ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: abril 2017
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miércoles, 19 de abril de 2017

LA CUEVA DE SALAMANCA.



Nuestro viaje por los enclaves mágicos que tenemos en España nos lleva en esta ocasión hasta la Plaza de Carvajal, en donde podremos visitar la Cueva de Salamanca, un auténtico lugar de poder con gran fama dentro de la literatura española. El padre Feijoo y Walter Scott hablaron de ella en algunas de sus obras, pero por encima de todos destacan las palabras que Miguel de Cervantes le dedicó a tan mágico lugar en uno de sus entremeses: 

Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no, con otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en La Cueva de Salamanca.

Según cuentan las leyendas, en la desaparecida Iglesia de San Cebrián, existía una cueva cuyo origen se atribuye a Hércules (tal y como ocurre en la que se sitúa en la ciudad de Toledo y que muchos han querido relacionar con el lugar en donde se escondió el tesoro de los visigodos). En el interior de la gruta Satanás impartía antiguas doctrinas que versaban sobre las ciencias ocultas y el mundo de la magia a siete alumnos durante siete largos años. 

Las clases con tan poderoso maestro no eran, ni mucho menos, gratuitas. Los alumnos debían pagar por ellas, así que, por sorteo, se elegía al que debía hacerse cargo de los gastos, pero si no podía, no tendría otro remedio más que quedarse encerrado en la cueva. 

Entre todos los alumnos que pasaron por el lugar destacó Enrique de Aragón (1384-1434), el futuro Marqués de Villena, al que por causa de un destino caprichoso le tocó pagar por la formación recibida por Satanás, pero el problema es que no pudo hacer frente a su deuda. La situación para el joven marqués pasó a ser desesperada, aun así, en su ánimo, no pasaba la posibilidad de quedarse enterrado en vida en el interior de la Cueva de Salamanca, por lo que inventó un plan para poder escapar. Para ello se ocultó en una tinaja tapada de diversos objetos que se habían ido acumulando a lo largo del tiempo. Al ocultarse en ella procuró que estos objetos quedasen tal y como habían estado anteriormente para no ser descubierto. Cuando Satanás regresó y encontró la cueva vacía, entró en cólera, sin darse cuenta que había dejado la puerta abierta y así dejó vía libre al marqués para que pudiera escapar.

El joven estuvo toda la noche oculto, en la oscuridad de esa enigmática cueva, esperando pacientemente la llegada de los primeros rayos del sol que anunciaron el amanecer y el día en el que podría recuperar su libertad. Al salir, su sombra quedó atrapada en sus paredes para siempre, como un recuerdo imperecedero de lo que allí ocurrió hace cientos de años. 

La cueva es conocida en la actualidad por su relación con este episodio legendario aunque detrás de sí, puede existir un episodio real, ya que hay quien asegura que en este lugar dio clases de magia algún profesor de la propia universidad salmantina. Después de ser excavada en los años 90 por un grupo de arqueólogos, ha pasado a ser un lugar de obligada visita para toda persona que visite Salamanca. Una vez allí, el turista puede subir a la Torre a disfrutar de las vistas de la bella ciudad del Tormes.

viernes, 7 de abril de 2017

FESTIVAL DE OPET. PROCESIONES EN EL EGIPTO FARAÓNICO.


En el templo de Luxor, en el Alto Egipto, se conserva un enorme relieve realizado en el siglo XIV antes de Cristo, en el que se representan las celebraciones llevadas a cabo durante el famoso Festival de Opet, para festejar el momento en el que se producía el punto culminante de la crecida anual del rio Nilo. 

Esta fiesta fue una de las más importante de todas las existentes durante el Imperio Nuevo, al ser el momento en el que el faraón se volvía a purificar por el agua y mediante la asunción de su divinidad al identificarse con el ka real. Su trascendencia fue tal que la duración del evento podía llegar hasta los 27 días, en los que el pueblo disfrutaba merced a las generosas dádivas ofrecidas por los sacerdotes de Luxor y Karnak, en forma de pan y cerveza, mientras esperaban ansiosos el momento de ver a unas divinidades en procesión, que durante el resto del año permanecían escondidas en el interior de los templos, por estar el interior de los mismos vedados para todos los que componían las clases inferiores de la sociedad egipcia. Antes de su salida, los sacerdotes bañaban la imagen de la divinidad con agua procedente del Nilo, para posteriormente vestirle con ropas ostentosas y ricas joyas procedentes de los tesoros de los grandes templos. 

Llama la atención la existencia en la parte occidental del templo, de unas llamativas escenas, en donde podemos ver a unos sacerdotes llevando a hombros unas arcas sostenidas por varas que nos traen a la memoria las utilizadas por los hebreos para transportar sus más preciados objetos de culto como el Arca de la Alianza o la Mesa de los Panes de la Presencia. La única diferencia radica en el hecho de que en este caso, los objetos transportados tenían forma de barco, semejantes a otros encontrados en las tumbas para su utilización en el largo viaje que el egipcio debía protagonizar después de su muerte. 

En estos relieves se pueden observar, delante de los sacerdotes que transportaban estas arcas con forma de barco, unos músicos y acróbatas acompañando a la comitiva para celebrar un evento de vital importancia para la vida de los egipcios, lo que recordaba una imagen tantas veces utilizada para representar el Arca, la de los sacerdotes israelitas portando su preciado talismán, mientras unas trompetas sonaban amenazantes para derribar las murallas de la ciudad de Jericó.

...lo descubierto en la tumba de Tutankamon y en los relieves aún visibles de templos como los de Luxor y Karnak, llevaron a los principales estudiosos del Egipto Faraónico, a afirmar que estas cajas de madera forradas de oro eran bastantes usuales entre los objetos litúrgicos del periodo, y por lo tanto bien pudieron servir de inspiración para la construcción del Arca de la Alianza. En el mismo sentido apuntaban muchos otros expertos, al relacionar las leyes y los ritos israelitas, con algunas de las costumbres religiosas del mundo faraónico, de la que la fiesta de Opet sería sólo un ejemplo. Así mismo lo expresó A.H. Sayce, autor de Fresh Light from the Ancient Monuments al identificar la procesión de las arcas con formas de barco, con el Arca del Dios hebreo, llevada a hombros por los sacerdotes levitas, tal y como nos la muestra el Antiguo Testamento. De esto último no podía tener duda alguna, porque hoy en día se sabe que estos cofres utilizados en la fiesta de Opet llevaban en su interior pequeñas imágenes de las distintas divinidades que conformaban el panteón egipcio, algo que no se alejaría mucho de lo que significaron las Tablas de la Ley, en donde quedó grabada la voluntad de Dios en la forma de los Diez Mandamientos. No debemos olvidar, por otra parte, que la divinidad israelita no podía ser identificada con una imagen concreta, antropomórfica o zoomórfica, lo que llevó al Pueblo Elegido a introducir en el interior del Arca, no la imagen de Yahvé, sino su propia palabra...

Más información en Operación trompetas de Jericó



SANTUARIO DE SANTA CASILDA. HISTORIA Y LEYENDA EN UN PAISAJE MÁGICO.


Iniciamos nuestra travesía en tierras de Burgos, recorriendo un lugar aislado en el que el viajero podrá entrar en contacto con viejas leyendas, y disfrutar de un paisaje incomparable ubicado en el corazón de la Bureba, muy cerca de la pintoresca localidad de Briviesca.

El santuario de Santa Casilda se encuentra situado en lo alto de un imponente promontorio, dominando una extensa zona denominada por Azorín como "el corazón de las tierras de Burgos". Para llegar hasta allí, deberemos desplazarnos en primer lugar hasta Briviesca y tomar la carretera BU-V-5107 con dirección a Revillancón, en donde podremos deleitarnos con la elegante iglesia románica del siglo XII consagrada a San Esteban Protomártir.

Siguiendo el camino llegaremos hasta un peñasco en el que se levanta el santuario de Santa Casilda, con una iglesia de estilo renacentista lombardo, construida sobre la antigua ermita, bellamente reformado y que cuenta con una imagen de la santa sobre el altar esculpida por Diego Siloé, y que custodia el sarcófago en donde se conservan los huesos de la princesa toledana Casilda (hija del rey moro Aldemón o al-Mamún), nacida en la ciudad de Toledo en el siglo XI.

Cuenta la leyenda que la princesa quedó huérfana de madre poco después de venir al mundo, aunque afortunadamente su infancia no fue del todo desgraciada porque desde bien pronto recibió el cariño de sus hermanas Zoraida y Almoaín. Como era constumbre entre los hijos de la realeza, a los cinco años, Casilda empezó a estudiar el Corán, pero su afán por el conocimiento le llevó a interesarse por todos los textos que desde entonces cayeron en sus manos. Entre las historias que más le impactaron estaba la de una joven princesa cristiana que decidió huir de palacio para consagrarse a una vida ascética y de oración.Según se dice, con tal sólo 17 años de edad, Casilda ya era una de las mujeres más sabias del reino, y pronto comenzó a interesarse por lo principios éticos del cristianismo, pero su sabiduría no era menor que su bondad, porque inmediatamente empezó a frecuentar las cárceles de palacio para entregar medicinas y alimentos a los cautivos de su propio padre, el cual entró en cólera cuando fue consciente de la "traición" pertrechada por su hija.

Aún así, la joven princesa no se dio por aludida, y siguió visitando y llevando consuelo a los sabios sacerdotes y monjes que palidecían en las lúgubres cárceles toledanas. Enterado el rey Adelmón, fue a espiarla en el jardín de sus aposentos, y al verla allí le preguntó qué era eso que estaba ocultando en su vestido. - Rosas, le respondió Casilda, pero evidentemente su desconfiado padre no la creyó, por lo que le obligó a abrir los pliegues de su vestido y es aquí cuando se obró el milagro, porque las medicinas que llevaba escondidas en su interior se convirtieron en rosas.

Desgraciadamente, el mal se cebó con la joven, siendo víctima de una enfermedad que había heredado de su madre. Los cautivos a los que había estado sirviendo miraron con estupor cómo su valiente heroína se iba consumiendo poco a poco, pero uno de ellos sugirió un extraño remedio: bañarse en los lagos norteños de San Vicente de la Bureba, cercanos a la burgalesa Briviesca. Por si quedaba alguna duda, una voz procedente del cielo, y que al parecer fue transmitida por la Virgen, confirmó la sugerencia, por lo que el rey Adelmón organizó una expedición para trasladar a su querida hija hasta tierras cristianas. Lo que ocurrió es de sobra conocido por las gentes de Briviesca: nada más lavarse en los lagos de San Vicente quedó sanada de su enfermedad, y como agradecimiento la princesa decidió quedarse en el lugar, para vivir de forma eremítica y en agradecimiento al piadoso Dios de los cristianos. Se dice, que Casilda trajo consigo un importante tesoro desde Toledo, al cual se le perdió la pista, aunque la tradición asegura que lo repartió entre las parroquias vecinas y los pobres.

Su generosidad y bondad hizo que las gentes del lugar decidiesen levantar una ermita en honor a la Virgen para que le sirviese de última morada, pero algo extraño vino a suceder, porque todo lo que los vecinos construían durante el día, era transportado hasta lo alto de la montaña por manos angélicas, por lo que se procedió a construir una ermita en lo alto del cerro.

Además del santuario, el visitante puede deleitarse con las viandas de mejor calidad de estas tierras castellanas. En el restaurante de Santa Casilda, disfrutará de una excelente comida y un ambiente agradable, pudiendo elegir entre una gran variedad de platos entre las que podemos destacar las famosas morcillas burgalesas y todo tipo de carnes, regadas por los mejores vinos. También podrá alojarse en su Hospedería, la cual cuenta con 12 habitaciones a precios más que asequibles.

Los viajeros más exigentes, tendrán ocasión de visitar los pozos que según la tradición otorgaron salud a la santa. Para ello tendrán que coger el sendero que baja desde la verja de hierro situada a la izquierda del santuario y descender hasta una preciosa arboleda en donde se encuentra el Pozo Negro o de San Vicente, en donde Casilda encontró consuelo a su dolor. Según se dice, basta con mojar un pequeño pañuelo con sus aguas y llevarlo hasta el enfermo para sanar. Muy cerca tenemos el Pozo Blanco o de Santa Casilda, cuyas propiedad mágicas son también evidentes porque hace fecundas a las mujeres que hasta allí se acercan. El ritual consiste en subir hasta una ladera que está a cierta altura y tirar una teja, si desean tener una hija, o una piedra, si desean un hijo. Pero eso no es todo, porque a los que consiguen "canastar" a la primera, se le asegura la descendencia en el plazo máximo de un año.

domingo, 2 de abril de 2017

LOS BUSCADORES DEL ARCA DE LA ALIANZA.


por Javier Martínez-Pinna, publicado en la revista Enigmas, enero de 2015.

Desde el año 1981, en el que Steven Spielberg rodó la primera película de la mítica saga protagonizada por Indiana Jones, han sido muchos los que se han sentido fascinados por el estudio de uno de los objetos de poder más importantes de nuestra historia: el Arca de la Alianza. Es por este motivo por el que desde bien pronto, surgió en mí el deseo de conocer en profundidad la vida de todos aquellos individuos de carne y hueso, que en un momento u otro de sus vidas sintieron la necesidad de lanzarse en busca del arca perdida. Los resultados de mi investigación no pudieron ser más decepcionantes.

Empecé esta extraña investigación tratando de averiguar el lugar en donde esta pandilla de tarambanas, embaucadores, fuleros y tramposos, había tratado de localizar, siguiendo unos métodos nada convencionales, el destino último del arca. E hipótesis habían para todos los gustos. La creencia más arraigada entre los estudiosos del judaísmo estaba relacionada con el posible ocultamiento de la reliquia en algún lugar cercano del monte Moriá, al parecer con la intención de evitar su captura por parte de alguno de los muchos estados rivales con los que tuvo que luchar el reino de Judá a lo largo de su dilatada historia. Y esa creencia, reforzada por enigmáticos escritos como el Apocalipsis de Baruc o el segundo libro de los Macabeos, empujó a un variopinto grupo de aventureros a tratar de excavar en ese lugar prohibido para hacerse con su inigualable tesoro.

Entre todas estas expediciones, una fue digna de tenerse en cuenta, al mostrar hasta qué punto puede llegar un hombre íntegro cuando se enfrenta, armado sólo con su razón, a una clase dirigente corrupta, ignorante e incompetente: desgraciadamente, al más absoluto y apabullante fracaso. En 1968 Meir Ben-Dov inició unas excavaciones arqueológicas en las inmediaciones de la Colina del Templo, con una finalidad puramente científica y para tratar de extraer información sobre uno de los lugares más importantes del pueblo israelita. Pero la polémica y la controversia no tardaron en aparecer, con una oposición que llegó desde todos los frentes y que hicieron exasperar al desamparado arqueólogo. En primer lugar, el Alto Consejo Musulmán sorprendió a propios y extraños, acusando al director de las excavaciones de ser un sionista radical cuyo objetivo era perforar la colina, para provocar el derrumbe de la mezquita de Al-Aqsa, y así tener espacio libre para construir el tercer templo. Los cristianos no tardaron en unirse a las protestas, al ver amenazados sus intereses en una ciudad también sagrada para ellos, pero donde más arreciaron las críticas fue desde el lado de las autoridades religiosas judías, al negarse a un hipotético hallazgo del Arca por no estar su pueblo preparado para la llegada de un nuevo Mesías, que según la tradición aparecería cuando el Arca decidiese mostrarse de nuevo al mundo.

Con todo el mundo en su contra, Meir Ben-Dov mandó a todas las autoridades político-religiosas a tomar viento, aparcando su proyecto para cuando sus ideas fuesen mejor comprendidas por una clase dirigente a la que le quedaba mucho por evolucionar. Y así, con casi noventa años de edad, el pobre arqueólogo sigue esperando ese momento.

Otros muchos precedieron a este insigne investigador, pero no todos fueron tan serios como él. Entre las propuestas más pintorescas están las de algunos personajes como el psíquico Gerry Canon, quien afirmó sin ningún tipo de pudor, conocer la localización exacta del Arca en Egipto, y eso gracias a su guía Mosec, un fantasmagórico soldado egipcio que había recibido el encargo de robarla en tiempos faraónicos y que ahora, no se sabe muy bien por qué, había vuelto del más allá para revelarle la información después de unas sesiones espirituales. Lo realmente increíble de esta historia es que más de uno se la creyó, por lo que cundió el ejemplo entre otros muchos iluminados que llevaron la localización del Arca tan lejos como su imaginación se lo permitiese: la Esfinge de Giza, la Gran Pirámide o al interior de alguno de los templos de la América Precolombina.

El lugar en donde más han centrado la atención los investigadores ha sido el Monte Moriá de Jerusalén, enclave en el que estuvo el Templo de Salomón albergando las grandes reliquias del judaísmo. Algunos de ellos protagonizaron aventuras dignas de película, no se sabe muy bien si de acción o risa, pero que estuvieron a punto de costarles la vida.

Uno de ellos fue el joven oficial del ejército británico Charles Warren, nombrado por el Fondo para la Exploración de Palestina para excavar en la Colina del Templo en 1867. Aunque no le faltaba talento, el joven Charles adolecía de formación académica, y además, nada más llegar a Tierra Santa, se encontró ante la negativa de las autoridades turcas para dejarle excavar en las proximidades de dos de los edificios más sagrados del Islam: la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa. Al militar inglés no le quedó más remedio que hacer las cosas a su manera y por eso, armado de valor, se deslizó junto al resto de su equipo por el lado norte de la muralla, y allí excavó un túnel para tratar de adentrarse y profundizar hasta llegar al corazón del Monte Moriá. Pero su trabajo, desgraciadamente no pasó desapercibido, pues llamó la atención de los fieles que día tras día se agolpaban en el interior de la mezquita. Tocaba correr, y mientras lo hacían, seguidos de cerca por una turba de irascibles mahometanos, una lluvia de piedras cayó sobre sus cabezas, descalabrando a más de uno. Ante esta situación, el gobernador de la ciudad decidió intervenir y suspender las excavaciones de forma indefinida.

No menos llamativa, más bien todo lo contrario, fue la expedición que en 1909 dirigió M.B. Parker, hijo del Conde de Morlay, cuando fue a Jerusalén con la idea de localizar un objeto que le obsesionaba, el Arca de la Alianza. Este nuevo proyecto fue organizado por un excéntrico esoterista finlandés, el alma mater de esta empresa, llamado Valter H. Juvelius, que desde el principio aseguró tener información digna de toda confianza sobre el escondite definitivo del anhelado objeto de culto. Según Juvelius, el estudio de los textos bíblicos le había revelado la existencia de un pasadizo secreto cuyo acceso podría encontrarse en el lado sur de la Mezquita de Al-Aqsa.

Ambos llegaron a Jerusalén en agosto de 1909, dispuestos a seguir con las investigaciones en donde Warren, años atrás, las había dejado. Pero para esta ardua tarea iban a necesitar toda la ayuda posible, y por eso contrataron al tercer miembro importante de la expedición, un vidente irlandés dispuesto a mostrarles el camino recurriendo a sus poderes sobrenaturales.

Los trabajos se iniciaron con brío, pero pasaron los días y de nuevo las protestas empezaron a arreciar; y no sólo eso, las lluvias otoñales convirtieron la colina en un barrizal y para colmo de males, el famoso barón de Rothschild, sionista y miembro de la adinerada familia de banqueros, compró un terreno cercano a la excavación desde donde poder boicotear todos sus movimientos. Con tantos frentes abiertos, Parker y su insólito equipo, decidieron recurrir a unos métodos más desesperados. Sin mucha dificultad lograron sobornar al gobernador de la ciudad, Amzey ben Pachá con 25000 dolares, y al jeque Jalil, guardián de este espacio sagrado, con otra interesante cantidad de dinero para así poder internarse en la colina y excavar directamente en busca de su tesoro.

Camuflados por la espesura de la noche y disfrazados de árabes, Parker y su equipo se tiraron toda una semana excavando en el interior de la Cúpula de la Roca, con la intención de abrirse paso por el Pozo de las Ánimas situado baja la roca sagrada o Shettiyah. Entusiasmados, siguieron con su extenuante trabajo, pero la noche del 18 de Abril de 1911 se produjo la fatalidad, ya que tuvieron la mala suerte de encontrarse con una persona honrada que, sin saber muy bien por qué, no reaccionaba ante los estímulos económicos a las que fue sometida por parte de los europeos. Al oír el ruido provocado por los cazatesoros, el incorruptible guardián del edificio se asomó a su interior y observó, horrorizado, como el grupo de extranjeros, profanaba la mezquita y destrozaba su amada Cúpula de la Roca. Inmediatamente lanzó un desgarrador chillido para poner en guardia a todos los fieles que a esas horas rondaban por los alrededores de la colina.

Había llegado el momento de poner los pies en polvorosa. Los ingleses abandonaron Jerusalén a toda prisa, buscando cobijo en el cercano puerto de Jaffa, en donde un barco les esperaba para acogerlos y llevarlos de vuelta, con viento en popa y a toda vela, a la lejana Inglaterra. Pero los cosas no podían quedar así, los musulmanes, heridos en su orgullo por ver como los infieles aventureros se les escapaban vivitos y coleando a bordo de su veloz embarcación, decidieron cobrarse venganza en la persona del jeque Jalil, que se convirtió en el blanco de todas las iras, cuando sufrió un despiadado e inmerecido castigo – que ya se sabe son cosas del sistema – antes de perder definitivamente la cabeza.

Si estos investigadores llamaron la atención por los medios utilizados para encontrar uno de los artefactos arqueológicos más añorados de todos los tiempos, pronto se vieron superados por un individuo, llamado Ron Wyatt, cuando en 1978 anunció al mundo una impactante noticia: mientras visitaba el monte Moriá tuvo una inexplicable revelación, por la que comprendió que el Arca de la Alianza estaba, ni más ni menos, bajo el Monte del Calvario, en una profunda gruta y dentro de un enorme recipiente de piedra. Y aún más importante, en su visión pudo observar como el objeto y las paredes de la gruta estaban impregnados por una sustancia ennegrecida, filtrada desde la superficie del monte y procedente de la mismísima sangre derramada de Cristo.

Sabemos que Wyatt concertó una entrevista con las autoridades religiosas de Israel para exponerles sus extravagantes teorías y pedirles permiso para excavar. Lo que no sabemos es la cara que pusieron cuando oyeron el planteamiento del curioso investigador americano, que a día de hoy se sigue esperando, impaciente, la llegada de la pertinente e improbable autorización.

Pero en la búsqueda del arca, no podría faltar un Jones… Vendyl Jones. Este curioso investigador afirmó en 1994 haber localizado el arca entre las ruinas de la ciudad de Gilgal, gracias en parte a la existencia de una serie de fotografías tomadas desde un satélite que parecían reflejar, si se miraban desde un ángulo concreto, a una hora determinada del día y con los ojos entreabiertos – más cerrados que abiertos – , los restos de un edificio parecido al Templo de Salomón, en cuyo interior debería haber estado el Arca. El lector se preguntará, por qué motivos llegó a esta curiosa conclusión. Nosotros también.

Además de en Jerusalén, los estudiosos de la reliquia han centrado su atención en otro enclave sagrado para el judaísmo, el monte Nebo, identificado en numerosas ocasiones como el lugar en donde fue enterrado el legendario Moisés. Según se contaba en el Libro de los Macabeos, el profeta Jeremías había escondido el arca en este lugar, antes de la destrucción del Templo. Allí se dirigió un tal Frederick Futterer, para reconocer este monte y su vecino, el Pisgá. Los resultados de su investigación fueron a primera vista asombrosos, ya que logró descubrir un pasadizo secreto en el Nebo, bloqueado por un muro que no pudieron atravesar, en el que había una inscripción que decía lo siguiente: Aquí dentro está, el Arca de oro de la Alianza.

El final de la búsqueda parecía haber llegado a su fin, pero no fue así. Cuando se le pidieron más explicaciones y que revelase el lugar exacto en donde se produjo el hallazgo, Futterer optó por un sospechoso silencio. Nunca dijo el lugar exacto donde estaba el pasadizo, ni siquiera quién fue el experto que le tradujo la inscripción, negándose en vida a volver al lugar de los hechos. Esta historia fue cayendo en el olvido, pero medio siglo más tarde fue rescatada por Tom Crotser, un individuo al que no podemos considerar ni iluminado ni vidente, sino un auténtico jeta que llegó al monte dispuesto a protagonizar una de las acciones más vergonzantes en esta larga aventura que fue la búsqueda del Arca de Poder.

En el currículum de este tipo figuraban unos descubrimientos que sólo existían en su imaginación: el de la Torre de Babel, el Arca de Noé y la Ciudad de Adán, y con estos antecedentes se presentó en el monte con un croquis realizado por Futterer en donde se mostraba el acceso al pasadizo. Después de varias jornadas investigando en sus escarpadas y desérticas laderas, él y su equipo decidieron desistir y marcharon al Pisgá, donde felizmente localizaron el tortuoso pasadizo. El 31 de octubre de 1981, el mismo año que en los cines de medio mundo se estrenaba En busca del Arca Perdida, lograron penetrar en el interior de la montaña, profundizando unos seiscientos pies hasta llegar a una cripta excavada en la roca que albergaba un cofre rectangular de oro en donde estaría cobijada el Arca de la Alianza. Con la certeza de haber resuelto el enigma, Tom Crotser decidió no mover la pieza, pero en cambio tomó una serie de fotografías como prueba de su hallazgo. De vuelta en casa, anunció a bombo y platillo por toda Norteamérica esta impactante noticia, pero cuando se le pidió que mostrase las fotos reveló una nueva información que dejó a todos boquiabiertos. Al parecer, Dios le había ordenado no enseñar a nadie las fotos hasta que el tercer Templo fuese reconstruido, y por eso decidió guardarlas y sólo mostrarlas a unos pocos elegidos, la mayor parte de ellos videntes, hechiceros y pitonisos, hasta que finalmente, en 1982, un arqueólogo llamado Horn, después varias horas estudiando las imágenes afirmó haber visto una caja realizada, no de oro, sino de latón, estampada con un dibujo de rombos hechos claramente con maquinaria moderna. Y lo más revelador, en la esquina superior de la caja observó que sobresalía un clavo de estilo actual. 

Muchos autores… aún más hipótesis para el estudio del más importante objeto de culto de la religión judeocristiana, aunque, por desgracia, es muy poco, prácticamente nada, lo que conocemos de ella. A pesar de lo desvirtuada que quedó su búsqueda, no hay motivos para dudar de su existencia. El principal problema que encontramos al tratar de investigar su recorrido histórico es la falta de alguna referencia historiográfica que nos permita seguir su rastro, y por eso, y a diferencia de lo que ocurre con otros objetos como la Mesa de Salomón, los investigadores han debido de conformarse con el estudio de ciertas tradiciones judías, depositarias de un saber milenario, pero adulteradas por el paso del tiempo. Si en algo coinciden todas ellas es en apuntar hacia un mismo lugar, la ciudad santa, la enigmática Jerusalén y el monte Moriá, cuyo interior nunca pudo ser investigado en profundidad, por las evidentes connotaciones políticas que tiene el estudio de un enclave sagrado para la mitad de nuestro planeta, y que por lo tanto tiene que albergar importantes tesoros, no sólo materiales, que a buen seguro podrían maravillar al mundo.

Más información en Operación trompetas de Jericó



EL TESORO PERDIDO DE ATAHUALPA.


por Javier Martínez-Pinna, revista Clío Historia, febrero de 2016.

En noviembre de 1532 el emperador inca Atahualpa fue capturado por los hombres de Pizarro en la ciudad de Cajamarca, dando lugar a la formación de una serie de leyendas sobre la posible existencia de un enorme tesoro oculto en alguna de las grutas de la capital del Tahuantinsuyo.

Según cuenta la historia, el dirigente inca prometió a los conquistadores, cubrir de oro la estancia en donde se encontraba retenido a cambio de su libertad, pero al mismo tiempo envió mensajes secretos a sus huestes para que rodeasen la ciudad y posteriormente capturar a los castellanos, para de esta forma cobrarse justa venganza por todas las humillaciones sufridas. 

En febrero del 1533, Atahualpa había cumplido su parte del trato, pero su liberación no se planteaba ni siquiera como opción para unos españoles, cuyas vidas se verían seriamente comprometidas si Atahualpa se reunía con sus encolerizados guerreros. Por eso, Pizarro decidió someterle a un juicio injusto, en el que se le llegó a acusar de herejía de una religión que ni siquiera conocía, y por eso fue condenado a morir sometido al suplicio del garrote vil.

Siempre se ha dudado sobre la posibilidad de que estas riquezas acumuladas por Atahualpa antes de su ejecución, formasen la totalidad del tesoro de los incas. Las fuentes documentales y las tradiciones indígenas así parecen atestiguarlo, haciendo creer a los investigadores que los incas llegaron a esconder una parte importante de sus riquezas para que no cayesen en manos de los españoles. Según cuentan las crónicas, tras la muerte del inca, Pizarro envió a tres de sus hombres de confianza para que retirasen de los palacios reales de Cuzco y de la Coricancha, todos los objetos de valor que aún quedaban en la capital. Se sabe que los castellanos lograron arrancar unas setecientas planchas de oro que recubrían las paredes del templo sagrado de la Coricancha, pero otras muchas riquezas que estaban en su interior desaparecieron sin dejar rastro de su presencia. Algo más tarde, Garcilaso el Inca hacía referencia a toda la opulencia que encerraba el antiguo templo solar, ahora convertido en el convento de Santo Domingo, destacando la existencia de un enorme disco solar, al igual que un jardín lleno de estatuas de animales y plantas de oro macizo, además de unas esculturas de los doce reyes incas que habían gobernado en el Tahuantinsuyo.

Es lógico suponer que una gran parte de estas riquezas fuesen escondidas en algún lugar secreto de la ciudad, y en este sentido todos los indicios apuntan hacia una serie de galerías subterráneas accesibles a través de largos túneles que atravesarían Cuzco. Esta leyenda tiene una cierta apoyatura documental, gracias en parte a las referencias transmitidas por Felipe de Pomares, cuando narra un antiguo episodio relacionado con un príncipe local, llamado Carlos Inca, que era descendiente directo de Huayna Cápac. Éste habría confesado a su mujer, una española llamada María Esquivel, que él era el custodio de uno los tesoros más valiosos del planeta. Como imaginará el lector, la mujer no se creyó ni por un solo momento lo que le contó su pobre marido, y por eso empezó a humillarle tachándole de mentiroso y mezquino. 

Un día, el joven príncipe, harto de los insultos y comparaciones de los que era víctima por parte de su codiciosa esposa, tuvo un arrebato de orgullo y ni corto ni perezoso, decidió mostrar a María Esquivel todo el oro de los incas para terminar con tanto menosprecio. En primer lugar, vendó los ojos de su “amada” mujer y la condujo por unos estrechos túneles hasta llegar a un amplio subterráneo donde, ya con los ojos descubiertos, le mostró el más fabuloso tesoro imaginable. Satisfecho en su dignidad, el noble andino decidió volver a vendar los ojos de María, no sin antes advertirla que no le iba a dejar coger ni una sola pizca de todo el oro que en ese momento les rodeaba. Fue en ese mismo momento cuando el desprecio se convirtió en odio, y por eso, nada más salir a la superficie, la humillada mujer decidió denunciar a su marido por el delito de ocultar un tesoro perdido, que según las leyes del momento debía de pertenecer al rey español Carlos I. Las autoridades decidieron detener, inmediatamente, al descendiente de Huayna Cápac, pero nada pudieron hacer, porque éste había logrado huir a las montañas de Wilcabamba, llevándose consigo el secreto sobre la existencia de toda esa riqueza por la que muchos han suspirado en los últimos 500 años.

La siguiente noticia sobre el oro de los incas, nos la proporciona un tal Mateo García Pumakahua, un conspirador que en 1814 se encontraba preparando una sublevación contra las los ejércitos e intereses de los españoles en el Perú. Mientras ultimaban los detalles de su plan, decidió mostrar a su coronel, Domingo Luis Astate, una parte del tesoro de los incas, para que en caso necesario pudiese ser utilizada para sufragar el levantamiento. Con el consentimiento de su superior, Mateo García, alias ” El Puma” vendó los ojos de su coronel y lo llevó por la Plaza de Armas de Cuzco para posteriormente rodear un arroyo que bien pudo ser el Choguechaca, y bajar por un camino desconocido hasta el subsuelo de la ciudad. Tras unos minutos de penosa y asfixiante marcha, Astate pudo contemplar en una pequeña galería, todo tipo de alhajas entre las que destacaban, multitud de esmeraldas, ladrillos de oro y otros objetos de incalculable valor. Una pista sobre la localización de este enclave, nos la ofrece el mismo relato cuando afirma que el coronel oyó perfectamente, mientras observaba el botín, cómo el reloj de la catedral daba las nueve de la noche.

No fueron los únicos testimonios sobre la naturaleza de este apasionante tesoro de nuestro pasado. A mediados del XIX, el prestigioso Alexander von Humboldt, vuelve a referirse al oro de Atahualpa en su libro Views of Nature, que no hizo más que despertar la codicia pero también el interés de muchos historiadores que empezaron una larga búsqueda, especialmente en las entrañas del templo sagrado de la Coricancha, cuya magia y misterio ha logrado preservar hasta nuestros días uno de los enigmas más atractivos de toda nuestra historia.

CHARLES WARREN. EN BUSCA DEL ARCA DE LA ALIANZA.


por Javier Martínez-Pinna. Revista Clío Historia, marzo de 2016. 

No hace mucho tiempo, tuve la oportunidad de investigar el que se ha venido a considerar como el objeto de culto más valioso de la religión judía. Fue mientras me documentaba para escribir Operación trompetas de Jericó, un ensayo en el que traté de ofrecer una visión del arca que huyese de lo esotérico y sensacionalista, para centrarme en el estudio serio y riguroso de las fuentes documentales y arqueológicas. Mi intención era entender la auténtica naturaleza de esta anhelada reliquia, pero también el lugar en donde pudo quedar oculta. Pero en el libro también me ocupé de rescatar del olvido, los hechos y las andanzas protagonizadas por todos aquellos aventureros, iluminados, arqueólogos o historiadores que, en un momento u otro de sus vidas se sintieron tentados por la búsqueda del Arca Perdida.

Entre todos ellos destacó un joven oficial del ejército británico, Charles Warren, cuya biografía hizo que se le considerase como uno de los más afamados aventureros ingleses del siglo XIX, y eso por muchos motivos. Siendo muy joven marchó hacia Palestina, para participar en diversas campañas arqueológicas, y posteriormente puso su talento al servicio de un Imperio que por aquel entonces se extendía por casi medio mundo. 

En el África más meridional, el valeroso y polifacético Warren, destacó por su denodada participación en diversos conflictos como el de Bechuanalandia, la actual Botsuana, para más tarde ponerse al mando de una guarnición inglesa situada en el influyente puerto de Suakin. El prestigio del oficial fue subiendo con tal rapidez que pronto fue puesto al frente de las tropas coloniales de Singapur, todo un logro que le permitió asumir el grado de Teniente General, con el que participó en la guerra de los bóers, en donde nuevamente pudo demostrar sus habilidades militares durante la célebre ofensiva de Natal. 

Su carrera al servicio de Su Majestad fue premiada con el desempeño de importantes cargos administrativos, primero en la Ciudad del Cabo, y después en la propia city londinense, en donde sabemos que participó como alto responsable policial de Londres entre el 1886 y 1888, en la investigación de los asesinatos perpetuados por el enigmático y aún desconocido, Jack el Destripador. De Warren sabemos que fue un reconocido masón y que además intervino, de forma directa, en la fundación del movimiento Scout. 

Todo ello le hizo merecedor de una fama imperecedera, aunque si por algo se recordará a este apasionante individuo fue por la extravagante búsqueda que llevó a cabo muchos años atrás, cuando en el 1867 marchó hacia la ciudad de Jerusalén para intentar encontrar el Arca de la Alianza. El joven Charles Warren fue contratado ese mismo año por el Fondo para la Exploración de Palestina para excavar en el Monte Moriá, y aunque adolecía de la más mínima formación académica, intentó desde el primer momento compensar su falta de experiencia demostrando un pundonor y una valentía que sorprendieron a propios y extraños.

Nada más llegar a Tierra Santa, se encontró ante la negativa de las autoridades turcas para dejarle excavar en las proximidades de dos de los edificios más sagrados del islam: la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa. Desde el principio todo le pareció salir mal, pero a Warren no pareció importarle mucho, porque había llegado hasta este lugar para ver cumplido un sueño, y nadie iba a impedírselo, por lo que decidió hacer las cosas a su manera. 

Armado de valor, logró deslizarse junto al resto de su equipo por el lado norte de la muralla, y allí excavó un túnel para poder adentrarse y profundizar hasta llegar hasta las entrañas de la Colina del Templo, pero su trabajo, desgraciadamente, no pasó desapercibido, pues llamó la atención de los fieles que día tras día, se agolpaban en el interior de la mezquita para rendir culto a su dios. Tocaba correr, y mientras lo hacían, seguidos bien de cerca por una turba de indignados palestinos, una lluvia de piedras cayó sobre sus cabezas, descalabrando a más de uno. Ante esta situación, el gobernador de la ciudad decidió intervenir paralizando definitivamente las excavaciones.

Charles Warren no se había salido con la suya. Nunca pudo demostrar al mundo que la Colina del Templo escondía el más deseado objeto arqueológico de todos los tiempos, aunque unos años más tarde, en 1911, un aristócrata llamado M. B. Parker llegó junto al excéntrico esoterista finlandés Valter Juvelius, para continuar con las investigaciones en donde Warren las había dejado. Una nueva aventura estaba a punto de iniciarse.

LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD.


Tras los primeros viajes de exploración por las tierras del Nuevo Mundo, una serie de rumores empezaron a propagarse por las villas y ciudades de Castilla, unas  noticias que hicieron despertar el interés de muchos españoles, ávidos de gloria y sensaciones fuertes, por embarcarse en una nueva aventura para lanzarse en busca del oro. Entre todos los tesoros que se suponía podían encontrarse en las tierras recientemente descubiertas, había uno cuya posesión había sido codiciada por todos los hombres desde que el ser humano tuvo consciencia de sí mismo: el don de la inmortalidad, el que trató de encontrar el vallisoletano Juan Ponce de León, cuya obsesión fue hallar la fuente de la eterna juventud. 

Su epopeya sirve como ejemplo de lo que hemos visto cuando desde este blog hemos estudiado las gestas llevadas a cabo por otros controvertidos personajes relacionados con la conquista del continente americano. Con el descubrimiento de Amércia, los europeos trataron de extrapolar sus mitos y sus antiguas creencias y quimeras hacia un mundo que se consideraba mágico y por la tanto repleto de misterios cuya naturaleza no podía ser bien entendida. Pero Ponce de León era mucho más que un inquieto soñador. Sus indiscutibles virtudes militares, le hicieron merecedor de un digno reconocimiento entre los colonizadores castellanos asentados en la isla de La Española. Esto le permitió ocupar un puesto de responsabilidad en la conquista y poblamiento de Puerto Rico, de la que más tarde llegó a ser gobernador. Fue en esta isla en donde escuchó, por primera vez, la asombrosa historia sobre Bimini, narrada por unos indígenas amistosos y según la cual, en esta lejana isla situada hacia poniente, existía un vergel de aguas cristalinas en donde se podía obtener el don de la eterna juventud. El aguerrido, y ya entrado en años, Juan Ponce de León, no se lo pensó dos veces. Sin pensarlo dos veces, fletó tres barcos y con ellos se pasó varios meses recorriendo las costas del Golfo de México, sin encontrar la dichosa y desconocida isla hasta que un día, inesperadamente, llego a la península de Florida. Por aquel entonces las provisiones empezaban a escasear, y por ese motivo decidió dar media vuelta y dejar para más adelante la búsqueda de su propia inmortalidad. 

Esto no desanimó al fiero Ponce de León, él había llegado hasta este lugar para ver cumplido un sueño y no descansaría hasta verlo hecho realidad. Dispuesto a cumplir su cometido, decidió regresar a España para preparar una gran expedición con la que conquistar esas nuevas tierras en cuyo interior tendría que estar Bimini. Tras recibir el título de adelantado partió de nuevo en 1521 con varios barcos y un importante contingente de hombres. Pero al desembarcar en las costas norteamericanas fueron recibidos con un feroz ataque de los indios semínola, unos iracundos aborígenes expertos en el uso del arco, que tras varios días de combate lograron alcanzar al capitán español, hiriéndole de muerte y dando al traste con su búsqueda. Ponce de León, que había llegado a Florida para encontrar la inmortalidad, murió pocos días después tras sufrir indescriptibles dolores. Una nueva ironía del destino que se cobró la vida de tantos indómitos españoles, cuya férrea voluntad y valentía permitieron el nacimiento de uno de los imperios más extraordinarios jamás conocidos.

Información extraída del libro Grandes tesoros ocultos, Editorial Nowtilus, Madrid 2015. 

sábado, 1 de abril de 2017

LOS PRIMEROS DE FILIPINAS.


publicado en la Revista Clío Historia, Abril de 2017.

En el año 1582 el acero toledano y la pólvora castellana de arcabuceros, piqueros y rodeleros de la armada española en Filipinas se enfrentaron a las temibles catanas de los ronin japoneses (samuráis sin señor) por la defensa de las costas de la isla de Luzón, en las lejanas colonias del imperio de Felipe II.

Justo un siglo antes de estos hechos la península ibérica era testigo de la unión de los reinos feudales de Castilla y Aragón, personificados en los conocidos como Reyes Católicos, una fusión de intereses y fuerzas que ponía punto final a la presencia del Islam en la Europa occidental, y cuyo momento álgido cristalizaba con la conquista de Granada en el año 1492. En ese mismo año la búsqueda de las emergentes monarquías europeas hacia una ruta comercial al Lejano Oriente confluye también en España, con el fortuito descubrimiento del continente americano. La entrada de oro y plata, así como una acertada política matrimonial de los reyes hispanos, permitió la formación de un gran imperio que logró imponer su hegemonía en Europa y en el mundo durante una buena parte de los siglos XVI y XVII. A todo ello se le suma el hecho casual de una mini edad del hielo, iniciada en el s. XIV, que atenazó y congeló los puertos del norte de Europa, y que dejaba al nuevo imperio como dueño y señor de los mares del mundo conocido.

Por si todo esto fuera poco, la lucha por el control de la península itálica por parte de la corona de Aragón contra el reino francés dio como fruto, a través de las tácticas de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, el germen de los futuros tercios españoles, toda una revolución militar, que a imitación de la llevada a cabo por la falange de Alejandro Magno, supuso la creación de una auténtica maquinaria de guerra que se enseñoreó por todo el imperio haciendo alarde de su invencibilidad.

El constante estado de guerra del periodo feudal hispano contra el Islam y su posterior sustanciación expansiva, virtud a las causas explicadas, dio como resultado una casta guerrera, unos hombres a los que debemos contextualizar correctamente, con los parámetros de su espacio histórico y no del nuestro, y verlos como lo que realmente eran, unos individuos que no estaban preparados para una sociedad post-medieval, para una supervivencia en un mundo europeo que luchaba por salir de la Edad Media; unos seres rudos, primarios y dispuestos a todo por ver cumplida su búsqueda de reconocimiento, fama y dinero. Es el caso de los 40 soldados al mando del palentino Carrión, que defendieron las Filipinas contra más de mil samuráis, en estas lejanas tierras cuyo nombre se lo debemos al rey español Felipe II.

Juan Pablo Carrión, nacido en la localidad de Carrión de los Condes, Palencia, en el año 1513, hidalgo y capitán de la armada española sería el encargado de la gesta de los primeros hombres en Filipinas. Su historia aparece ligada al archipiélago oriental desde el año 1543, en el que destacó como uno de los pocos supervivientes de la desastrosa expedición de Ruy López de Villalobos. En la década de 1560 colaboró en el establecimiento de la ruta comercial entre Nueva España (Mexico) y Filipinas junto a Andrés de Urdaneta, para acabar instalándose en Colima, Nueva España y desposarse con Leonor Suárez de Figueroa, hecho que le valió la acusación de bígamo y judaizante, lo que se tradujo en el embargo de sus bienes en Colima, la persecución de la Inquisición y el regreso a España. En 1573 defendió ante el rey Felipe II la existencia de un paso directo entre Nueva España y China, y fue en 1577, cuando Felipe II le concede permiso para buscar el paso y zarpa como general de la Armada a Filipinas.

En el año 1580 un pirata nipón conocido como Tay Fusa trataba de imponer su autoridad en la provincia de Cagayán (isla de Luzón), forzando a los nativos a prestarle vasallaje. Los piratas ronin buscaban el oro filipino, afamado en Japón, por lo que el archipiélago quedó sometido a ataques e incursiones niponas durante todo el s. XVI. 

Tras las continuadas quejas del gobernador general a Felipe II, en el que describía a los japoneses como “la gente más belicosa que hay por aquí” el rey toma la decisión de encargar a Carrión, la labor de acabar con los samuráis de Cagayán. A partir de este momento asistimos a algo más profundo que a un enfrentamiento armado. Será el choque, único en la historia, entre las armas feudales japonesas y el acero toledano, entre las modernas técnicas de navegación y combate imperial contra las rápidas naves piratas de los mares del sur, y entre la superioridad numérica y la ferocidad individual del guerrero nipón frente al orden de combate y la disciplina de un ejército regular español.

La situación no se presentaba propicia para los intereses hispanos ya que las fuerzas presentes no superaban los 40 soldados, una galera (seguramente de guerra provista con un cañón, dos culebrinas a proa y una a popa, un cañón por lado y un arcabuz), cinco embarcaciones pequeñas de apoyo y un navío ligero, frente a los japoneses que contaban con un junco (embarcación estable y de gran empuje que podía navegar en aguas poco profundas), 18 champanes (embarcación propia de los pescadores chinos y que navegaba en ríos y cerca de las costas) y más de 1.000 piratas ronin.

La superioridad de las embarcaciones españolas era más que evidente, y muy posiblemente fue determinante para explicar el resultado de una batalla que se inició cuando Carrión obligó a retirarse a un buque pirata en el mar de China, provocando la ira de Tay Fusa, quien puso rumbo a Filipinas, obligando al capitán palentino a una defensa rápida reuniendo para ello a su reducido contingente. La galera española, la Capitana, se preparó para el combate contra uno de los barcos japoneses disparando su artillería y dejando el barco destrozado y lleno de muertos en cubierta, lo que posibilitó un fácil abordaje, que se vio contundentemente frenado, dada la aplastante superioridad numérica de los nipones. Carrión, con 69 años de edad, dirigía en persona el ataque provisto de media armadura de acero. El orden de combate, propio de los tercios de Flandes, situaba a los piqueros delante, arcabuceros en segunda línea y mosqueteros detrás, formando un muro contra un feroz enemigo que poco a poco les obligaba a retroceder. Con una gran determinación, el capitán español consiguió hacer una barrera con la briza de la verga mayor, sajándola de golpe con su acero, y permitiendo el parapeto de arcabuceros y mosqueteros que desde allí pudieron disparar haciendo estragos en las desprotegidas filas piratas. Los piqueros y rodeleros aprovecharon las bajas enemigas para saltar sobre ellos de manera salvaje mientras otra embarcación española, el San Yusepe, lanzaba ráfagas de artillería que mantenía entretenidos a los artilleros nipones. La sorpresa y las bajas obligaron a los piratas a una retirada, saltando y nadando hacia la costa, pereciendo muchos de los ronin por el peso de sus armaduras samurái. Tras esta decisiva batalla, Juan Pablo Carrión continuó por el río Grande Cagayán donde se topó con 18 champanes, y allí las culebrinas y arcabuces volvieron a hacer estragos. 

Posteriormente los españoles desembarcaron para hacerse fuertes cerca de las huestes enemigas, y desde una improvisada trinchera en tierra siguieron hostigando a los piratas con cañones que habían traído de los barcos. Tras un infructuoso intento nipón de negociar una retirada honrosa, los japoneses decidieron atacar a la desesperada con 600 soldados a los valerosos españoles que ahora sí, se encontraban totalmente rodeados y a punto de ser copados después del brutal asalto oriental. Tres fueron las embestidas que los japonés hicieron antes de penetrar definitivamente en unas defensas españolas que parecían condenadas al exterminio, pero es en estos momentos cuando se produce uno de esos momentos estelares de nuestras historia, protagonizado por 30 soldados españoles, agotados y sin pólvora, que asombrosamente lograron plantar cara al resto del contingente pirata acuchillándolos sin piedad hasta provocar la estampida final. 

Tras la expulsión de los piratas el palentino fundó la ciudad de Nueva Segovia (actual Lal-lo). A partir de aquí perdemos la pista histórica de Juan Pablo Carrión, desconociéndose que fue de él y a qué edad y en qué lugar murió. Mucho se ha escrito de los hombres que sufrieron la decadencia del imperio español y que cayeron derrotados con la pérdida de las últimas colonias, pero muy poco de aquellos primeros hombres de Filipinas que acabaron masacrando y poniendo en fuga a un ejército de samuráis armados hasta los dientes y que contaban con 25 veces más efectivos. 



Desde aquí nuestro reconocimiento.