pequeño Jorge tuvo que afrontar la primera de las pruebas que el destino, siempre caprichoso, se empeñó en ponerle en su camino, cuando de forma repentina murió su padre, lo que le obligó a abandonar su casa situada en la Plaza del Mar de Alicante, para desplazarse a Elche, en donde permaneció hasta los seis años, en los que abandonó la compañía materna para volver a su hogar e iniciar sus estudios en el colegio de la Compañía de Jesús de la capital alicantina. Una vez allí, Jorge Juan dio muestras de las sobradas actitudes que más tarde le llevarían a convertirse en uno de los científicos más prestigiosos de nuestra historia, y por eso, unos años más tarde se terminó trasladando hasta Zaragoza para continuar su formación, junto a su tío paterno, Cipriano Juan, bailío de Caspe y caballero de la Orden de Malta.

La progresión de Jorge Juan se intuía imparable, pero hemos de suponer que su gran vocación fue el mar, porque con tan sólo doce años fue enviado a Malta como paje del Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, ingresando en la prestigiosa Escuela Naval, para adquirir unos sólidos conocimientos naúticos, matemáticos y cartográficos, fundamentales para protagonizar la gran expedición por la que siempre fue recordado.

En 1730 ingresó en la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, reforzando su fama de alumno aventajado y destacando en el estudio de las asignaturas técnicas como la geometría, las observaciones astronómicas, cálculo, navegación o hidrografía, pero también en las de corte humanístico, razón por la que se ganó el sobrenombre de Euclides. Jorge Juan tampoco fue ajeno a la propagación de las ideas ilustradas en una ciudad como Cádiz, cuyo puerto comercial se terminó convirtiendo en una especie de puerta de entrada de las corrientes enciclopedistas procedentes de Europa. La influencia de estas nuevas ideas fue aún mayor en el joven marino alicantino ya que hasta el año 1734, en el que finalizó con éxito sus estudios de Guardia Marina, tuvo ocasión de navegar por todo el Mediterráneo en unos navíos comandados entre otros por el célebre Blas de Lezo o por el Marqués de la Victoria.

Pero antes de adentrarnos en las aportaciones de Jorge Juan a la ciencia hemos de hacer una parada para contextualizar el hecho de la ilustración en España y el porqué de su desarrollo desde nuestra armada. Para ello hemos de entender el sesgo comedido de las ideas ilustradas o la escasa penetración de la ciencia en nuestras instituciones. En España no se llegó a fundar una Real Academia de las Ciencias como sí se hizo en Londres, París, Berlín o San Petersburgo. En nuestro país se ha de hablar de focos ilustrados más que de una etapa ilustrada propiamente dicha. Uno de estos focos fue la armada española, donde una élite cultural servirá de sutil transmisor de ideas al resto de la sociedad civil a mediados del s. XVIII, siempre bajo la tutela y permiso del monarca y la implacable vigilancia de la iglesia católica.

La guerra de sucesión al trono (1701 – 1713) dejó en entredicho las otrora gloriosas estructuras militares de un Imperio que se desmoronaba a pasos de gigante. Al acceder al trono, Felipe V trajo consigo el absolutismo ilustrado que iniciara su abuelo Luis XIV, el rey Sol, un movimiento que irónicamente puso las bases a la futura revolución francesa. Ante esta situación Felipe V encargó a su ministro José Patiño, la Intendencia General de Marina, la Superintendencia del Reino de Sevilla y la presidencia del Tribunal de la Contratación de Indias. Todo ello con la intención de recuperar y desarrollar la marina española y el comercio con las Indias, pero también la defensa de las costas atlánticas, mediterráneas y americanas.

Para ello se instaló en Cádiz el centro naval de mayor importancia de España, impregnando desde el minuto cero a la armada española de un fuerte sesgo ilustrado, heredado de la marina francesa. Inmediatamente se puso de relieve otra gran carencia de la oficialidad Española, esto es, la escasa formación de nuestros mandos, en parte porque en ocasiones los puestos de mayor relevancia recayeron entre los miembros de una nobleza acomodada y guerrera, que no tenía necesidad de demostrar una valía más allá de la de origen divino por virtud de su cuna. La apuesta de Patiño estuvo en formar oficiales tanto para la guerra como para la ciencia, sobre todo en el mar. Éste es el origen de la creación de la Real Compañía de Guardias Marinas en 1717, primera Escuela Académica Naval de España en donde, como ya sabemos, se formó el propio Jorge Juan.

En este contexto académicos franceses mostraron su interés en el año 1734 de medir en Quito un arco de Meridiano bajo el Ecuador, hecho que permitiría una mayor precisión científica en el desarrollo de la cartografía. Luis XV de Francia pidió a Felipe V que dichos académicos viajasen con la armada española a América para llevar a cabo su importante investigación. Al menos en esta ocasión, el rey español supo estar a la altura porque exigió que en dicha misión embarcasen los jóvenes oficiales Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en un viaje que al final les marcaría para el resto de sus vidas.

Para ello se les ascendió a tenientes de navío, Jorge Juan se encargaría de la astronomía y la matemática, y Ulloa sería el naturalista. Además se les ordenaron trabajos de corte histórico, descriptivo, cartográfico, botánico y mineralógico. Y también tareas de información sobre la situación social y política de las posesiones del monarca en ultramar, amén de la vigilancia de los académicos franceses. Partieron de Cádiz en 1735, y en el horizonte les esperaban nueve años de durísimos trabajos, durante los cuales estos caballeros del punto fijo, recorrieron zonas de costa y de montaña con altitudes próximas a los 5.000 metros, y, en muchas ocasiones, tuvieron que atender tareas defensivas en plazas del Perú contra el almirante inglés Anson (¿cómo no?)

Fruto de este viaje se llegó a conclusiones tan importantes como que la Tierra está achatada por los polos. La resolución de este problema zanjaba una controversia que se remontaba a los filósofos griegos, siendo el último siglo el más dinámico con un airado debate entre dos escuelas enfrentadas, la que defendía la forma elongada de los polos, del académico Cassini, o la de los que pensaban que estaba achatada, defendida entre otros por Maupertius o Newton. La expedición zanjaría el asunto con la demostración de que estos últimos tenían la razón.

Tras el viaje, Felipe V encargó a Jorge Juan que permaneciera en América documentando la organización territorial, siendo ascendido a su regreso a capitán de navío. Jorge Juan pasó en total diecinueve años en las Indias. A su regreso el marqués de la Ensenada decidió que era el hombre indicado para encargarse de la total modernización de la armada española. Para ello se le encargaría espiar en Londres los astilleros del Támesis. Llegó, con su falsa identidad, Mr. Josues, a codearse con el primer ministro John Russell, que ordenaría poco después darle caza por espía. Acertadamente Jorge Juan intuyó una más que inevitable guerra marítima con Inglaterra por la supremacía en América. Las colonias estarían en peligro si no se modernizaban nuestros barcos. Llegó a documentar los usos preindustriales como el barco de vapor así como puntuales planes de ataques ingleses a colonias americanas de España.

El problema es que los ingleses terminaron dándose cuenta de la presencia del espía español en su territorio, por lo que pronto se dictó una orden de búsqueda y captura contra Jorge Juan, el cual logró escapar en un navío, de riguroso incógnito. En 1752 fue nombrado Director de la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, haciéndose cargo en persona de la construcción de barcos y de la modernización de los astilleros. Hecho que no pasó desapercibido a los resentidos anglos que devolvieron el golpe estudiando ahora la manera de trabajar que había puesto en marcha el académico alicantino. Sin embargo, y como suele ocurrir en este país más veces de las deseadas, la intriga política provocó el destierro del marqués de la Ensenada, yéndose con él las ideas puestas en marcha por Jorge Juan y volviendo a una construcción naval anticuada, mientras los ingleses, a mayor gloria para ellos, seguirían la línea constructiva abierta por Jorge Juan que tantos triunfos navales les depararía a partir de entonces.

Por si esto fuera poco, Jorge Juan también sufrió el acoso de la Santa Inquisición por sus Observaciones. El alicantino daba alas a las teorías de Copérnico y Newton y eso no sentó nada bien a los que se empeñaban en ralentizar el lógico avance del progreso, por lo que el de Novelda tuvo que esforzarse en explicar a los retrógrados inquisidores anclados en plena edad media que el avance científico permitía circunnavegar mejor y más rápido el planeta, lo que a su vez aceleraba la evangelización de América. En este arte torero de pasar la censura tuvo la inestimable ayuda del jesuita padre Burriel que le defendió frente al Santo Oficio, acordando con él la inclusión en la segunda edición de 1773 de un preámbulo titulado Estado de la Astronomía en Europa.

Antes de su muerte en Madrid, el 21 de junio de 1773, el académico noveldense fundó por encargo de Carlos III, el Real Observatorio de Madrid, idea que llevó posteriormente al marqués de Ureña a fundar en Cádiz el Real Observatorio de la Armada; también fue nombrado en 1760 jefe de escuadra de la Armada Real; Embajador Extraordinario de Su Majestad en Marruecos; y director del Seminario de Nobles de Madrid (1773).

Sus últimos años los pasó trabajando en la planificación de una expedición para realizar el cálculo del paralaje (desviación angular de la posición aparente de un objeto, dependiendo del punto de vista elegido) del Sol, constatando así su exacta distancia a la Tierra. Expedición que se llevó a cabo en 1769 y que fue determinante para el conocimiento exacto de la escala del sistema solar.



MARIA PITA Y LA DEFENSA HEROICA DE LA CORUÑA


Poco después de la derrota de la Armada Invencible, los ingleses prepararon su poderosa Contraarmada, a cuyo frente se puso el sanguinario sir Francis Drake. Sus intenciones eran claras: se debía de terminar de una vez por todas con el peligro que suponía la aún poderosa flota española.


... No había tiempo que perder, cada minuto contaba para organizar las exiguas defensas de una ciudad dispuesta a afrontar la lucha contra una fuerza claramente superior. En estas circunstancias, resultaba fundamental evitar la entrada de los buques ingleses en la zona portuaria y por eso se ordenó a dos galeras y al galeón San Juan que tomasen posiciones y se mantuviesen alertas. Mientras tanto, la compañía de Don Jerónimo de Monroy, con el apoyo de un reducido grupo de vecinos coruñeses, se dirigió hasta el fuerte para armar sus cañones y responder con toda su fuerza el más que previsible intento de los ingleses de tomar el puerto y la estratégica zona de la Pescadería.

La decisión no pudo ser más acertada, porque inmediatamente los ingleses rompieron las hostilidades, iniciando su ataque con la intención de superar esta primera línea defensiva, pero su tentativa fue abortada merced al empeño de unos españoles que pusieron en funcionamiento toda su artillería, obligando a los navíos ingleses a recular para no verse envueltos en un fuego cruzado procedente del fuerte y de los barcos hispanos, especialmente del San Juan. Esto obligó a los ingleses a desembarcar a sus hombres en la playa de Santa María de Oza, junto con buena parte de su artillería.

La ciudad apenas contaba con efectivos militares intramuros, unos 1.500, por lo que la población civil tuvo que formar milicias de defensa, al tiempo que se apremiaba a la compañía de Betanzos a desplazarse hasta La Coruña a través del camino de Bergantiños. La situación se fue tornando en desesperada porque por primera vez los defensores fueron conscientes del peligro al que se enfrentaban. El galeón español se dispuso a jugar una partida cuyo resultado estaba escrito de antemano, pero aún así no cejó en su empeño y se empleó a fondo para tratar de frenar, aunque sólo fuese por unas horas, el imparable avance inglés desde la playa. Al mismo tiempo, el capitán Troncoso se puso al frente de unos 150 arcabuceros, los cuales mostrando una valentía casi temeraria, hicieron una nueva salida para entorpecer las maniobras de los ingleses, pero su aplastante superioridad numérica terminó por hacerles retroceder hasta el alto de Santa Lucía, en donde se batieron a sangre y fuego, antes de verse obligados a buscar refugio entre los muros de la ciudad.

Esta primera noche de asedio fue intranquila, pero al menos los coruñeses recibieron una buena noticia, la de la anhelada llegada desde Betanzos de dos compañías con armas y víveres. Pero la alegría duró poco, porque cuando empezó a despuntar el alba, el general británico Norris ordenó el asalto a la débil muralla de la Pescadería, empleando casi todos sus efectivos, mientras que sus muy superiores fuerzas artilleras se cebaban sobre las galeras españolas que, totalmente copadas, no tuvieron más remedio que abandonar cualquier esperanza de resistencia. Animados por este primer éxito, los ingleses prosiguieron con su ataque, centrando su atención sobre el San Juan y nuevo galeón que había logrado penetrar en el puerto para apoyar su defensa, el San Bartolomé, al tiempo que decenas de barcos ingleses se empleaban a fondo para silenciar la resistencia del fuerte. En el punto álgido de la batalla, miles de soldados ingleses iniciaron el asalto a la muralla de la Pescadería, contestada con gran valentía por unos españoles que perdieron 70 soldados y unos 200 vecinos, y cuyo sacrificio no fue suficiente para evitar la retirada de los defensores de la ciudad hacia posiciones más seguras.

La vehemencia del empuje británico hizo que se alcanzase el momento crítico en esta lucha a muerte por la supervivencia de la ciudad española. Años después, el capitán Juan Varela llegó a afirmar que si los ingleses hubiesen intentado penetrar en la Ciudad Vieja, lo habrían conseguido sin dificultad, entre otras cosas porque la mayor parte de los soldados españoles se encontraban defendiendo el arrabal, estando las puertas de la ciudad prácticamente desguarnecidas. Afortunadamente, cuatro arcabuceros españoles fueron conscientes del peligro y por eso marcharon hacia la puerta principal, abriendo fuego inmediato sobre los primeros ingleses que se acercaron a ellos, haciéndoles creer que esta posición estaba fuertemente guarnecida.

Esta actitud también pudo verse influida porque los ingleses aprovecharon la retirada española para iniciar un concienzudo saqueo de la zona de la Pescadería, desatando el terror entre los pocos que se habían quedado rezagados, al ver con sus propios ojos como los endemoniados anglos saqueaban a placer, destrozaban las cosechas y se hacían con todas las vituallas presentes en las bodegas que encontraron en su camino. Afortunadamente, los ingleses dieron rienda suelta a su pasión por el vino al dar buena cuenta de todo el alcohol que encontraron en la zona. Hemos de suponer la terrible cogorza que sufrieron más de uno para celebrar anticipadamente la gran victoria que el destino les tenía reservado, pero esto fue aprovechado por los españoles para asesinar a muchos ingleses cuando aún estaban bajo los efectos del vino.

A pesar de todo, la pérdida de esta parte de la ciudad se daba por segura, por lo que la supervivencia del San Juan se consideró inasumible, ordenando a su tripulación abandonar la nave, no sin antes preparar una nueva sorpresa para los asaltantes, al situar unos barriles de pólvora en el buque que hicieron estallar cuando los ingleses subieron en él, provocando la muerte de 15 de ellos.

Llegados a este punto el oficial al mando, John Norris, se vio confiado de tomar la parte alta de la ciudad, donde tras sus murallas esperaba un contingente defensivo formado por lo que quedaba de la pobre guarnición de la ciudad, y por las milicias civiles, muchas de ellas mujeres y niños dispuestos a entregar antes sus vidas que la ciudad. Es aquí donde nos adentramos en aguas turbulentas, entre lo que nos cuenta la historia y lo que nos dice la leyenda. No sabemos si es del todo cierto lo que se nos cuenta de María Pita, pero lo que sí sabemos es que los ciudadanos coruñeses se enfrentaron a una tropa profesional a cara de perro, superior en número y cuyo pronóstico más acertado era que acabarían invadidos y sometidos. Esto nos hace sospechar que si no fue María Pita el detonante de la furia popular sería otro del igual calado, o varios, o incluso toda una ciudad que no quería verse sin sus posesiones y con sus mujeres e hijas sometidas por una tropa sedienta de saqueo.

Después de una semana de feroz resistencia, el 14 de mayo una explosión abrió una brecha en la muralla defendida por los coruñeses en la ciudad alta, allí un oficial inglés arengaba a las tropas y se disponía a clavar la pica con la bandera inglesa en lo alto de la fortificación. En ese momento la escena se congela para observar a un matrimonio, regentes de una de las carnicerías de la ciudad, frente al muro derrumbado, él yacente, inerte, sin vida en el suelo, y su mujer arrodillada junto al cadáver de su marido. María se puso en pie mirando al inglés que intentaba alzar la bandera, para después coger una espada del suelo, y al grito de “quién tenga honra, que me siga” atravesar de parte a parte al oficial británico, dándole muerte y robándole la enseña. Este acto heroico soliviantó la defensa de la ciudad y sumió en el desasosiego y la desesperación a las fuerzas de invasión. Además, en su precipitación los hombres de Drake cometieron un error que al final les salió muy caro, porque un gran número de atacantes se abalanzó sobre la muralla justo en el momento en el que estallaba una mina, haciendo que los cascotes hiriesen de muerte a varias decenas. Fue entonces cuando empezaron a proliferar las bajas inglesas que estaban en retroceso del terreno ganado, comenzando las huidas y deserciones, provocando que el mismísimo Francis Drake ordenase la retirada. La situación no la dejaron escapar las escasas compañías de infantería españolas que seguían combatiendo en el interior de La Coruña, porque sin pensárselo dos veces volvieron a cargar contra las fuerzas agresoras, que ahora sí, se encontraban en total desbandada...