ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: LOS BUSCADORES DEL ARCA DE LA ALIANZA.
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domingo, 2 de abril de 2017

LOS BUSCADORES DEL ARCA DE LA ALIANZA.


por Javier Martínez-Pinna, publicado en la revista Enigmas, enero de 2015.

Desde el año 1981, en el que Steven Spielberg rodó la primera película de la mítica saga protagonizada por Indiana Jones, han sido muchos los que se han sentido fascinados por el estudio de uno de los objetos de poder más importantes de nuestra historia: el Arca de la Alianza. Es por este motivo por el que desde bien pronto, surgió en mí el deseo de conocer en profundidad la vida de todos aquellos individuos de carne y hueso, que en un momento u otro de sus vidas sintieron la necesidad de lanzarse en busca del arca perdida. Los resultados de mi investigación no pudieron ser más decepcionantes.

Empecé esta extraña investigación tratando de averiguar el lugar en donde esta pandilla de tarambanas, embaucadores, fuleros y tramposos, había tratado de localizar, siguiendo unos métodos nada convencionales, el destino último del arca. E hipótesis habían para todos los gustos. La creencia más arraigada entre los estudiosos del judaísmo estaba relacionada con el posible ocultamiento de la reliquia en algún lugar cercano del monte Moriá, al parecer con la intención de evitar su captura por parte de alguno de los muchos estados rivales con los que tuvo que luchar el reino de Judá a lo largo de su dilatada historia. Y esa creencia, reforzada por enigmáticos escritos como el Apocalipsis de Baruc o el segundo libro de los Macabeos, empujó a un variopinto grupo de aventureros a tratar de excavar en ese lugar prohibido para hacerse con su inigualable tesoro.

Entre todas estas expediciones, una fue digna de tenerse en cuenta, al mostrar hasta qué punto puede llegar un hombre íntegro cuando se enfrenta, armado sólo con su razón, a una clase dirigente corrupta, ignorante e incompetente: desgraciadamente, al más absoluto y apabullante fracaso. En 1968 Meir Ben-Dov inició unas excavaciones arqueológicas en las inmediaciones de la Colina del Templo, con una finalidad puramente científica y para tratar de extraer información sobre uno de los lugares más importantes del pueblo israelita. Pero la polémica y la controversia no tardaron en aparecer, con una oposición que llegó desde todos los frentes y que hicieron exasperar al desamparado arqueólogo. En primer lugar, el Alto Consejo Musulmán sorprendió a propios y extraños, acusando al director de las excavaciones de ser un sionista radical cuyo objetivo era perforar la colina, para provocar el derrumbe de la mezquita de Al-Aqsa, y así tener espacio libre para construir el tercer templo. Los cristianos no tardaron en unirse a las protestas, al ver amenazados sus intereses en una ciudad también sagrada para ellos, pero donde más arreciaron las críticas fue desde el lado de las autoridades religiosas judías, al negarse a un hipotético hallazgo del Arca por no estar su pueblo preparado para la llegada de un nuevo Mesías, que según la tradición aparecería cuando el Arca decidiese mostrarse de nuevo al mundo.

Con todo el mundo en su contra, Meir Ben-Dov mandó a todas las autoridades político-religiosas a tomar viento, aparcando su proyecto para cuando sus ideas fuesen mejor comprendidas por una clase dirigente a la que le quedaba mucho por evolucionar. Y así, con casi noventa años de edad, el pobre arqueólogo sigue esperando ese momento.

Otros muchos precedieron a este insigne investigador, pero no todos fueron tan serios como él. Entre las propuestas más pintorescas están las de algunos personajes como el psíquico Gerry Canon, quien afirmó sin ningún tipo de pudor, conocer la localización exacta del Arca en Egipto, y eso gracias a su guía Mosec, un fantasmagórico soldado egipcio que había recibido el encargo de robarla en tiempos faraónicos y que ahora, no se sabe muy bien por qué, había vuelto del más allá para revelarle la información después de unas sesiones espirituales. Lo realmente increíble de esta historia es que más de uno se la creyó, por lo que cundió el ejemplo entre otros muchos iluminados que llevaron la localización del Arca tan lejos como su imaginación se lo permitiese: la Esfinge de Giza, la Gran Pirámide o al interior de alguno de los templos de la América Precolombina.

El lugar en donde más han centrado la atención los investigadores ha sido el Monte Moriá de Jerusalén, enclave en el que estuvo el Templo de Salomón albergando las grandes reliquias del judaísmo. Algunos de ellos protagonizaron aventuras dignas de película, no se sabe muy bien si de acción o risa, pero que estuvieron a punto de costarles la vida.

Uno de ellos fue el joven oficial del ejército británico Charles Warren, nombrado por el Fondo para la Exploración de Palestina para excavar en la Colina del Templo en 1867. Aunque no le faltaba talento, el joven Charles adolecía de formación académica, y además, nada más llegar a Tierra Santa, se encontró ante la negativa de las autoridades turcas para dejarle excavar en las proximidades de dos de los edificios más sagrados del Islam: la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa. Al militar inglés no le quedó más remedio que hacer las cosas a su manera y por eso, armado de valor, se deslizó junto al resto de su equipo por el lado norte de la muralla, y allí excavó un túnel para tratar de adentrarse y profundizar hasta llegar al corazón del Monte Moriá. Pero su trabajo, desgraciadamente no pasó desapercibido, pues llamó la atención de los fieles que día tras día se agolpaban en el interior de la mezquita. Tocaba correr, y mientras lo hacían, seguidos de cerca por una turba de irascibles mahometanos, una lluvia de piedras cayó sobre sus cabezas, descalabrando a más de uno. Ante esta situación, el gobernador de la ciudad decidió intervenir y suspender las excavaciones de forma indefinida.

No menos llamativa, más bien todo lo contrario, fue la expedición que en 1909 dirigió M.B. Parker, hijo del Conde de Morlay, cuando fue a Jerusalén con la idea de localizar un objeto que le obsesionaba, el Arca de la Alianza. Este nuevo proyecto fue organizado por un excéntrico esoterista finlandés, el alma mater de esta empresa, llamado Valter H. Juvelius, que desde el principio aseguró tener información digna de toda confianza sobre el escondite definitivo del anhelado objeto de culto. Según Juvelius, el estudio de los textos bíblicos le había revelado la existencia de un pasadizo secreto cuyo acceso podría encontrarse en el lado sur de la Mezquita de Al-Aqsa.

Ambos llegaron a Jerusalén en agosto de 1909, dispuestos a seguir con las investigaciones en donde Warren, años atrás, las había dejado. Pero para esta ardua tarea iban a necesitar toda la ayuda posible, y por eso contrataron al tercer miembro importante de la expedición, un vidente irlandés dispuesto a mostrarles el camino recurriendo a sus poderes sobrenaturales.

Los trabajos se iniciaron con brío, pero pasaron los días y de nuevo las protestas empezaron a arreciar; y no sólo eso, las lluvias otoñales convirtieron la colina en un barrizal y para colmo de males, el famoso barón de Rothschild, sionista y miembro de la adinerada familia de banqueros, compró un terreno cercano a la excavación desde donde poder boicotear todos sus movimientos. Con tantos frentes abiertos, Parker y su insólito equipo, decidieron recurrir a unos métodos más desesperados. Sin mucha dificultad lograron sobornar al gobernador de la ciudad, Amzey ben Pachá con 25000 dolares, y al jeque Jalil, guardián de este espacio sagrado, con otra interesante cantidad de dinero para así poder internarse en la colina y excavar directamente en busca de su tesoro.

Camuflados por la espesura de la noche y disfrazados de árabes, Parker y su equipo se tiraron toda una semana excavando en el interior de la Cúpula de la Roca, con la intención de abrirse paso por el Pozo de las Ánimas situado baja la roca sagrada o Shettiyah. Entusiasmados, siguieron con su extenuante trabajo, pero la noche del 18 de Abril de 1911 se produjo la fatalidad, ya que tuvieron la mala suerte de encontrarse con una persona honrada que, sin saber muy bien por qué, no reaccionaba ante los estímulos económicos a las que fue sometida por parte de los europeos. Al oír el ruido provocado por los cazatesoros, el incorruptible guardián del edificio se asomó a su interior y observó, horrorizado, como el grupo de extranjeros, profanaba la mezquita y destrozaba su amada Cúpula de la Roca. Inmediatamente lanzó un desgarrador chillido para poner en guardia a todos los fieles que a esas horas rondaban por los alrededores de la colina.

Había llegado el momento de poner los pies en polvorosa. Los ingleses abandonaron Jerusalén a toda prisa, buscando cobijo en el cercano puerto de Jaffa, en donde un barco les esperaba para acogerlos y llevarlos de vuelta, con viento en popa y a toda vela, a la lejana Inglaterra. Pero los cosas no podían quedar así, los musulmanes, heridos en su orgullo por ver como los infieles aventureros se les escapaban vivitos y coleando a bordo de su veloz embarcación, decidieron cobrarse venganza en la persona del jeque Jalil, que se convirtió en el blanco de todas las iras, cuando sufrió un despiadado e inmerecido castigo – que ya se sabe son cosas del sistema – antes de perder definitivamente la cabeza.

Si estos investigadores llamaron la atención por los medios utilizados para encontrar uno de los artefactos arqueológicos más añorados de todos los tiempos, pronto se vieron superados por un individuo, llamado Ron Wyatt, cuando en 1978 anunció al mundo una impactante noticia: mientras visitaba el monte Moriá tuvo una inexplicable revelación, por la que comprendió que el Arca de la Alianza estaba, ni más ni menos, bajo el Monte del Calvario, en una profunda gruta y dentro de un enorme recipiente de piedra. Y aún más importante, en su visión pudo observar como el objeto y las paredes de la gruta estaban impregnados por una sustancia ennegrecida, filtrada desde la superficie del monte y procedente de la mismísima sangre derramada de Cristo.

Sabemos que Wyatt concertó una entrevista con las autoridades religiosas de Israel para exponerles sus extravagantes teorías y pedirles permiso para excavar. Lo que no sabemos es la cara que pusieron cuando oyeron el planteamiento del curioso investigador americano, que a día de hoy se sigue esperando, impaciente, la llegada de la pertinente e improbable autorización.

Pero en la búsqueda del arca, no podría faltar un Jones… Vendyl Jones. Este curioso investigador afirmó en 1994 haber localizado el arca entre las ruinas de la ciudad de Gilgal, gracias en parte a la existencia de una serie de fotografías tomadas desde un satélite que parecían reflejar, si se miraban desde un ángulo concreto, a una hora determinada del día y con los ojos entreabiertos – más cerrados que abiertos – , los restos de un edificio parecido al Templo de Salomón, en cuyo interior debería haber estado el Arca. El lector se preguntará, por qué motivos llegó a esta curiosa conclusión. Nosotros también.

Además de en Jerusalén, los estudiosos de la reliquia han centrado su atención en otro enclave sagrado para el judaísmo, el monte Nebo, identificado en numerosas ocasiones como el lugar en donde fue enterrado el legendario Moisés. Según se contaba en el Libro de los Macabeos, el profeta Jeremías había escondido el arca en este lugar, antes de la destrucción del Templo. Allí se dirigió un tal Frederick Futterer, para reconocer este monte y su vecino, el Pisgá. Los resultados de su investigación fueron a primera vista asombrosos, ya que logró descubrir un pasadizo secreto en el Nebo, bloqueado por un muro que no pudieron atravesar, en el que había una inscripción que decía lo siguiente: Aquí dentro está, el Arca de oro de la Alianza.

El final de la búsqueda parecía haber llegado a su fin, pero no fue así. Cuando se le pidieron más explicaciones y que revelase el lugar exacto en donde se produjo el hallazgo, Futterer optó por un sospechoso silencio. Nunca dijo el lugar exacto donde estaba el pasadizo, ni siquiera quién fue el experto que le tradujo la inscripción, negándose en vida a volver al lugar de los hechos. Esta historia fue cayendo en el olvido, pero medio siglo más tarde fue rescatada por Tom Crotser, un individuo al que no podemos considerar ni iluminado ni vidente, sino un auténtico jeta que llegó al monte dispuesto a protagonizar una de las acciones más vergonzantes en esta larga aventura que fue la búsqueda del Arca de Poder.

En el currículum de este tipo figuraban unos descubrimientos que sólo existían en su imaginación: el de la Torre de Babel, el Arca de Noé y la Ciudad de Adán, y con estos antecedentes se presentó en el monte con un croquis realizado por Futterer en donde se mostraba el acceso al pasadizo. Después de varias jornadas investigando en sus escarpadas y desérticas laderas, él y su equipo decidieron desistir y marcharon al Pisgá, donde felizmente localizaron el tortuoso pasadizo. El 31 de octubre de 1981, el mismo año que en los cines de medio mundo se estrenaba En busca del Arca Perdida, lograron penetrar en el interior de la montaña, profundizando unos seiscientos pies hasta llegar a una cripta excavada en la roca que albergaba un cofre rectangular de oro en donde estaría cobijada el Arca de la Alianza. Con la certeza de haber resuelto el enigma, Tom Crotser decidió no mover la pieza, pero en cambio tomó una serie de fotografías como prueba de su hallazgo. De vuelta en casa, anunció a bombo y platillo por toda Norteamérica esta impactante noticia, pero cuando se le pidió que mostrase las fotos reveló una nueva información que dejó a todos boquiabiertos. Al parecer, Dios le había ordenado no enseñar a nadie las fotos hasta que el tercer Templo fuese reconstruido, y por eso decidió guardarlas y sólo mostrarlas a unos pocos elegidos, la mayor parte de ellos videntes, hechiceros y pitonisos, hasta que finalmente, en 1982, un arqueólogo llamado Horn, después varias horas estudiando las imágenes afirmó haber visto una caja realizada, no de oro, sino de latón, estampada con un dibujo de rombos hechos claramente con maquinaria moderna. Y lo más revelador, en la esquina superior de la caja observó que sobresalía un clavo de estilo actual. 

Muchos autores… aún más hipótesis para el estudio del más importante objeto de culto de la religión judeocristiana, aunque, por desgracia, es muy poco, prácticamente nada, lo que conocemos de ella. A pesar de lo desvirtuada que quedó su búsqueda, no hay motivos para dudar de su existencia. El principal problema que encontramos al tratar de investigar su recorrido histórico es la falta de alguna referencia historiográfica que nos permita seguir su rastro, y por eso, y a diferencia de lo que ocurre con otros objetos como la Mesa de Salomón, los investigadores han debido de conformarse con el estudio de ciertas tradiciones judías, depositarias de un saber milenario, pero adulteradas por el paso del tiempo. Si en algo coinciden todas ellas es en apuntar hacia un mismo lugar, la ciudad santa, la enigmática Jerusalén y el monte Moriá, cuyo interior nunca pudo ser investigado en profundidad, por las evidentes connotaciones políticas que tiene el estudio de un enclave sagrado para la mitad de nuestro planeta, y que por lo tanto tiene que albergar importantes tesoros, no sólo materiales, que a buen seguro podrían maravillar al mundo.

Más información en Operación trompetas de Jericó



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