ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: LOS PRIMEROS DE FILIPINAS.
English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

sábado, 1 de abril de 2017

LOS PRIMEROS DE FILIPINAS.


publicado en la Revista Clío Historia, Abril de 2017.

En el año 1582 el acero toledano y la pólvora castellana de arcabuceros, piqueros y rodeleros de la armada española en Filipinas se enfrentaron a las temibles catanas de los ronin japoneses (samuráis sin señor) por la defensa de las costas de la isla de Luzón, en las lejanas colonias del imperio de Felipe II.

Justo un siglo antes de estos hechos la península ibérica era testigo de la unión de los reinos feudales de Castilla y Aragón, personificados en los conocidos como Reyes Católicos, una fusión de intereses y fuerzas que ponía punto final a la presencia del Islam en la Europa occidental, y cuyo momento álgido cristalizaba con la conquista de Granada en el año 1492. En ese mismo año la búsqueda de las emergentes monarquías europeas hacia una ruta comercial al Lejano Oriente confluye también en España, con el fortuito descubrimiento del continente americano. La entrada de oro y plata, así como una acertada política matrimonial de los reyes hispanos, permitió la formación de un gran imperio que logró imponer su hegemonía en Europa y en el mundo durante una buena parte de los siglos XVI y XVII. A todo ello se le suma el hecho casual de una mini edad del hielo, iniciada en el s. XIV, que atenazó y congeló los puertos del norte de Europa, y que dejaba al nuevo imperio como dueño y señor de los mares del mundo conocido.

Por si todo esto fuera poco, la lucha por el control de la península itálica por parte de la corona de Aragón contra el reino francés dio como fruto, a través de las tácticas de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, el germen de los futuros tercios españoles, toda una revolución militar, que a imitación de la llevada a cabo por la falange de Alejandro Magno, supuso la creación de una auténtica maquinaria de guerra que se enseñoreó por todo el imperio haciendo alarde de su invencibilidad.

El constante estado de guerra del periodo feudal hispano contra el Islam y su posterior sustanciación expansiva, virtud a las causas explicadas, dio como resultado una casta guerrera, unos hombres a los que debemos contextualizar correctamente, con los parámetros de su espacio histórico y no del nuestro, y verlos como lo que realmente eran, unos individuos que no estaban preparados para una sociedad post-medieval, para una supervivencia en un mundo europeo que luchaba por salir de la Edad Media; unos seres rudos, primarios y dispuestos a todo por ver cumplida su búsqueda de reconocimiento, fama y dinero. Es el caso de los 40 soldados al mando del palentino Carrión, que defendieron las Filipinas contra más de mil samuráis, en estas lejanas tierras cuyo nombre se lo debemos al rey español Felipe II.

Juan Pablo Carrión, nacido en la localidad de Carrión de los Condes, Palencia, en el año 1513, hidalgo y capitán de la armada española sería el encargado de la gesta de los primeros hombres en Filipinas. Su historia aparece ligada al archipiélago oriental desde el año 1543, en el que destacó como uno de los pocos supervivientes de la desastrosa expedición de Ruy López de Villalobos. En la década de 1560 colaboró en el establecimiento de la ruta comercial entre Nueva España (Mexico) y Filipinas junto a Andrés de Urdaneta, para acabar instalándose en Colima, Nueva España y desposarse con Leonor Suárez de Figueroa, hecho que le valió la acusación de bígamo y judaizante, lo que se tradujo en el embargo de sus bienes en Colima, la persecución de la Inquisición y el regreso a España. En 1573 defendió ante el rey Felipe II la existencia de un paso directo entre Nueva España y China, y fue en 1577, cuando Felipe II le concede permiso para buscar el paso y zarpa como general de la Armada a Filipinas.

En el año 1580 un pirata nipón conocido como Tay Fusa trataba de imponer su autoridad en la provincia de Cagayán (isla de Luzón), forzando a los nativos a prestarle vasallaje. Los piratas ronin buscaban el oro filipino, afamado en Japón, por lo que el archipiélago quedó sometido a ataques e incursiones niponas durante todo el s. XVI. 

Tras las continuadas quejas del gobernador general a Felipe II, en el que describía a los japoneses como “la gente más belicosa que hay por aquí” el rey toma la decisión de encargar a Carrión, la labor de acabar con los samuráis de Cagayán. A partir de este momento asistimos a algo más profundo que a un enfrentamiento armado. Será el choque, único en la historia, entre las armas feudales japonesas y el acero toledano, entre las modernas técnicas de navegación y combate imperial contra las rápidas naves piratas de los mares del sur, y entre la superioridad numérica y la ferocidad individual del guerrero nipón frente al orden de combate y la disciplina de un ejército regular español.

La situación no se presentaba propicia para los intereses hispanos ya que las fuerzas presentes no superaban los 40 soldados, una galera (seguramente de guerra provista con un cañón, dos culebrinas a proa y una a popa, un cañón por lado y un arcabuz), cinco embarcaciones pequeñas de apoyo y un navío ligero, frente a los japoneses que contaban con un junco (embarcación estable y de gran empuje que podía navegar en aguas poco profundas), 18 champanes (embarcación propia de los pescadores chinos y que navegaba en ríos y cerca de las costas) y más de 1.000 piratas ronin.

La superioridad de las embarcaciones españolas era más que evidente, y muy posiblemente fue determinante para explicar el resultado de una batalla que se inició cuando Carrión obligó a retirarse a un buque pirata en el mar de China, provocando la ira de Tay Fusa, quien puso rumbo a Filipinas, obligando al capitán palentino a una defensa rápida reuniendo para ello a su reducido contingente. La galera española, la Capitana, se preparó para el combate contra uno de los barcos japoneses disparando su artillería y dejando el barco destrozado y lleno de muertos en cubierta, lo que posibilitó un fácil abordaje, que se vio contundentemente frenado, dada la aplastante superioridad numérica de los nipones. Carrión, con 69 años de edad, dirigía en persona el ataque provisto de media armadura de acero. El orden de combate, propio de los tercios de Flandes, situaba a los piqueros delante, arcabuceros en segunda línea y mosqueteros detrás, formando un muro contra un feroz enemigo que poco a poco les obligaba a retroceder. Con una gran determinación, el capitán español consiguió hacer una barrera con la briza de la verga mayor, sajándola de golpe con su acero, y permitiendo el parapeto de arcabuceros y mosqueteros que desde allí pudieron disparar haciendo estragos en las desprotegidas filas piratas. Los piqueros y rodeleros aprovecharon las bajas enemigas para saltar sobre ellos de manera salvaje mientras otra embarcación española, el San Yusepe, lanzaba ráfagas de artillería que mantenía entretenidos a los artilleros nipones. La sorpresa y las bajas obligaron a los piratas a una retirada, saltando y nadando hacia la costa, pereciendo muchos de los ronin por el peso de sus armaduras samurái. Tras esta decisiva batalla, Juan Pablo Carrión continuó por el río Grande Cagayán donde se topó con 18 champanes, y allí las culebrinas y arcabuces volvieron a hacer estragos. 

Posteriormente los españoles desembarcaron para hacerse fuertes cerca de las huestes enemigas, y desde una improvisada trinchera en tierra siguieron hostigando a los piratas con cañones que habían traído de los barcos. Tras un infructuoso intento nipón de negociar una retirada honrosa, los japoneses decidieron atacar a la desesperada con 600 soldados a los valerosos españoles que ahora sí, se encontraban totalmente rodeados y a punto de ser copados después del brutal asalto oriental. Tres fueron las embestidas que los japonés hicieron antes de penetrar definitivamente en unas defensas españolas que parecían condenadas al exterminio, pero es en estos momentos cuando se produce uno de esos momentos estelares de nuestras historia, protagonizado por 30 soldados españoles, agotados y sin pólvora, que asombrosamente lograron plantar cara al resto del contingente pirata acuchillándolos sin piedad hasta provocar la estampida final. 

Tras la expulsión de los piratas el palentino fundó la ciudad de Nueva Segovia (actual Lal-lo). A partir de aquí perdemos la pista histórica de Juan Pablo Carrión, desconociéndose que fue de él y a qué edad y en qué lugar murió. Mucho se ha escrito de los hombres que sufrieron la decadencia del imperio español y que cayeron derrotados con la pérdida de las últimas colonias, pero muy poco de aquellos primeros hombres de Filipinas que acabaron masacrando y poniendo en fuga a un ejército de samuráis armados hasta los dientes y que contaban con 25 veces más efectivos. 



Desde aquí nuestro reconocimiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario