ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL TESORO PERDIDO DE ATAHUALPA.
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domingo, 2 de abril de 2017

EL TESORO PERDIDO DE ATAHUALPA.


por Javier Martínez-Pinna, revista Clío Historia, febrero de 2016.

En noviembre de 1532 el emperador inca Atahualpa fue capturado por los hombres de Pizarro en la ciudad de Cajamarca, dando lugar a la formación de una serie de leyendas sobre la posible existencia de un enorme tesoro oculto en alguna de las grutas de la capital del Tahuantinsuyo.

Según cuenta la historia, el dirigente inca prometió a los conquistadores, cubrir de oro la estancia en donde se encontraba retenido a cambio de su libertad, pero al mismo tiempo envió mensajes secretos a sus huestes para que rodeasen la ciudad y posteriormente capturar a los castellanos, para de esta forma cobrarse justa venganza por todas las humillaciones sufridas. 

En febrero del 1533, Atahualpa había cumplido su parte del trato, pero su liberación no se planteaba ni siquiera como opción para unos españoles, cuyas vidas se verían seriamente comprometidas si Atahualpa se reunía con sus encolerizados guerreros. Por eso, Pizarro decidió someterle a un juicio injusto, en el que se le llegó a acusar de herejía de una religión que ni siquiera conocía, y por eso fue condenado a morir sometido al suplicio del garrote vil.

Siempre se ha dudado sobre la posibilidad de que estas riquezas acumuladas por Atahualpa antes de su ejecución, formasen la totalidad del tesoro de los incas. Las fuentes documentales y las tradiciones indígenas así parecen atestiguarlo, haciendo creer a los investigadores que los incas llegaron a esconder una parte importante de sus riquezas para que no cayesen en manos de los españoles. Según cuentan las crónicas, tras la muerte del inca, Pizarro envió a tres de sus hombres de confianza para que retirasen de los palacios reales de Cuzco y de la Coricancha, todos los objetos de valor que aún quedaban en la capital. Se sabe que los castellanos lograron arrancar unas setecientas planchas de oro que recubrían las paredes del templo sagrado de la Coricancha, pero otras muchas riquezas que estaban en su interior desaparecieron sin dejar rastro de su presencia. Algo más tarde, Garcilaso el Inca hacía referencia a toda la opulencia que encerraba el antiguo templo solar, ahora convertido en el convento de Santo Domingo, destacando la existencia de un enorme disco solar, al igual que un jardín lleno de estatuas de animales y plantas de oro macizo, además de unas esculturas de los doce reyes incas que habían gobernado en el Tahuantinsuyo.

Es lógico suponer que una gran parte de estas riquezas fuesen escondidas en algún lugar secreto de la ciudad, y en este sentido todos los indicios apuntan hacia una serie de galerías subterráneas accesibles a través de largos túneles que atravesarían Cuzco. Esta leyenda tiene una cierta apoyatura documental, gracias en parte a las referencias transmitidas por Felipe de Pomares, cuando narra un antiguo episodio relacionado con un príncipe local, llamado Carlos Inca, que era descendiente directo de Huayna Cápac. Éste habría confesado a su mujer, una española llamada María Esquivel, que él era el custodio de uno los tesoros más valiosos del planeta. Como imaginará el lector, la mujer no se creyó ni por un solo momento lo que le contó su pobre marido, y por eso empezó a humillarle tachándole de mentiroso y mezquino. 

Un día, el joven príncipe, harto de los insultos y comparaciones de los que era víctima por parte de su codiciosa esposa, tuvo un arrebato de orgullo y ni corto ni perezoso, decidió mostrar a María Esquivel todo el oro de los incas para terminar con tanto menosprecio. En primer lugar, vendó los ojos de su “amada” mujer y la condujo por unos estrechos túneles hasta llegar a un amplio subterráneo donde, ya con los ojos descubiertos, le mostró el más fabuloso tesoro imaginable. Satisfecho en su dignidad, el noble andino decidió volver a vendar los ojos de María, no sin antes advertirla que no le iba a dejar coger ni una sola pizca de todo el oro que en ese momento les rodeaba. Fue en ese mismo momento cuando el desprecio se convirtió en odio, y por eso, nada más salir a la superficie, la humillada mujer decidió denunciar a su marido por el delito de ocultar un tesoro perdido, que según las leyes del momento debía de pertenecer al rey español Carlos I. Las autoridades decidieron detener, inmediatamente, al descendiente de Huayna Cápac, pero nada pudieron hacer, porque éste había logrado huir a las montañas de Wilcabamba, llevándose consigo el secreto sobre la existencia de toda esa riqueza por la que muchos han suspirado en los últimos 500 años.

La siguiente noticia sobre el oro de los incas, nos la proporciona un tal Mateo García Pumakahua, un conspirador que en 1814 se encontraba preparando una sublevación contra las los ejércitos e intereses de los españoles en el Perú. Mientras ultimaban los detalles de su plan, decidió mostrar a su coronel, Domingo Luis Astate, una parte del tesoro de los incas, para que en caso necesario pudiese ser utilizada para sufragar el levantamiento. Con el consentimiento de su superior, Mateo García, alias ” El Puma” vendó los ojos de su coronel y lo llevó por la Plaza de Armas de Cuzco para posteriormente rodear un arroyo que bien pudo ser el Choguechaca, y bajar por un camino desconocido hasta el subsuelo de la ciudad. Tras unos minutos de penosa y asfixiante marcha, Astate pudo contemplar en una pequeña galería, todo tipo de alhajas entre las que destacaban, multitud de esmeraldas, ladrillos de oro y otros objetos de incalculable valor. Una pista sobre la localización de este enclave, nos la ofrece el mismo relato cuando afirma que el coronel oyó perfectamente, mientras observaba el botín, cómo el reloj de la catedral daba las nueve de la noche.

No fueron los únicos testimonios sobre la naturaleza de este apasionante tesoro de nuestro pasado. A mediados del XIX, el prestigioso Alexander von Humboldt, vuelve a referirse al oro de Atahualpa en su libro Views of Nature, que no hizo más que despertar la codicia pero también el interés de muchos historiadores que empezaron una larga búsqueda, especialmente en las entrañas del templo sagrado de la Coricancha, cuya magia y misterio ha logrado preservar hasta nuestros días uno de los enigmas más atractivos de toda nuestra historia.

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